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Novela policíaca de Agatha Christie.

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Модераторы: Aplatanado, Wladimir

Novela policíaca de Agatha Christie.

Сообщение YAROSLAV Пн июл 17, 2017 1:27 pm

El Caso del Soldado Descontento.
Майор Уилбрехем ищет опасностей.

Frente a la puerta del despacho de míster Parker Pyne, el mayor Wilbraham se detuvo para leer, no por primera vez, el anuncio del diario de la mañana que le había llevado allí. Era bastante claro: El mayor inspiró profundamente y se lanzó decidido hacia la puerta giratoria que conducía al despacho exterior. Una joven de aspecto sencillo levantó la vista de su máquina de escribir para dirigirle una mirada interrogante.
— ¿Mister Parker Pyne?
—Tenga la bondad de venir por aquí. Y él la siguió al despacho interior, ante la suave presencia de mister Parker Pyne.
— Buenos días — dijo míster Parker Pyne —. Hágame el favor de sentarse. Y dígame ahora qué puedo hacer por usted.
— Me llamo Wilbraham — empezó a decir.
— ¿Mayor? ¿Coronel? — preguntó míster Parker Pyne.
— Mayor.
— ¡Ah! Y ha regresado recientemente de países lejanos. ¿India? ¿África Oriental?
— África Oriental.
— Un bello país, según dicen. Bien, es decir que vuelve usted a estar en casa... y no se encuentra a gusto. ¿Es éste el problema?
—Tiene usted mucha razón. Aunque no sé cómo ha podido saberlo. Mister Parker Pyne movió una mano con gesto imponente.
— Éste es mi oficio. Ya ve usted: durante treinta y cinco años he estado ocupado en la compilación de estadísticas en un despacho del gobierno. Ahora estoy retirado y se me ha ocurrido utilizar la experiencia adquirida de un modo nuevo. Es muy sencillo. La infelicidad puede ser clasificada en cinco grupos principales... ni uno más, se lo aseguro. Una vez conocida la causa de la enfermedad, el remedio no ha de ser imposible. »Yo ocupo el lugar del médico. El médico empieza por diagnosticarle la enfermedad al paciente y luego procede a recomendar el tratamiento. En algunos casos, no hay tratamiento posible. Si es así, yo le digo francamente que no puedo hacer nada. Pero, si me encargo de un caso, la curación está prácticamente garantizada. »Puedo asegurarle a usted, mayor Wilbraham, que el noventa y seis por ciento de los Forjadores del Imperio retirados (como yo les llamo) son desdichados. Han dejado una vida activa, una vida llena de responsabilidades, de posibles peligros, ¿a cambio de qué? A cambio de recursos limitados, de un clima triste. Y tienen la sensación general de ser peces sacados del agua.
—Todo lo que acaba usted de decir es cierto — observó el mayor —. Lo que yo no puedo aceptar es el hastío. El hastío y la charla interminable sobre las insignificancias de una pequeña aldea. Pero ¿cómo remediarlo? Tengo algo de dinero, además de mi pensión. Tengo un agradable cottage cerca de Cobham. Tengo los medios para dedicarme a la caza o a la pesca. No estoy casado. Mis vecinos son todos personas agradables, pero sus ideas no van más allá de esta isla.
— Dicho en dos palabras: que encuentra usted la vida insípida.
— Condenadamente insípida.
— ¿Le gustaría experimentar emociones y correr posibles peligros? — preguntó míster Parker Pyne. El soldado se encogió de hombros.
— No existe tal cosa en este pequeño país.
— Perdone —dijo míster Parker Pyne con seriedad —. En esto anda usted equivocado. Los peligros y la excitación abundan aquí, en Londres, si sabe usted dónde ha de ir a buscarlos. Usted no ha visto más que la superficie de nuestra vida inglesa, tranquila, agradable. Si lo desea, yo puedo mostrarle ese otro aspecto. El mayor Wilbraham le miró con expresión pensativa. Había algo tranquilizador en el aspecto de míster Parker Pyne. Era grueso, por no decir gordo. Tenía una cabeza calva de nobles proporciones, gafas de alta graduación y unos ojillos que parpadeaban. Y le envolvía una atmósfera... una atmósfera de persona en quien se puede confiar.
— Debo advertirle, no obstante — continuó míster Parker Pyne —, que hay algún riesgo. Los ojos del soldado se iluminaron.
— Perfectamente — dijo. Y añadió de pronto —: ¿Y sus honorarios?
— Mis honorarios —contestó míster Parker Pyne — son cincuenta libras pagadas por adelantado. Si dentro de un mes continúa usted en el mismo estado de hastío, se las reembolsaré.
— Es un trato justo —dijo Wilbraham tras un momento de reflexión —. Estoy de acuerdo. Voy a darle un cheque ahora. Terminados aquellos trámites, mister Parker Pyne oprimió un botón que había sobre su mesa.
— Ahora es la una — le dijo —. Voy a rogarle que lleve a una señorita a almorzar.
— Y habiéndose abierto una puerta, continuó —: ¡Ah! Madeleine, querida, permítame que le presente al mayor Wilbraham, que la acompañará a usted a almorzar. Wilbraham parpadeó ligeramente, lo que no era de extrañar. La muchacha que había entrado en la habitación era morena, de lánguida actitud, ojos admirables, largas pestañas negras, una tez perfecta y una boca voluptuosa de color escarlata. Su exquisita indumentaria realzaba la gracia de su figura. De pies a cabeza era una mujer perfecta.
— ¡Ejem...! Encantado — dijo el mayor Wilbraham.
— Miss De Sara — dijo míster Parker Pyne.
— Es usted muy amable — murmuró Madeleine de Sara.
— Tengo aquí su dirección — anunció míster Parker Pyne —. Mañana por la mañana recibirá usted mis nuevas instrucciones. El mayor Wilbraham salió con la adorable Madeleine. Eran las tres cuando Madeleine regresó.
Mister Parker Pyne levantó la vista para preguntar: — ¿Cómo ha ido?
— Está asustado de mí — contestó ella moviendo la cabeza —. Cree que soy una vampiresa.
— Me lo figuraba — dijo míster Parker Pyne —. ¿Ha seguido mis instrucciones?
— Sí. Hemos hablado libremente de los ocupantes de las otras mesas. El tipo que le gusta es de cabello rubio, ojos azules, ligeramente anémica y no demasiado alta.
— Eso será fácil — dijo míster Parker Pyne —. Déme el modelo B y déjeme ver de qué disponemos en este momento — y recorriendo la lista con el dedo, se detuvo en un nombre —.
Freda Clegg. Sí, creo que Freda Clegg nos irá perfectamente. Es mejor que hable de esto con Mrs. Oliver. Al día siguiente, el mayor Wilbraham recibió una nota que decía: «El próximo lunes por la mañana, a las once, vaya a Eaglemont, Friars Lane, Hampstead, y pregunte por míster Jones. Anúnciese como representante de la Guava Shipping Company.»
Obedeciendo estas instrucciones, el siguiente lunes (que resultó ser el día festivo de los bancos), el mayor Wilbraham partió con destino a Eaglemont, Friars Lane. Decimos que partió, pero no llegó allí, pues, antes de llegar, ocurrió algo. Todo bicho viviente parecía dirigirse a Hampstead. El mayor Wilbraham hubo de mezclarse con las multitudes y sofocarse en el metro, y le costó trabajo descubrir dónde estaba Friars Lane. Friars Lane era un callejón sin salida, un camino descuidado y lleno de roderas, con casas apartadas a uno y otro lado: casas espaciosas que habían conocido mejores tiempos y se veían sin las necesarias reparaciones. Wilbraham se internó por él y miró los nombres semiborrados en los marcos de las puertas y, de pronto, oyó algo que atrajo su atención. Era una especie de grito gorgoteante y medio ahogado. El grito se repitió y pudo ahora reconocer la palabra «¡Socorro!».
Venía del interior de la casa junto a la cual pasaba entonces. Sin vacilar un solo momento, el mayor Wilbraham abrió de un empujón la raquítica puerta y entró sin ruido por el camino de entrada cubierto de maleza. Allí, entre los arbustos, se agitaba una muchacha sujetada por dos negros enormes. Se defendía valientemente, retorciéndose, volviéndose sobre sí misma y pataleando. Uno de los negros le había tapado la boca con una mano, a pesar de los furiosos esfuerzos que ella hacía parar liberar su cabeza. Con la atención concentrada en su lucha con la muchacha, ninguno de los negros había advertido la proximidad de Wilbraham. La primera noticia de él les llegó con un violento puñetazo asestado en la mandíbula del que le tapaba la boca y que retrocedió tambaleándose. Cogido por sorpresa, el otro hombre soltó a su víctima y se volvió. Wilbraham estaba preparado para recibirlo. Una vez más disparó su puño cerrado, y el negro perdió el equilibrio y cayó hacia atrás. Wilbraham se volvió hacia el otro, que ya se le venía encima. Pero los dos negros tenían ya bastante. El segundo rodó por el suelo y se sentó. Al levantarse, corrió en dirección a la puerta. Su compañero le imitó. Wilbraham quiso salir tras ellos, pero cambió de parecer y se volvió hacia la muchacha, que jadeaba apoyándose en un árbol.
— ¡Oh, gracias! — le dijo ésta con voz entrecortada —. Ha sido terrible. El mayor Wilbraham vio entonces, por primera vez, a quien había salvado tan oportunamente. Era una joven de veintiuno o veintidós años, rubia, de ojos azules y algo pálida.
— ¡Si no hubiese usted venido! — dijo sin aliento.
— Bien, bien — contestó Wilbraham con voz tranquilizadora —. Ya ha pasado todo. Sin embargo, creo que sería mejor alejarse de aquí. Esos hombres pueden volver. A los labios de la muchacha asomó una débil sonrisa.
— No creo que vuelvan... después de la paliza que les ha dado usted. ¡Oh, su actuación ha sido realmente espléndida! El mayor Wilbraham se sonrojó ante aquella expresiva mirada de admiración.
— Nada de eso —dijo con indiferencia—. Esto es algo normal cuando alguien molesta a una dama. Dígame: ¿puede usted andar apoyándose en mi brazo? Bien, comprendo que ha sido una impresión horrible.
— Ahora estoy perfectamente — dijo la muchacha, quien, no obstante, tomó su brazo. Aún se estremecía un poco. Al atravesar la puerta exterior, se volvió hacia la casa —. No puedo entenderlo —murmuró — Es evidente que esta casa está vacía.
— Sin duda está vacía — convino el mayor, mirando hacia las ventanas cerradas y observando su ruinoso aspecto general.
—Y sin embargo, esto es Whitefriars — dijo ella señalando el nombre medio borrado que podía leerse en la puerta —. Y Whitefriars es el lugar adonde yo debía ir.
— No se inquiete ahora por nada — dijo Wilbraham —. En un par de minutos encontraremos un taxi. Y luego iremos a cualquier parte a tomar una taza de café. En el extremo del callejón encontraron una calle más concurrida y, por suerte, acababa de desocuparse un taxi enfrente de una de las casas. Wilbraham lo llamó, le dio una dirección al conductor y subieron al coche.
— No se esfuerce en hablar — le aconsejó a su compañera —. Sólo recuéstese. Acaba de pasar por una situación horrible.
Ella le sonrió con gratitud:
— A propósito, mi nombre es Wilbraham.
— El mío es Clegg, Freda Clegg. Al cabo de diez minutos, Freda tomaba su café caliente y miraba agradecida, por encima de la mesa, a su salvador.
— Parece un sueño — dijo —, un mal sueño.
— Y se estremeció —. Y poco tiempo antes estaba yo deseando que ocurriese algo... ¡cualquier cosa! Oh, no me gustan las aventuras.
— Dígame cómo ocurrió.
— Bien, podría contárselo con pelos y señales, pero me temo que tendría que hablar mucho de mí misma.
— Es un tema excelente — dijo Wilbraham con una inclinación de cabeza.
— Soy huérfana. Mi padre, un capitán de marina, murió cuando yo tenía ocho años. Mi madre murió hace tres años. Trabajo en la City. Estoy empleada en la Vacum Gas Company. Una tarde de la semana pasada, al volver a mi alojamiento, encontré a un caballero esperándome. Era un abogado, un tal míster Reid, de Melbourne. »Se mostró muy cortés y me hizo varias preguntas acerca de mi familia. Explicó que había tratado a mi padre hace muchos años y que, en realidad, había gestionado varios de sus asuntos. Luego me comunicó el objeto de su visita: »
— Miss Clegg, tengo razones para creer que podría usted obtener un beneficio como resultado de una operación financiera en la que se interesó su padre varios años antes de su muerte.»
»Por supuesto, esto me causó gran sorpresa.»
— No es posible — continuó mi visitante — que haya usted oído hablar de este asunto. Me parece que John Clegg no se lo tomó nunca en serio. No obstante, el asunto se ha concretado inesperadamente en realidades, pero me temo que cualquier derecho que pudiera usted alegar dependería de su posesión de determinados documentos. Estos documentos habrían formado parte de los bienes de su padre y, por supuesto, es posible que hayan sido destruidos por cree él que no tenían ningún valor. ¿Ha examinado usted algunos de los papeles de su padre?»
»Yo le expliqué que mi madre había conservado varias cosas de mi padre en un antiguo cofre marino. Yo los había mirado por encima, pero no había descubierto nada que despertase mi interés. »
— Quizás no es muy probable que supiera usted reconocer la importancia de estos documentos», dijo sonriendo.»
Pues bien, me fui al cofre, saqué los pocos papeles que contenía y se los llevé. Él los miró, pero dijo que era imposible decidir, de momento, cuáles podían o no podían tener relación con el asunto a que se había referido. Que se los llevaría y se comunicaría conmigo si el resultado era positivo.»
Con el último correo del sábado recibí una carta suya en la que me proponía que acudiese a su casa para hablar del asunto. Me daba su dirección: Whitefriars, Friars Lane, Hampstead. Debía estar allí esta mañana a las once menos cuarto.»
Me retrasé un poco buscando el lugar. Crucé la puerta rápidamente y, me dirigía a la casa cuando, de pronto, salieron de entre la maleza esos dos hombres horribles y saltaron sobre mí. No tuve tiempo de llamar a nadie. Uno de ellos me tapó la boca con la mano. Retorciéndome he podido apartar la cabeza y pedir socorro. Por fortuna, me ha oído usted. A no ser por usted... — y se detuvo. Su mirada era más elocuente que todas las palabras.
— Estoy muy contento de haber acertado a estar allí. Vive Dios que me gustaría coger a esos dos brutos. Supongo que usted no los había visto nunca... Ella movió la cabeza.
— ¿Qué cree usted que significa esto?
— Es difícil de decir. Pero hay algo que parece bastante seguro. Hay alguna cosa que alguien anda buscando entre los papeles de su padre. Ese Reid le ha contado una historia disparatada para tener la oportunidad de examinarlos. Evidentemente, lo que él quería no estaba allí.
— Oh — dijo Freda —, estoy pensando... Cuando volví a casa el sábado me pareció que alguien había tocado mis cosas. Para decirle la verdad, sospeché que mi patrona había registrado mi habitación por pura curiosidad, pero ahora...
— Tenga la seguridad de que fue así. Alguien logró entrar en su habitación y la registró sin encontrar lo que buscaba. Tuvo la sospecha de que usted conocía el valor de ese documento, cualquiera que fuese, y que lo llevaba encima. Por esto preparó la emboscada. Si lo llevaba encima, se lo quitaría. Si no lo llevaba, la conservaría prisionera e intentaría obligarla a revelar dónde lo tenía escondido.
— Pero ¿por qué? — dijo Freda.
— No lo sé, pero debe ser algo muy importante para que él tenga que recurrir a estos medios.
— Esto no parece posible.
— Oh, no lo sé. Su padre era marino. Iba a países lejanos. Pudo haber encontrado algo cuyo valor no llegase a conocer nunca.
— ¿Lo cree usted realmente? — y en las pálidas mejillas de la muchacha apareció una ola rosada de excitación.
— En realidad, no lo creo. La cuestión es: ¿qué hacemos ahora? Supongo que no desea acudir a la policía...
— Oh, no, se lo ruego.
— Me satisface oírle decir esto. No veo para qué podría servirnos la policía y sólo nos acarrearía disgustos. Le propongo que me permita llevarla a almorzar a alguna parte y acompañarla a su domicilio para estar seguro de que ha llegado sin novedad. Y luego, podríamos buscar el documento. Porque ya comprenderá usted que debe estar en alguna parte.
— Mi padre pudo haber destruido el papel.
— Desde luego, es posible, pero la parte contraria, evidentemente, no lo cree así y esto parece prometedor.
— ¿Qué cree usted que puede ser? ¿Un tesoro escondido?
— ¡Quizás sí sea un tesoro! — exclamó el mayor Wilbraham, sintiendo renacer en su interior todo su alegre entusiasmo de muchacho —. Pero ahora, miss Clegg, ¡el almuerzo! El almuerzo les proporcionó un rato agradable. Wilbraham le habló a Freda de su vida en África Oriental. Le describió las cacerías de elefantes y la muchacha se emocionó. Cuando terminaron, insistió en acompañarla a su casa en un taxi. Su alojamiento estaba cerca de Notting Hill Gate. A su llegada, Freda mantuvo una breve conversación con su patrona. Volviéndose hacia Wilbraham, lo condujo al segundo piso, donde tenía un pequeño escritorio y una salita.
— Es exactamente como lo habíamos pensado — le dijo —. El sábado por la mañana vino un hombre para colocar un nuevo cable eléctrico. Dijo que había un defecto en la instalación de mi dormitorio. Estuvo allí un rato.
— Déjeme ver ese cofre de su padre — dijo Wilbraham. Freda le mostró un arca con cantoneras de latón.
— Ya lo ve — dijo levantando la tapa—: está vacío. El soldado hizo un gesto afirmativo con expresión pensativa.
— ¿Y no hay papeles en ninguna otra parte?
— Estoy segura de que no los hay. Mi madre lo guardaba todo aquí. Wilbraham examinó el interior del cofre. De pronto, lanzó una exclamación.
— Aquí hay una hendidura en el forro — cuidadosamente, metió la mano palpando por todas partes. Y se vio recompensado por un ligero crujido—. Algo se había deslizado por allí detrás. Al cabo de un minuto, había sacado el objeto oculto: un trozo de papel sucio y doblado varias veces. Lo alisó sobre la mesa mientras Freda lo miraba por encima del hombro. La joven dejó oír una exclamación de desencanto.
— No es más que un montón de señales raras.
— ¡Cómo! ¡Pero si esto está escrito en swahili! ¡El swahili entre todas las lenguas! — exclamó el mayor Wilbraham —. El dialecto indígena de África Oriental, ya comprende.
— ¡Qué extraordinario! — dijo Freda—. ¿Entonces, puede entenderlo?
— Bastante. Pero, ¡vaya una cosa sorprendente! — y se llevó el papel a la ventana.
— ¿Ve algo? — preguntó Freda con voz trémula. Wilbraham lo leyó dos veces y regresó junto a la muchacha.
— ¡Vamos! — dijo riendo entre dientes —. Aquí tiene un tesoro escondido.
— ¿Un tesoro escondido? ¿De verdad? ¿Quiere decir oro español, un galeón sumergido o este tipo de historias?
— Quizás algo no tan romántico como eso, pero el resultado es el mismo. Este papel señala el escondrijo de un almacén de marfil.
— ¿Un almacén de marfil? — preguntó la muchacha asombrada.
— Sí, elefantes, ya comprende. Hay una ley que limita el número de los que pueden matarse. Algún cazador la desobedeció en gran escala. Le siguieron la pista y él escondió su mercancía. Hay una cantidad enorme... y aquí se dan claras instrucciones para encontrarlo. Escuche: tendremos que ir a buscarlo usted y yo.
— ¿Quiere decir que esto representa mucho dinero?
— Una bonita fortuna para usted.
— Pero ¿cómo estaba este papel entre las cosas de mi padre? Wilbraham se encogió de hombros.
— Quizás el hombre estaba muriendo o corría un gran peligro. Es posible que escribiese el papel en swahili para protegerse y que se lo diese a su padre, que pudo haberlo protegido de algún modo. Al no entender lo que decía, su padre no le dio importancia. Ésta no es más que una conjetura mía, pero me atrevo a creer que no está lejos de la verdad.
— ¡Qué emocionante! — dijo Freda Clegg con un suspiro.
— El caso es: ¿qué hacemos con ese precioso documento? — dijo Wilbraham —. No me gusta la idea de dejarlo aquí. Podrían volver y hacer otro registro. Supongo que no me lo confiaría usted a mí...
— Naturalmente que se lo confiaría. Pero ¿no podría ser peligroso para usted? — le preguntó desalentada.
— Yo soy duro de pelar — dijo Wilbraham sombríamente —. No tiene que inquietarse por mí — y doblando el papel, se lo guardó en la cartera—. ¿Puedo venir a verla mañana? Para entonces ya me habré trazado un plan y quiero situar esos lugares en mi mapa. ¿A qué hora vuelve usted de la City?
— Hacia las seis y media.
— Perfectamente. Nos reuniremos y quizás luego me permitirá que la lleve a comer. Tenemos que celebrar esto. Entonces, adiós. Hasta mañana a las seis y media. Al día siguiente, el mayor Wilbraham llegó con puntualidad. Llamó a la puerta y preguntó por miss Clegg. A la llamada había acudido una doncella.
— ¿Miss Clegg? Ha salido.
— ¡Oh! — a Wilbraham no le gustaba decir que entraría para esperarla y contestó —. Ya volveré. Y se quedó vagando por la calle y esperando a cada momento ver llegar a Freda. Pasaron los minutos. Dieron las siete menos cuarto. Las siete. Las siete y cuarto. No había aún señales de Freda. Empezó a sentirse dominado por la inquietud. Volvió a la casa y llamó de nuevo.
— Escuche — dijo —. Yo tenía una cita con miss Clegg a las seis y media. ¿Está segura de que no ha vuelto o no ha dejado ningún recado?
— ¿Es usted el mayor Wilbraham? — preguntó la doncella.
— Sí.
— Entonces hay aquí una nota para usted. La han traído a mano. Wilbraham la cogió y abrió. Decía así: «Querido mayor Wilbraham: Ha ocurrido algo extraño. No escribiré más ahora, pero ¿quiere usted reunirse conmigo en Whitefriars? Venga tan pronto como reciba la presente. Sinceramente suya, FREDA CLEGG» Wilbraham frunció las cejas y pensó rápidamente. Su mano sacó con aire distraído una carta del bolsillo. Estaba dirigida a su sastre.
— No sé —le dijo a la camarera— si podría usted proporcionarme un sello de correos.
— Supongo que Mrs. Parkins podrá ayudarle. Y volvió al cabo de un momento con el sello, que el mayor pagó con un chelín. Al cabo de otro momento, Wilbraham estaba camino de la estación de metro y echó el sobre a un buzón que encontró por el camino. Movió la cabeza. ¡Entre todas las tonterías que podían hacerse...! ¿Habría reaparecido Reíd? ¿Había logrado de algún modo que la muchacha confiase en él? ¿Qué era lo que le había hecho ir a Hampstead? Consultó su reloj. Casi las siete y media. Ella debía haber contado con que él se pondría en camino a las seis y media. Una hora de retraso. Era demasiado. Si hubiese tenido la picardía de hacerle alguna indicación... La carta le daba que pensar. Fuera como fuese, aquel tono frío no era característico de Freda. Eran las ocho menos diez cuando llegó a Friars Lane. Estaba oscureciendo. Miró vivamente a su alrededor. No había nadie a la vista. Suavemente empujó la raquítica puerta, que giró sin ruido sobre sus goznes. El camino de los coches estaba desierto. La casa estaba oscura. Subió por el sendero con cautela, mirando a un lado y a otro. No se proponía dejarse coger por sorpresa. De pronto, se detuvo. Por un instante había asomado un rayo de luz a través de uno de los postigos. La casa no estaba vacía. Había alguien en su interior. Wilbraham se deslizó despacio por entre los arbustos y dio la vuelta a la casa hasta alcanzar la parte trasera. Por último, encontró lo que andaba buscando. Una de las ventanas de la planta baja no estaba cerrada. Era la ventana de una especie de fregadero. Levantó el marco, encendió una linterna (la había comprado en una tienda de camino hacia allí), iluminó el interior desierto de la habitación y entró en ésta. Con cuidado, abrió la puerta del fregadero. No oyó ningún sonido. Una vez más encendió la linterna. Una cocina vacía... Fuera de la cocina había media docena de peldaños y una puerta que, evidentemente, conducía a la parte delantera de la casa. Abrió la puerta y escuchó. Nada. La atravesó y se encontró en el vestíbulo. Tampoco ahora llegó ningún sonido. Había una puerta a la derecha y otra a la izquierda. Eligió la de la derecha, escuchó durante algún tiempo y luego le dio la vuelta al picaporte, que cedió. Abrió la puerta poco a poco y penetró en el interior. En aquel preciso momento, oyó un ruido detrás suyo y se dio la vuelta... demasiado tarde. Algo había caído sobre su cabeza y lo derribó, dejándolo sin conocimiento. Wilbraham no tenía idea del tiempo que tardó en recobrarlo. Volvió a la vida penosamente, con dolor de cabeza. Intentó moverse y no pudo. Estaba atado con cuerdas. Repentinamente, tuvo plena conciencia de su estado. Ahora lo recordaba. Había recibido un golpe en la cabeza. Una débil claridad sobre la parte posterior de la pared le mostró que estaba en un pequeño sótano. Miró a su alrededor y su corazón dio un brinco. A pocos pies de distancia yacía Freda, atada a él. Tenía los ojos cerrados, pero, mientras él la observaba con ansiedad, suspiró y los abrió. Su aturdida mirada se fijó en él y expresó la alegría con que le había reconocido.
— Usted también —exclamó ella—. ¿Qué ha ocurrido?
— La he desamparado a usted tristemente — dijo Wilbraham —. He caído de cabeza en la trampa. Dígame: ¿me ha enviado usted una rota rogándome que viniese a encontrarme con usted aquí?
— ¿Yo? —contestó la muchacha, abriendo los ojos con asombro —. Ha sido usted quien me la ha enviado a mí.
— Oh, así que yo le enviado una nota.
— Sí. La recibí en la oficina. Esta nota me pedía que me reuniese con usted aquí y no en casa.
— El mismo método para los dos — gimió él, y explicó la situación.
— Ya comprendo — dijo Freda —. Entonces la idea era...
— Conseguir el papel. Debieron seguirnos ayer. Así es como han caíd o sobre mí.
— Y... ¿se lo han quitado? — preguntó Freda.
— Por desgracia, no puedo tocarme y comprobarlo — contestó el soldado, mirando con expresión lastimera sus manos atadas. Y entonces, los dos se sobresaltaron. Porque habló una voz. Una voz que parecía venir del aire.
— Sí, gracias — dijo —. Se lo he quitado, no hay la menor duda sobre esto. Y otra voz desconocida hizo que los dos se estremecieran.
— Mister Reid — murmuró Freda.
— Mister Reid es uno de mis nombres, mi querida señorita — dijo la voz —. Pero sólo uno de ellos. Tengo otros muchos. Ahora bien, siento tener que decirles que han interferido ustedes en mis planes, una cosa que nunca consiento. Su descubrimiento de esta casa es un asunto grave. No se lo han comunicado aún a la policía, pero podrían hacerlo más tarde. »
Mucho me temo que no puedo fiarme de ustedes. Podrían prometerme... pero las promesas rara vez se cumplen. Y ya lo ven, esta casa es muy útil para mí. Es, como podrían ustedes decir, mi casa de liquidaciones. La casa de la que no se vuelve. Desde aquí se pasa... a otra parte. Siento tener que decirles que esto es lo que van ustedes a hacer. Lamentable, pero necesario.
La voz se detuvo un breve momento y continúo luego diciendo: — Nada de sangre.
El derramamiento de sangre me resulta odioso. Mi método es mucho más sencillo. Y en realidad, no excesivamente doloroso, me parece. Bien, ahora tengo ya que retirarme. Buenas noches a los dos.
— ¡Oiga! — exclamó Wilbraham —. Haga lo que quiera conmigo, pero esta señorita no ha hecho nada... nada. Dejarla libre no puede perjudicarle. No hubo contestación. En aquel momento, Freda Clegg gritó:
— ¡El agua... el agua! Wilbraham se giró penosamente y siguió la dirección de los ojos de la chica. Por un agujero cercano al techo manaba con firmeza un chorrito de agua. Freda lanzó un grito histérico:
— ¡Van a ahogarnos! El sudor apareció en la frente de Wilbraham.
— Aún no hemos terminado — dijo —. Gritaremos pidiendo socorro. Seguramente, alguien nos oirá. Vamos: los dos a la vez. Y ambos se pusieron a lanzar gritos y alaridos con todas sus fuerzas, sin detenerse hasta que se quedaron roncos.
— Me temo que es inútil — dijo Wilbraham tristemente —. Este sótano es muy profundo y supongo que las puertas están acolchadas. Después de todo, si pudieran oírnos no dudo de que ese bruto nos hubiera amordazado.
— ¡Oh! — exclamó Freda —. Y todo es por mi culpa. Yo lo he metido en esta aventura.
— No sufra por eso, niñita. Estoy pensando en usted y no en mí. Yo me encontrado en otros trances apurados como éste y he salido de ellos. No se desanime. Yo la sacaré de éste. Tenemos tiempo de sobra. Según la cantidad de agua que cae, habrán de pasar algunas horas antes de que ocurra lo peor.
— ¡Qué admirable es usted! — dijo Freda —. Nunca había encontrado a nadie como usted... salvo en los libros.
— Tonterías... Ésta es una cuestión de puro sentido común. Ahora tenemos que aflojar estas cuerdas infernales. Al cabo de un cuarto de hora de esforzarse y retorcerse, Wilbraham tuvo la satisfacción de observar que sus ligaduras se habían aflojado considerablemente. Pudo entonces arreglárselas para doblar la cabeza y levantar las muñecas hasta lograr atacar los nudos con los dientes. Una vez consiguió tener las manos libres, el resto era sólo cuestión de tiempo. Aunque entumecido y rígido, pudo inclinarse sobre la muchacha. Transcurrido un minuto, también ella quedó libre. Hasta aquel momento, el agua sólo les había llegado a los tobillos.
— Y ahora — dijo el soldado — vamos a salir de aquí. La puerta del sótano estaba unos cuantos peldaños más arriba. El mayor Wilbraham la examinó.
— Aquí no hay dificultad — dijo —. Un material endeble. Pronto cederá por los goznes. Y, aplicando los hombros, la empujó. La madera crujió, se oyó un estallido y la puerta cedió a sus pies. Fuera había un tramo de escaleras y, en su parte superior, otra puerta (muy diferente) de madera sólida, atrancada con hierro.
— Ésa será un poco más difícil —dijo Wilbraham—. ¡Aja! Estamos de suerte, no la han cerrado. La empujó, miró a su alrededor e hizo una seña a la muchacha para que se acercase. Ambos salieron a un corredor, detrás de la cocina. Un momento después se hallaban al aire libre, en Friars Lane.
— ¡Oh! — exclamó Freda con un pequeño sollozo—. ¡Oh, qué terrible ha sido!
— ¡Querida mía! — contestó él, y la tomó en sus brazos—. ¡Has sido tan admirablemente valiente, Freda...! Ángel mío... ¿podrías algún día... quiero decir, querrías...? Te quiero, Freda, ¿quieres casarte conmigo?
Tras un intervalo adecuado y altamente satisfactorio por ambas partes, el mayor Wilbraham dijo riendo entre dientes: —Y lo que es más, tenemos aún el secreto del escondrijo de marfil.
— ¡Pero esto te lo quitaron!
— Esto es justamente lo que no han hecho — replicó, riendo de nuevo, el mayor—. Como comprenderás, hice una copia falsa y, antes de reunirme contigo esta noche, puse el verdadero papel en una carta dirigida a mi sastre y que eché al correo. Lo que han cogido ha sido la copia falsa... ¡y que les haga buen provecho! ¿Sabes lo que vamos a hacer, querida? ¡Vamos a irnos a África Oriental a pasar la luna de miel y recoger el marfil! Mister Parker Pyne salió de su despacho y subió dos tramos de escalera. Allí, en la habitación del piso más alto de la casa, estaba sentada Mrs. Oliver, la sensacional novelista, que había formado parte del estado mayor de mister Parker Pyne. Mister Parker Pyne llamó a la puerta y entró. Mrs. Oliver estaba ante una mesa que contenía una máquina de escribir, varios cuadernos de notas, una confusión general de manuscritos sueltos y un gran saco de manzanas.
— Una excelente historia, Mrs. Oliver — dijo míster Parker Pyne de buen humor.
— ¿Ha salido bien? —preguntó ella—. Lo celebro.
— Referente al asunto del agua en el sótano — dijo míster Parker Pyne —, ¿no cree usted que en una futura ocasión podría usarse quizás algo más original? — terminó con la adecuada timidez. Mrs. Oliver cogió una manzana del saco.
— No lo creo, mister Parker Pyne. Ya lo ve usted, la gente está acostumbrada a leer estas cosas: agua que va subiendo en el sótano, gas venenoso, etc. Si se sabe de antemano, aumenta la emoción cuando le ocurre a uno mismo. El público es conservador, míster Parker Pyne, le gustan los recursos gastados.
— Bien, usted debe saberlo mejor — admitió míster Parker Pyne, recordando que estaba hablando con la autora de noventa y seis novelas de gran éxito en Inglaterra y América, y traducidas al francés, al alemán, al italiano, al húngaro, al finlandés, al japonés y al abisinio —. ¿Qué hay de los gastos? Mrs. Oliver le acercó un papel.
— En general, muy moderados. Los dos negros, Percy y Jerry, querían muy poca cosa. El joven Lorimer, el actor, ha aceptado de buen grado el papel de míster Reid por cinco guineas. El discurso del sótano era, por supuesto, un disco de gramófono.
— Whitefriars me ha resultado muy útil — dijo míster Parker Pyne —. Lo compré para una canción y ha sido ya el escenario de once dramas emocionantes.
— Oh, me olvidaba — dijo Mrs. Oliver —. El sueldo de Johnny, cinco chelines.
— ¿Johnny?
— Sí, el muchacho que ha echado el agua con las regaderas por el agujero de la pared.
— Ah, sí. Y a propósito, Mrs. Oliver, ¿cómo es que sabe usted swahili?
— No sé una palabra de ese dialecto.
— Comprendo. ¿El Museo Británico, quizás?
— No. La Oficina de Información del Selfridges.
— ¡Qué maravillosos son los recursos del comercio moderno! — murmuró él.
— Lo único que me disgusta es que esos dos muchachos no van a encontrar ni rastro de marfil cuando lleguen allí.
— En este mundo, no puede uno tenerlo todo — dijo mister Parker Pyne—. Tendrán una luna de miel. Mrs. Wilbraham ocupaba un sillón de la cubierta. Su esposo estaba escribiendo una carta.
— ¿Qué fecha es hoy, Freda?
— Dieciséis.
— ¡Dieciséis! ¡Válgame Dios!
— ¿Qué pasa, querido?
— Nada, que acabo de acordarme de un tipo llamado Jones. Por muy bien que se haya uno casado, hay algunas cosas que no cuenta nunca. «Al diablo con toda la historia — pensó el mayor Wilbraham —. Debería haber llamado allí y haber ido a recoger mi dinero — y luego, siendo un hombre justo, consideró el otro aspecto del problema —.
Después de todo, fui yo quien faltó a lo pactado. Debo suponer que, si hubiese ido a ver a ese Jones, algo hubiera sucedido. Y de todos modos, tal como han ocurrido las cosas, si no hubiese salido para ir a verlo, no hubiera oído a Freda pedir socorro ni nos hubiéramos conocido. ¡Y así, por casualidad, quizás tiene derecho a las cincuenta libras!»
Por su parte, Mrs. Wilbraham se decía, siguiendo sus propios pensamientos: «¡Qué tonta fui al creer aquel anuncio y dar a esa gente tres guineas! Por supuesto, ellos no han tenido parte alguna en el asunto ni ocurrió nada. ¡Si yo hubiese sabido lo que iba a suceder...! Primero mister Reid y, luego, ¡el modo extraño y romántico de entrar este hombre en mi vida! Y pensar que, a no ser por pura casualidad, no hubiera llegado a conocerlo!»
Y volviéndose, dirigió a su esposo una mirada de adoración.
YAROSLAV
 
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Re: Novela policíaca de Agatha Christie.

Сообщение YAROSLAV Вт июл 18, 2017 1:10 pm

Problema en el mar
Агата Кристи.
Морское расследование.

— ¡Coronel Clapperton! —dijo el general Forbes, en un tono que sonó como un ronquido o un resoplido.
Miss Ellie Henderson se inclinó hacia adelante, con un mechón de su suave cabello gris meciéndosele por la cara.
Sus ojos, oscuros y vivos, brillaban de satisfacción maligna.
— ¡Un hombre con un aspecto tan militar! —dijo con malicia, y se echó hacia atrás el mechón de pelo, esperando el resultado de su frase.
— ¡Militar! —estalló el general Forbes. Se tiró de su bigote guerrero, con el rostro de un rojo subido.
— Estaba en la Guardia, ¿no? — murmuró miss Henderson, rematando su obra.
— ¿En la Guardia? ¿En la Guardia? ¡Qué sarta de estupideces!
¡Ese individuo era un artista de variedades! ¡Palabra!
Se alistó y estuvo en Francia contando latas de ciruela y de manzana.
A los teutones se les cayó una bomba perdida y le mandaron a Inglaterra con una herida sin importancia en el brazo.
No sé cómo fue a parar al hospital de lady Carrington.
— ¡Conque fue así como se conocieron!
— ¡Exacto! El tipo interpretó el papel de héroe.
Lady Carrington no tenía cabeza, pero sí tenía montones de dinero.
El viejo Carrington había negociado con municiones.
Llevaba sólo seis meses de viuda.
Ese tipo se hizo con ella en un momento.
Luego ella le enchufó en el Ministerio de la Guerra.
¡Coronel Clapperton! ¡Bah! — terminó con un bufido.
— Y antes de la guerra era artista de variedades — murmuró miss Henderson, tratando de imaginar al distinguido coronel Clapperton, con sus cabellos grises, como un cómico de nariz colorada, entonando canciones bufas.
— ¡Exacto! — dijo el general Forbes —.
Se lo oí decir al viejo Bassington-Krench.
Y él se lo oyó al viejo Badger Cotterill, que lo supo por Snooks Parker.
Miss Henderson asintió vivamente.
— Bueno, entonces no hay más que hablar —dijo. Una sonrisa fugaz asomó al rostro de un hombre bajito, sentado cerca de ellos. Miss Henderson observó la sonrisa. Era muy observadora. La sonrisa mostraba que aquel hombre había apreciado la ironía envuelta en su última observación…, ironía que el general ni por un momento sospechó. El general tampoco veía las sonrisas. Echó una ojeada a su reloj, se puso en pie y observó:
— Ejercicio. Hay que mantenerse en forma cuando se está en un barco. Y se marchó a cubierta. Miss Henderson miró al hombre que se había sonreído. Era una mirada de persona educada, con la que indicaba que estaba dispuesta a entablar conversación con su compañero de viaje.
— Es activo, ¿verdad? — preguntó el hombre bajito.
— Da la vuelta a cubierta cuarenta y ocho veces exactamente — dijo miss Henderson—. ¡Qué cotilla es! ¡Y luego dicen que es a las mujeres a las que nos gusta el escándalo!
— ¡Qué descortesía!
— Los franceses son muy corteses — dijo miss Henderson con un matiz de interrogación en la voz. El hombre bajito reaccionó prontamente a la insinuación.
— Belga, mademoiselle —dijo.
— ¡Ah! Belga.
— Hércules Poirot, a su disposición. El nombre despertó en ella algún recuerdo. ¿Dónde lo habría oído antes?
— ¿Lo pasa usted bien en el barco, monsieur Poirot?
— Francamente, no. Ha sido una estupidez haberme dejado convencer para venir. Detesto la mer. Nunca está tranquila, nunca, ni un minuto.
— Bueno, reconocerá usted que ahora está tranquila. Monsieur Poirot lo admitió a regañadientes.
— A ce moment, sí. Por eso revivo. Por eso vuelvo a interesarme por lo que sucede a mi alrededor… por ejemplo, ha despertado mi interés su habilidad en manejar al general Forbes.
— ¿Se refiere usted a…? Miss Henderson se calló. Hércules Poirot inclinó la cabeza.
— A su manera de sacarle aquel escándalo. ¡Admirable! Miss Henderson se rió, sin sentir el menor embarazo.
— ¿Aquel quite sobre la Guardia? Yo sabía que eso le haría quedarse sin habla — se echó hacia adelante, en actitud confidencial—. Confieso que me gusta el escándalo… ¡cuanto peor intencionado sea, mejor! Poirot la miró pensativo. Era una mujer de cuarenta y cinco años, satisfecha de representarlos, esbelta, de figura bien conservada, de agudos ojos oscuros y cabello gris. Ellie dijo, de pronto:
— ¡Ya sé! ¿No es usted el gran detective? Poirot hizo una inclinación de cabeza.
— Es usted muy amable, mademoiselle. Pero no rechazó el cumplido.
— ¡Qué emocionante! —dijo miss Henderson—. ¿Está usted tras una pista, como dicen en los libros? ¿Tenemos entre nosotros un criminal de incógnito? ¿Soy indiscreta?
— Nada de eso. Me duele desilusionarla, pero estoy aquí, con los demás, sencillamente para divertirme. Lo dijo con voz tan lúgubre que miss Henderson se rió.
— Bueno, mañana podrá bajar a tierra en Alejandría. ¿Ha estado usted antes en Egipto?
— Nunca, mademoiselle. Miss Henderson se levantó un tanto bruscamente.
—Voy a reunirme con el general en su paseíto —anunció con sequedad. Poirot se puso en pie cortésmente. Ella le hizo un saludo ligero y salió a cubierta. A los ojos de Poirot asomó por un momento una expresión un poco perpleja; luego se levantó, los labios fruncidos por una sonrisita, asomó la cabeza por la puerta y miró a cubierta. Miss Henderson se inclinaba contra la barandilla, hablando con un hombre alto, de aspecto militar. La sonrisa de Poirot se acentuó. Volvió al salón de fumar con las mismas precauciones con que la tortuga se mete en su concha. Por el momento, el salón de fumar era sólo suyo, pero supuso certeramente que aquella situación no duraría mucho. Y no duró. Mistress Clapperton entró por la puerta del bar con el aire resuelto de la mujer que siempre ha podido pagar el precio más alto por todo lo que necesitaba. Llevaba el cabello rubio platino cuidadosamente ondulado y protegido por una redecilla, y la figura, sometida a masajes y dietas, cubierta con un elegante conjunto deportivo.
— ¡John! — dijo —. ¡Ah, buenos días, monsieur Poirot! ¿Ha visto usted a John?
— Está en la cubierta de estribor, madame ¿Voy…? Ella le detuvo con un gesto.
— Me sentaré aquí un minuto. Se sentó con aire de reina en la butaca frente a la suya. Desde lejos podían echársele veintiocho años. De cerca, a pesar del maquillaje perfecto, de las cejas, muy bien depiladas, no representaba los cuarenta y nueve años que tenía, sino posiblemente cincuenta y cinco. Sus ojos duros, de pupilas diminutas, eran de una tonalidad azul pálido. —Sentí no verle anoche en el comedor — dijo —. Desde luego, el mar estaba un poco picado.
— Précisément… —dijo Poirot con calor.
— Afortunadamente, yo no me mareo nunca — dijo mistress Clapperton—. Digo afortunadamente, porque, como padezco del corazón, probablemente si me mareara, eso significaría la muerte para mí.
— ¿Padece usted del corazón, madame!
— Sí; tengo que tener muchísimo cuidado. No debo fatigarme. ¡Todos los médicos lo dicen! Mistress Clapperton había cogido el tema, para ella fascinador, de su salud.
— John, pobrecito mío —prosiguió—, se desvive por evitarme que haga demasiadas cosas. ¡Vivo tan intensamente, monsieur Poirot!
— Sí, sí.
— Siempre me dice: «Trata de vegetar un poco, Adeline». Pero no puedo. Yo creo que la vida ha sido hecha para vivirla. A decir verdad, me agoté siendo muy joven, durante la guerra. Mi hospital…, ¿ha oído usted hablar de mi hospital? Claro que tenía enfermeras y todo eso, pero era yo quien lo llevaba realmente. Suspiró.
—Su vitalidad es maravillosa, querida señora —dijo Poirot con el tono un poco mecánico de la persona que dice lo que esperan que diga. Mistress Clapperton soltó una risita juvenil.
— ¡Todo el mundo elogia lo joven que estoy! ¡Es absurdo! Nunca niego que tenga cuarenta y tres años — continuó con franqueza un tanto falsa —, pero a mucha gente le cuesta trabajo creerlo.
« ¡Tienes tanta vitalidad, Adeline!», me dicen. Pero la verdad, monsieur Poirot, ¿qué sería de uno si no tuviera vitalidad?
—Se moriría —dijo Poirot. Mistress Clapperton frunció el ceño. No le gustó la respuesta. Aquel hombre, pensó, quería hacerse el gracioso. Se levantó y dijo fríamente:
— Voy a buscar a John. Al cruzar la puerta se le cayó el bolso. Éste se abrió y su contenido se desparramó por el suelo. Poirot corrió galantemente a ayudarla. Tardó varios minutos en recoger las barras de labios, las polveras, la pitillera, el encendedor y otras cosas diversas. Mistress Clapperton le dio las gracias cortésmente, salió luego a cubierta y llamó:
— ¡John! El coronel Clapperton continuaba enfrascado en su conversación con miss Henderson. Se volvió y se acercó apresuradamente a su esposa, inclinándose hacia ella en actitud protectora. ¿Estaba su silla en el sitio apropiado? ¿No sería mejor…? Su actitud era muy cortés y solícita. Evidentemente, una esposa mimada por su amante esposo. Miss Henderson miró al horizonte, como si la escena le desagradara profundamente. En pie en la puerta del salón de fumar, Poirot observaba. Una voz áspera y temblona dijo a su espalda:
— Si fuera yo su marido, le daría con un hacha. El viejo caballero, a quien la gente joven del barco, sin ningún respeto, conocía por el Patriarca de los Plantadores de Té, acababa de entrar, arrastrando los pies.
— ¡Chico! — llamó —. ¡Tráeme un whisky! Poirot se agachó para recoger un trozo de papel caído del bolso de mistress Clapperton y que les había pasado inadvertido. Observó que era parte de una receta para un preparado de digitalina. Lo guardó en el bolsillo, con la intención de devolvérselo más tarde a mistress Clapperton.
— Sí —continuó el anciano pasajero—. Es una mujer venenosa. En Poona conocí a una como ella. En el año ochenta y siete.
— ¿Y le dio alguien con un hacha?
— preguntó Poirot. El anciano movió tristemente la cabeza.
— Mató a su marido a disgustos antes de un año. Clapperton debía ponerse en su puesto. Consiente demasiado a su mujer.
— Ella tiene la bolsa —dijo Poirot gravemente.
— ¡Ja, ja! — rió entre dientes el anciano —. Lo ha expresado muy bien en pocas palabras. Ella tiene la bolsa. ¡Ja, ja! Dos chicas entraron atropelladamente en el salón de fumar. Una de ellas tenía la cara redonda y pecosa, y su cabellera oscura flotaba en desorden; la otra tenía pecas y el cabello rizado y castaño.
— ¡Al rescate, al rescate! — exclamó Kitty Mooney —. Pam y yo vamos a rescatar al pobre coronel Clapperton.
— A rescatarlo de su mujer —dijo Pamela Cregan, jadeante.
— Es una monada de hombre…
— Y ella es horrorosa, no le deja hacer nada — exclamaron las dos chicas.
— Y cuando no está con ella, lo atrapa la Henderson…
—Que es muy agradable. Pero viejísima… Salieron corriendo, diciendo entrecortadamente, entre risa y risa:
— ¡Al rescate, al rescate! Que el rescatar al coronel Clapperton no era un arranque pasajero, sino un proyecto arraigado en ellas, quedó demostrado aquella misma noche, cuando Pam Cregan se acercó a Hércules Poirot y murmuró:
— Obsérvenos, monsieur Poirot. Vamos a raptarlo delante de las narices de su mujer y a llevarlo a pasear a la luz de la luna en el puente superior. En aquel preciso instante, el coronel Clapperton estaba diciendo:
— Le concedo que el Rolls Royce es caro. Pero se tiene un coche prácticamente para toda la vida. Mi coche…
— Mi coche, querrás decir, John — dijo mistress Clapperton con voz chillona. Él no demostró que su grosería le molestara. O ya estaba acostumbrado, o si no… «O si no…», pensó Poirot, y se puso a meditar.
— Claro, querida, tu coche. Clapperton hizo una pequeña inclinación a su esposa y terminó lo que estaba diciendo, imperturbable. «Voila ce qu’on appelle de pukka sahib —pensó Poirot—. Pero el general Forbes dice que Clapperton no es un caballero. No sé qué pensar».
Alguien propuso una partida de bridge. Mistress Clapperton, el general Forbes y una pareja de mirada aguda se sentaron a la mesa de juego. Miss Henderson se había disculpado, saliendo a cubierta.
— ¿Y su marido no juega? —preguntó el general Forbes, indeciso.
— John no jugará — dijo mistress Clapperton—. Es un fastidio. Los cuatro jugadores empezaron a barajar las cartas. Pam y Kitty avanzaron sobre el coronel Clapperton, cogiéndole cada una por un brazo.
— ¿Viene usted con nosotras? — preguntó Pam —. Arriba, al puente. Hay luna.
— No seas tonto, John — dijo mistress Clapperton —. Vas a enfriarte.
—Con nosotras no, desde luego — dijo Kitty —. ¡Ya nos encargaremos de que no se enfríe! Clapperton se marchó con ellas, riendo. Poirot salió a la cubierta de paseo. Miss Henderson estaba en pie junto a la barandilla y volvió la cabeza, esperanzada. Al ver a Poirot que se acercaba a ella, la desilusión asomó a sus ojos. Charlaron un rato. Luego, como él permaneciera silencioso, preguntó miss Henderson:
— ¿En qué piensa? Poirot respondió:
— Estoy pensando en mis conocimientos del idioma inglés. Mistress Clapperton dijo: «John no jugará al bridge»… ¿No se suele decir «no puede jugar al bridge»?
— Me figuro que ella tomará como una ofensa personal que su marido no juegue al bridge [9] — dijo Ellie secamente —. Ese nombre ha sido un idiota casándose con ella. Poirot sonrió, amparado en la oscuridad.
— ¿No cree usted en la posibilidad de que sean felices? — preguntó Poirot tímidamente.
— ¿Con una mujer como ésa? Poirot se encogió de hombros.
— Muchas mujeres odiosas son adoradas por sus maridos. Un enigma de la Naturaleza. Reconocerá usted que no parece afectarle nada de lo que ella diga o haga. Miss Henderson estaba pensando su respuesta cuando, a través de la ventana del salón de fumar, llegó hasta ellos la voz de mistress Clapperton.
— No, creo que no voy a jugar otra partida. ¡Está tan viciado el aire! Voy a subir al puente a tomar un poco el fresco.
— Buenas noches —dijo miss Henderson—. Me voy a la cama. Y desapareció bruscamente. Poirot se encaminó al salón, desierto, salvo por la presencia del coronel Clapperton y las dos chicas. Clapperton estaba haciendo juegos de manos con las cartas y, al observar la destreza con que manejaba la baraja, Poirot recordó lo que el general había contado sobre su profesión de artista de variedades. —Ya veo que le gustan las cartas, aunque no juegue al bridge — observó Poirot.
— Tengo mis razones para no jugar al bridge — dijo Clapperton, mostrando su encantadora sonrisa —. Se lo voy a demostrar. Vamos a jugar una mano. Repartió las cartas con rapidez.
— Cojan sus cartas. Bueno, ¿qué hay? Se rió al ver la expresión de desconcierto de Kitty. Mostró sus cartas y todos hicieron lo mismo. Kitty tenía todos los tréboles; monsieur Poirot, los corazones; Pam, los diamantes, y el coronel Clapperton, los picos.
— ¿Ve usted? —dijo—. El hombre que puede dar a sus compañeros y a sus adversarios las cartas que quiera, vale más que se mantenga alejado de una partida amistosa. Si la suerte se vuelve de su lado, podrían decirle cosas desagradables.
— ¡Oh! — dijo Kitty sin aliento—. ¿Cómo pudo hacerlo?… Parecía que daba las cartas como todo el mundo.
— La rapidez de la mano engaña la vista —dijo Poirot en tono sentencioso, y observó el repentino cambio de expresión del coronel. Fue como si se hubiera dado cuenta de que se había descuidado por un momento. Poirot sonrió. El ilusionista se había dejado ver tras la máscara del perfecto caballero. El barco llegó a Alejandría al amanecer de la mañana siguiente. Cuando Poirot subió a desayunarse, encontró a las dos chicas listas para bajar a tierra. Estaban hablando con el coronel Clapperton.
—Tenemos que bajar en seguida —insistió Kitty—. Los de los pasaportes se marcharán de un momento a otro. Viene usted con nosotras, ¿verdad? ¡No nos va a dejar ir solas a tierra! Nos podrían ocurrir cosas horribles.
— Desde luego, no creo que debáis ir solas — dijo Clapperton sonriendo—. Pero no sé si mi mujer se sentirá con ánimos de ir.
— ¡Qué lástima! — dijo Pam —. Pero puede quedarse descansando. El coronel Clapperton parecía un poco indeciso. Se veía claramente que la tentación de hacer novillos era muy fuerte. En eso, advirtió la presencia de Poirot.
— ¿Qué hay, monsieur Poirot? ¿Baja usted?
— No, creo que no —contestó Poirot.
— Voy…, voy a hablar con Adeline —decidió el coronel Clapperton.
— Vamos con usted —dijo Pam. Le hizo un guiño a Poirot—. A lo mejor, podemos convencerla para que venga también — añadió en tono grave. Al coronel Clapperton pareció agradarle la idea, como si le quitaran un peso de encima.
— Venid entonces las dos —dijo alegremente. Se marcharon los tres juntos por el pasillo de la cubierta B. Poirot, cuyo camarote estaba frente por frente del de los Clapperton, los siguió con curiosidad. El coronel Clapperton, un poco nervioso, golpeó con los nudillos en la puerta del camarote.
— Adeline, querida, ¿estás levantada? La voz adormilada de mistress Clapperton contestó desde dentro: — ¿Quién es?
— Soy yo, John. ¿Quieres bajar a tierra?
— Desde luego que no —habló con voz chillona y terminante—. He pasado muy mala noche y me voy a quedar en cama casi todo el día. Pam intervino vivamente:
— ¡Oh!, mistress Clapperton, lo siento. ¡Nos gustaría tanto que viniera con nosotros! ¿Seguro que no quiere venir?
— Completamente segura. La voz de mistress Clapperton sonó aún más aguda. El coronel intentaba, sin éxito, hacer girar el picaporte.
— ¿Qué pasa, John? La puerta está cerrada. No quiero que me molesten los camareros.
— Lo siento, querida, perdona. Sólo quería mi guía Baedeker.
— Bueno, pues te quedarás sin ella — saltó mistress Clapperton —. No voy a salir de la cama. Vete ya, John, y déjame un poco tranquila.
— Desde luego, querida, desde luego. El coronel se retiró de la puerta. Pam y Kitty le rodearon.
—Vamos en seguida. Menos mal que tiene el sombrero en la cabeza. ¡Ay, Dios mío! No se habrá dejado el pasaporte en el camarote, ¿verdad?
— Lo tengo en el bolsillo… —empezó el coronel. Kitty le apretó el brazo. Inclinado sobre la barandilla, Poirot les estuvo viendo salir del barco. Oyó que alguien a su lado respiraba profundamente y, al volver la cabeza, vio a miss Henderson, que tenía la vista fija en las tres figuras que se alejaban.
— Conque se han ido a tierra —dijo, desanimada.
— Sí. ¿Va a bajar usted? Poirot observó que llevaba puesto un sombrero de ala y un bolso y unos zapatos muy elegantes. Tenía el aspecto de haberse arreglado para desembarcar. Sin embargo, tras una pausa brevísima, miss Henderson dijo:
— No. Me voy a quedar a bordo. Tengo que escribir muchas cartas. Se volvió y dejó a Poirot. Jadeando, tras sus cuarenta y ocho vueltas a la cubierta de paseo, el general Forbes ocupó el lugar de miss Henderson.
— ¡Aja! —exclamó al ver al coronel y a las dos chicas que se alejaban—. ¡Conque esas tenemos! ¿Dónde está madame? Poirot explicó que mistress Clapperton se quedaba en cama, descansando.
— ¡Increíble! — exclamó el general—. Ella estará levantada para la comida, y si resulta que el pobre desgraciado, sin tener permiso, no se presenta, habrá jaleo. Pero los pronósticos del general no se cumplieron, y cuando el coronel y las dos damiselas que le acompañaban regresaron al barco, a las cuatro de la tarde, mistress Clapperton no había hecho todavía acto de presencia. Poirot estaba en su camarote y oyó al marido llamando a la puerta del suyo, de un modo un poco culpable. Oyó que la llamada se repetía, que el coronel trataba de abrir la puerta y que, por último, llamaba a un camarero.
— Oiga, no me contestan. ¿Tiene usted una llave? Poirot saltó de su litera y salió al pasillo. La noticia corrió por todo el barco como reguero de pólvora. Horrorizados, los pasajeros se enteraron de que mistress Clapperton había sido hallada muerta en su litera, con una daga egipcia hundida hasta el corazón. En el suelo de su camarote apareció un collar de ámbar. A un rumor siguió otro, a cuál más contradictorio. ¡Se estaba reuniendo e interrogando a todos los vendedores de collares que habían sido autorizados para subir a bordo aquel día!
¡Una elevada suma de dinero había desaparecido de un cajón del camarote!
¡Se había seguido la pista a los billetes y habían sido recuperados!
¡No habían sido recuperados!
¡Había desaparecido una fortuna en joyas!
¡No había desaparecido ninguna joya!
¡Un camarero había sido arrestado, confesándose culpable del asesinato!
— ¿Qué hay de verdad en todo ello? —preguntó miss Henderson, abordando a Poirot. Estaba pálida y turbada.
— Mi querida señorita, ¿cómo puedo saberlo yo?
— Claro que lo sabe —dijo miss Henderson. Era ya tarde. La mayoría de los pasajeros se habían retirado a sus camarotes. Miss Henderson condujo a Poirot a un par de sillas, en el lado más protegido del barco.
— Ahora, dígame — ordenó. Poirot la observó, pensativo.
— Es un caso interesante —dijo.
— ¿Es cierto que le han robado joyas de mucho valor? Poirot negó con la cabeza.
— No. No han robado ninguna joya. Sin embargo, ha desaparecido una pequeña cantidad de dinero suelto que había en un cajón.
— Nunca volveré a sentirme segura en un barco —dijo miss Henderson, estremeciéndose—. ¿De cuál de esos brutos indígenas se sospecha? ¿Hay alguna pista?
— No —dijo Hércules Poirot—. Todo es muy… extraño.
— ¿Qué quiere decir con eso? — preguntó Ellie vivamente. Poirot extendió las manos.
— Eh bien, considere usted los hechos. Mistress Clapperton llevaba muerta por lo menos cinco horas cuando la encontraron. Había desaparecido algún dinero. En el suelo, junto a su cama, había un collar. La puerta estaba cerrada con llave y la llave había desaparecido. La ventana…, ventana, no ojo de buey, da a la cubierta y estaba abierta.
— Siga —dijo la mujer, impaciente.
— ¿No le parece a usted extraño que se cometa un asesinato en esas circunstancias? Tenga en cuenta que todos los nativos autorizados a subir a bordo, los que cambian dinero y los vendedores de postales y collares, son conocidos de la Policía.
— De todos modos, los camareros cierran con llave los camarotes — indicó Ellie.
— Sí, para evitar cualquier ratería sin importancia. Pero esto…, esto es un asesinato.
— ¿Qué está usted pensando exactamente, monsieur Poirot? — habló con voz un poco jadeante.
— Estoy pensando en la puerta cerrada con llave. Miss Henderson consideró este extremo.
— No veo dificultad en eso. El asesino salió por la puerta, la cerró y se llevó la llave, para impedir que el asesinato fuera descubierto demasiado pronto. Fue una idea muy inteligente, porque no fue descubierto hasta las cuatro de la tarde.
— No, no, mademoiselle, no ha comprendido usted lo que quiero decir. No me preocupa cómo salió, sino cómo entró.
— Por la ventana, naturalmente.
— C’est possible. Pero le costaría trabajo poder pasar por ella y, además, no olvide que todo el tiempo hay gente paseándose por cubierta.
— Entonces, por la puerta — dijo miss Henderson, impaciente.
— Pero olvida usted, mademoiselle, que mistress Clapperton había cerrado la puerta con llave por dentro. La había cerrado antes que el coronel Clapperton bajara a tierra esta mañana. El coronel intentó incluso abrirla…, de modo que sabemos que estaba cerrada.
— Tonterías. Seguramente se atrancó y no movería el picaporte como es debido.
— Pero no se trata solamente de que lo diga él. Oímos a mistress Clapperton decir que había cerrado la puerta.
— ¿Quiénes lo oyeron?
— Miss Mooney, miss Cregan, el coronel Clapperton y yo. Ellie Henderson dio unas pataditas en el suelo con su bien calzado pie, permaneciendo en silencio durante unos segundos. Luego dijo en tono un poco irritado: —Bueno, ¿y qué deduce usted de eso? Si mistress Clapperton pudo cerrar la puerta, supongo que también podría abrirla.
—Precisamente, precisamente —Poirot volvió hacia ella su cara sonriente—.
Y ya ve usted adonde nos conduce este pensamiento. Mistress Clapperton abrió la puerta y dejó entrar al asesino. Ahora bien: ¿es probable que abriera la puerta a un vendedor de collares cualquiera? Ellie objetó:
— Puede que no supiera quién era. Puede que el asesino llamara a la puerta, ella se levantó y abrió; él, entonces, entró por la fuerza y la mató. Poirot negó con un gesto.
— Au contraire. Estaba descansando tranquilamente en la cama cuando la apuñalaron. Miss Henderson clavó en él su mirada.
— ¿Cuál es su teoría? — preguntó bruscamente. Poirot sonrió.
— Bueno, parece como si ella conociera a la persona a quien dejó entrar, ¿verdad?
— ¿Quiere usted decir — dijo mistress Henderson con voz un poco áspera— que el asesino es uno de los pasajeros? Poirot asintió.
— Eso parece.
— ¿Y el collar que apareció en el suelo era una pista falsa?
— Precisamente.
— ¿Y lo mismo el dinero robado?
— Exacto. Permanecieron un momento en silencio. Luego miss Henderson dijo lentamente:
— Mistress Clapperton me resultaba de lo más desagradable, y no creo que nadie en el barco le tuviera simpatía, pero nadie tenía un motivo real para matarla.
— Excepto, tal vez, su marido —dijo Poirot.
— ¿No creerá usted…? Se detuvo.
— Todo el mundo en este barco opina que el coronel estaría plenamente justificado si «le diera con un hacha». Creo que ésa fue la expresión empleada. Ellie Henderson le miró… expectante.
—Pero tengo que decir —continuó Poirot— que yo, por mi parte, no he visto ninguna señal de exasperación en el bueno del coronel. Además, y esto es más importante, tiene una coartada. Estuvo durante todo el día con esas dos chicas y no volvió al barco hasta las cuatro. Entonces, mistress Clapperton llevaba muerta ya bastantes horas. Permanecieron en silencio unos momentos. Ellie Henderson dijo en voz baja:
— Pero ¿sigue usted pensando que… un pasajero del barco? Poirot inclinó la cabeza afirmativamente. Ellie Henderson se rió de pronto, con una risa atolondrada y retadora.
— Le va a costar trabajo probar su teoría, monsieur Poirot. Hay muchos pasajeros en este barco. Poirot se inclinó ante ella.
— Emplearé una frase de uno de los escritores de novelas policíacas: «Tengo mis métodos, Watson [10]». Al día siguiente, a la hora de la cena, cada pasajero encontró junto a su plato una hojita mecanografiada en la que se solicitaba su presencia en el salón principal a las ocho y media. Cuando todos se hallaron reunidos, el capitán subió al estrado donde solía tocar la orquesta y les dirigió la palabra.
— Señoras y caballeros: Todos ustedes conocen la tragedia que ocurrió ayer en este barco. Estoy seguro de que todos desean colaborar para entregar a la Justicia al autor de tan cobarde crimen —hizo una pausa y se aclaró la garganta—. Tenemos entre nosotros a monsieur Hércules Poirot, probablemente conocido de todos ustedes como persona con amplia experiencia en… en asuntos de esta índole. Espero que escuchen con atención lo que tiene que decirles. En ese momento, el coronel Clapperton, que no se había presentado en el comedor, entró en el salón y se sentó junto al general Forbes. Parecía aturdido por el dolor y no daba en absoluto la sensación de sentirse liberado de un peso. O era un gran actor o había querido sinceramente a su desagradable esposa.
—Monsieur Hércules Poirot —dijo el capitán, bajando del estrado. Poirot ocupó su lugar. Tenía un aspecto muy cómico, dándose importancia y sonriendo ampliamente a su auditorio.
—Messieurs, mesdames —empezó—. Son ustedes muy amables al tener la benevolencia de escucharme. Monsieur le capitaine les ha dicho que tengo cierta experiencia en estos asuntos. Tengo, es cierto, una pequeña idea propia para llegar al fondo de este caso concreto. Hizo una seña a un camarero y éste empujó, subiéndolo luego al estrado, un objeto voluminoso, sin forma definida y envuelto en una sábana.
—Lo que voy a hacer puede que les sorprenda un poco —les advirtió Poirot—. Puede que piensen que soy un tipo raro o un loco. Sin embargo, les aseguro que tras mi locura, como dicen ustedes los ingleses, hay método. Su mirada se cruzó por un instante con la de miss Henderson. Empezó a desenvolver el voluminoso objeto.
—Tengo aquí, messieurs y mesdames, un testigo importante que nos ayudará a saber quién mató a mistress Clapperton. Con manos hábiles apartó el trozo final de la tela y apareció el objeto envuelto: una muñeca de madera, casi del tamaño de una persona, vestida con un traje de terciopelo y un cuello de encaje.
— Vamos, Arthur —dijo Poirot con la voz ligeramente cambiada; ya no parecía extranjero, sino que hablaba inglés con seguridad y con ligero acento de los barrios bajos londinenses—. ¿Puedes decirme — repitió—, puedes decirme algo sobre la muerte de mistress Clapperton? El cuello de la muñeca osciló un poquito, su mandíbula inferior descendió y empezó a moverse, y una voz de mujer, muy aguda y chillona, dijo: — ¿Qué pasa, John? La puerta está cerrada. No quiero que me molesten los camareros. Se oyó un grito, el ruido de una silla al caerse y un hombre se tambaleó, con la mano en la garganta, tratando de hablar, tratando… De pronto, su cuerpo pareció encogerse y se cayó de cabeza. Era el coronel Clapperton. Poirot y el médico del barco se levantaron, tras examinar la postrada figura.
— Me temo que se acabó. Corazón —dijo el médico escuetamente. Poirot asintió.
— La impresión de haber visto su truco descubierto —dijo. Se volvió hacia el general Forbes.
—Fue usted, general, quien me dio una pista muy valiosa al mencionar el teatro de variedades. Estoy desorientado, me pongo a pensar y por fin se me ocurre. Supongamos que antes de la guerra Clapperton fuera ventrílocuo. En ese caso, tres personas pudieron oír perfectamente la voz de mistress Clapperton hablando desde el camarote cuando ya estaba muerta… Ellie Henderson estaba a su lado. Tenía una mirada sombría y triste.
— ¿Sabía usted que padecía del corazón? —preguntó. —Lo suponía… Mistress Clapperton hablaba de su padecimiento del corazón, pero me parecía una de esas mujeres a quienes gusta que las crean enfermas. Entonces recogí del suelo un trozo de una receta de un preparado con una fuerte dosis de digitalina. La digitalina es una medicina para el corazón, pero no podía ser de mistress Clapperton, porque la digitalina dilata la pupila. Yo no noté en ella ese fenómeno…, pero cuando vi los ojos de él, en seguida observé que presentaban esa dilatación. Ellie murmuró: —Entonces, ¿pensó usted que…, que su experimento podría… terminar así?
—Fue el mejor método, ¿no le parece, mademoiselle? —dijo Poirot suavemente. Vio que a sus ojos asomaban las lágrimas.
—Usted lo sabía —dijo Ellie—. Lo ha sabido… todo el tiempo… Que le quería… Pero no lo hizo por mí… Fueron esas chicas, la juventud… hizo que se sintiera atado. Quería ser libre, antes de que fuera demasiado tarde… Sí, estoy segura de que fue por eso… ¿Cuándo sospechó usted… que era él?
—Su dominio de sí mismo era demasiado perfecto —dijo Poirot sencillamente—. Por irritante que fuera la conducta de su mujer, no parecía afectarle. Eso significaba, o que ya se había acostumbrado y no le hacía mella, o… eh bien, me decidí por la segunda posibilidad… Y acerté. También me llamó la atención su insistencia, la víspera del crimen, en mostrar su habilidad en los juegos de manos. Fingía estar traicionándose a sí mismo, involuntariamente. Pero un hombre como Clapperton no se traiciona. Tenía que haber una razón. Si la gente le creía ilusionista, no era probable que creyeran que había sido ventrílocuo.
— ¿Y la voz que oímos, la voz de la señora Clapperton?
—Una de las camareras tiene una voz no muy distinta de la suya. La induje a que se escondiera tras el escenario y le enseñé las palabras que tenía que decir.
— Fue una trampa… una trampa muy cruel —exclamó Ellie.
— Los asesinos no merecen mi aprobación —dijo Hércules Poirot.


Notas
[1] Juego muy popular en las verbenas inglesas. Consiste en tratar de derribar, tirándole con una pelota, un coco colocado sobre un palo vertical. El que lo consigue, gana el coco como premio. << [2] Mercado de diamantes de Londres.
<< [3] Alusión al Evangelio según San Mateo, capítulo VI, versículos 28 y 29: «Mirad los lirios del campo: ni se afanan ni hilan. Y, sin embargo, yo os digo que ni Salomón en toda su gloria iba vestido como uno de ellos.»
<< [4] Rosebank significa loma de rosas.
<< [5] Traducimos muy libremente la canción, que en su forma original reproducimos a continuación: Mistress Mary, quite contrary, How does your garden grow? With cockle-sells and silver bells And pretty maids all in a row.
[6] Famoso y aristocrático colegio para chicos, situado cerca de Londres.
<< [7] Famosa institución inglesa donde son recluidos los enfermos mentales convictos de delitos graves.
<< [8] Calle de Londres donde viven muchos médicos de fama.
<< [9] Esta conversación tiene que parecer un poco oscura al lector desconocedor del idioma inglés. Efectivamente, en inglés suele decirse «no puede jugar» cuando nosotros decimos «no sabe jugar»; y al decir «no jugará», en futuro, puede implicar desagrado por parte del que habla, como en este caso.
<< [10] Alusión a Conan Doyle y sus novelas de Sherlock Holmes. <<
YAROSLAV
 
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Re: Novela policíaca de Agatha Christie.

Сообщение YAROSLAV Ср июл 19, 2017 1:50 pm

EL TRUCO DE LOS ESPEJOS.
ФОКУС С ЗЕРКАЛАМИ.
Traducción de: C. PERAIRE DEL MOLINO


GUÍA DEL LECTOR

En un orden alfabético convencional relacionamos a continuación los principales personajes que intervienen en esta obra


BAUMGARTEN
Médico, terapeuta.

BELLEVER (Jolly)
Secretaria, ama de llaves y a la vez amiga de Carne Louise.

CARRIE LOUISE
Hermana menor de Ruth Van Rydock.

CURRY
Inspector de policía.

DODGETT
Ayudante de Curry.

ESTEFANÍA
Anciana doncella de la señora Van Rydock.

GALBRAITH
Viejo obispo de Cromer, antiguo amigo de los Gulbrandsen.

GINA
Nieta de Carrie Louise casada con Hudd; hija de Pippa, que fue una niña adoptada por Carrie Louise y su primer esposo.

GREG (Ernie)
Un joven internado en el reformatorio que sostienen Serrocold y su esposa.

GULBRANDSEN (Christian)
Hijastro de Carrie Louise por ser hijo de su primer esposo, Eric.

HUDD (Walter)
Esposo de Gina.

LAKE
Sargento de policía.

LAWSON
Ayudante de Serrocold.

MARPLE (Juana)
Íntima amiga de las hermanas Ruth Van Rydock y señora Serrocold.

MAVERICK
Doctor adjunto al reformatorio citado.
RESTARICK (Alexis y Esteban)
Hijos del primer matrimonio de Juan Restarick, que a su vez fue el segundo esposo de Carrie Louise.

SERROCOLD (Lewis)
Tercer esposo de Carrie Louise, idealista humanitario, director de un reformatorio para jóvenes delincuentes.

STRETE (Mildred)
Hija de Carrie Louise y Eric Gulbrandsen, millonario y uno de los esposos que tuvo Carrie Louise.

VAN RYDOCK (Ruth)
Dama otoñal, riquísima, viuda de tres esposos y hermana de Carrie Louise.

CAPÍTULO PRIMERO

La señora Van Rydock, tras alejarse unos pasos del espejo, exhaló un suspiro.
—Bueno, tendrá que ser éste —murmuró—. ¿Te parece bien, Juana?
La señorita Marple admiraba complaciente la crea¬ción de Lanvanelli.
—Es un vestido muy bonito —dijo.
—Sí, está bien —repuso la señora Van Rydock, volviendo a suspirar—. Quítemelo, Estefanía.
La anciana doncella de cabellos grises y boca menuda deslizó cuidadosamente el vestido sobre los brazos y cabeza de la señorita Van Rydock. Ésta quedó en combinación ante el espejo. Iba exquisitamente encorsetada, y sus piernas, todavía bien conservadas, lucían finas medias de nylon. Su rostro, bajo la capa de cosméticos y debido al constante masaje, parecía casi infantil a una prudente distancia. Sus cabellos grises con reflejos azules estaban cuidadosamente peinados. Al contemplar a la señora Van Rydock resultaba imposible imaginar cuál sería su estado original. Era el resultado de todo lo que el dinero puede lograr... reforzado por el régimen, masajes y constantes ejercicios.
Ruth Van Rydock miró divertida a su amiga.
— ¿Crees que la gente podría adivinar que tú y yo somos casi de la misma edad, Juana?
La señorita Marple fue sincera al responder:
—Ni por un momento. Estoy segura. ¡Me temo que yo represento exactamente mi edad!
La señorita Marple tenía un rostro suave y rosado surcado de arrugas, cabellos blancos y unos ojos inocentes color azul porcelana. Daba la impresión de ser una dulce abuelita. En cambio, nadie hubiera calificado de dulce a la señora Van Rydock.
—Me figuro que sí, Juana —dijo Ruth Van Rydock. Sonrió—. Y yo también, sólo que de otra manera. «Es maravilloso cómo conserva su figura esa vieja bruja», dicen de mí. ¡Pero saben que soy una vieja bruja! Y, Dios mío, ¡me siento como tal! Te lo aseguro.
Dejóse caer pesadamente sobre una butaca tapiza¬da de raso.
—Está bien, Estefanía. Puedes marcharte.
La doncella recogió el vestido y salió de la habitación.
—La vieja y buena Estefanía —dijo Ruth Van Rydock—. Lleva conmigo más de treinta años. Es la única mujer que sabe cómo soy en realidad. Juana, quiero hablarte.
La señorita Marple inclinóse hacia delante. Su figura resultaba algo inadecuada en el marco de aquellas habitaciones de un hotel de lujo. Vestía de negro, con cierto desaliño, llevaba un gran bolso, casi un maletín de mano, y daba la impresión de ser toda una señora.
—Estoy preocupada por Carrie Louise, Juana.
— ¿Carrie Louise? —La señorita Marple repitió el nombre pensativa, pues le traía a la memoria lejanos recuerdos.
Un pensionado de Florencia. Vióse a sí misma, la rubia muchachita inglesa, y las dos Martin, americanas, que tanto la asombraban por su curiosa manera de expresarse sus modales resueltos y su vitalidad. Ruth, alta, intrépida, dominando el mundo; Carrie Louise, menuda, poquita cosa, reposada.
— ¿Cuándo la viste por última vez, Juana?
— ¡Oh! Hace muchos años. Veintiocho, por lo menos. Claro que seguimos felicitándonos las Pascuas.
¡Extraña cosa, la amistad! Ella, la joven Juana Marple, y las dos americanas. Sus vidas tomaron rumbos distintos casi en seguida, y no obstante persistió su antiguo afecto; alguna que otra carta, intercambio de recuerdos de Navidad. Era extraño que Ruth, cuya casa —o mejor dicho, casas—, estaban en América, hubiera sido la que viera más a menudo de las dos hermanas. No, tal vez no fuese extraño. Como la mayoría de americanas con su posición, Ruth fue siempre muy cosmopolita, y cada uno o dos años visitaba Europa, yendo a Londres, a París, a la Riviera, y de regreso, siempre encontraba unos momentos para dedicarse a sus antiguas amistades. Hubo muchos encuentros como el presente. En el Savoy, Claridges, Berkeley, o el Dorchester. Una comida íntima, llena de afectuosas remembranzas y un adiós cariñoso y apresurado. Ruth nunca tuvo tiempo para ir a St. Mary Mead y la señorita Marple ni siquiera lo había esperado. Todas las visitas tienen su tiempo. El de Ruth era presto, mientras que la señorita Marple tenía que conformarse con el adagio.
Por eso fue a Ruth a la que viera con más frecuencia, en tanto que a Carrie Louise, por vivir en Inglaterra, llevaba veinte años sin verla. Extraño, pero en cierto modo natural, porque cuando se vive en el mismo país no es necesario disponer de antemano un encuentro con los viejos amigos. Se supone que más pronto o más tarde uno ha de tropezarse con ellos. Sólo que esto no ocurre cuando se vive en esferas distintas y los caminos de Juana Marple y Carrie Louise no se cruzaron.
— ¿Por qué te preocupa Carrie Louise, Ruth? —quiso saber la señorita Marple.
— ¡Pues eso es precisamente lo que más me preocupa! Que no lo sé.
— ¿No estará enferma?
—Está muy delicada... como siempre... No digo que esté peor que de costumbre... considerando que va siguiendo tan bien como nosotras.
— ¿Es desgraciada?
— ¡Oh, no!
«No, no; eso no sería posible —pensó la señorita Marple—. Era difícil imaginar a Carrie Louise desgra-ciada... y, sin embargo, hubo algunas temporadas en su vida que debió serlo. Sólo que... la imagen no era muy clara. Aturdimiento... sí; incredulidad... también, pero un dolor profundo... eso no.»
La señora Van Rydock seguía hablando.
—Carrie Louise siempre ha vivido fuera de este mundo. No sabe cómo es. Tal vez sea esto lo que me tiene preocupada.
—Las circunstancias... —comenzó a decir la señorita Marple, mas se detuvo meneando la cabeza—. No.
—No, es ella misma —repuso Ruth Van Rydock—. Carrie Louise siempre fue la única de las dos que tuvo ideales. Claro que es natural tener ideales cuando se es joven... Todas los tuvimos, es cosa propia de la juventud. Tú querías dedicarte a cuidar leprosos. Juana, y yo iba a meterme a monja. Esas cosas se olvidan luego. El matrimonio, me figuro, nos las quita de la cabeza. Sin embargo, no me ha ido tan mal.
La señorita Marple pensó que se expresaba con sinceridad. Ruth estuvo casada tres veces, todas con hombres muy ricos, y los divorcios posteriores habían engrosado su cuenta corriente, sin amargar su carácter.
— Claro —decía— que siempre he sido muy entera. Nunca me he dejado abatir por las circunstancias. Nunca esperé demasiado de la vida, y mucho menos de los hombres... y me ha ido muy bien... Así es que no les guardo rencor. Tommy y yo seguimos siendo excelentes amigos, y Julio, a menudo, me pide mi parecer sobre las operaciones de Bolsa —su rostro se ensombreció—. Creo que es eso lo que me preocupa de Carrie Louise... Siempre ha tenido tendencia, ya sabes, a casarse con maniáticos.
— ¿Maniáticos?
— Sí, hombres idealistas. Carrie Louise se sintió atraída por los ideales. Ahí la tienes, bonita como una rosa, sólo con diecisiete años, escuchando, con unos ojos como platos, las explicaciones del viejo Gulbrandsen sobre sus planes para el mejoramiento de la raza humana. Tenía sus cincuenta, y se casó con él; con un viudo que ya tenía hijos mayores... y todo a causa de sus ideas filantrópicas. Solía escucharle embobada. Como Desdémona y Ótelo. Aunque, por fortuna no hubo ningún Yago que enredara las cosas... y, de todas formas, Gulbrandsen no era negro, sino un sueco o noruego.
La señorita Marple asentía pensativa. Gulbrandsen tuvo renombre internacional. Un hombre que, con su capacidad para los negocios y perfecta honradez, había amasado una fortuna tan colosal que realmente fue la única solución emplearla en hacer bien a la humanidad. Aquel nombre todavía tenía resonancia. El Trust Gulbransend, la Sociedad de Investigaciones Gulbrandsen, los Asilos Gulbrandsen y lo más conocido: el Gran Colegio para Hijos de Obreros.
—No se casó con él por su dinero, ya lo sabes —decía Ruth—. Yo sí que lo hubiera hecho, pero no Carrie Louise. No sé lo que hubiese ocurrido de no morir él cuando Carrie tenía treinta y dos años. Es una edad muy buena para una viuda. Se tiene experiencia, y aún se sigue resultando aceptable.
La solterona la escuchaba, asintiendo amablemente, mientras traía a su memoria las viudas que conociera en el apacible y sosegado pueblecito de St. Mary Mead.
—Me alegré mucho cuando se casó con Juan Restarik. Creo que él se casó con Carrie Louise por su di-nero... y, si no fue exactamente así, la verdad es que no se hubiera casado con ella de no tenerlo. Juan era egoís¬ta, amante del placer y holgazán, pero incluso esto es mucho mejor que ser un maniático idealista. Todo lo que quería era vivir bien. Llevar a Carrie Louise a los mejores modistos, tener yates y automóviles y que se divirtiera a su lado. Esa clase de hombres son muy seguros. Dales comodidades y lujos, y estarán sumisos como gatitos y serán encantadores. Yo nunca tomé muy en serio sus maquetas para escenarios y sus dibujos para decorados teatrales, pero Carrie Louise estaba emocionada,., y creía que aquello era Arte con A mayúscula, y la verdad es que le obligó a no abandonar tales actividades, y entonces fue cuando se apoderó de él aquella horrible yugoslava con la que se fugó. Si Carrie hubiera esperado y sido un poco comprensiva, hubie¬ra vuelto a su lado.
— ¿Le importó mucho? —preguntó la señorita Marple.
—Eso es lo más curioso. No creo que le importase gran cosa. Se mantuvo impávida... como debe ser. Ella es tan dulce. Se mostró dispuesta a divorciarse para que él pudiera casarse con aquella mujer, y se ofreció a tener en su casa a los dos hijos del primer matrimonio de su esposo. Y el pobre Juan... tuvo que casarse con la yugoslava, que le dio unos seis meses terribles y le hizo despeñarse en su automóvil por un precipicio en un arranque de desesperación. Dijeron que fue un accidente.
La señora Van Rydock hizo una pausa, y tomando un espejo de mano escudriñó su rostro. Cogió unas pinzas para arrancarse un pelo de la ceja.
—Y luego se le ocurre casarse con ese Lewis Serrócold. ¡Otro maniático! ¡Otro idealista! Oh, yo no digo que no la quiera... creo que sí, pero tiene la misma mo¬nomanía de querer mejorar la vida de todo el mundo.
—Quisiera saber... —dijo la señorita Marple.
—Sólo que, naturalmente, hay una moda para esas cosas, lo mismo que para los vestidos. (Querida, ¿has visto lo que Christian Dior quiere que llevemos como faldas?) ¿Dónde estaba? Ah, sí; hay una moda. Pues bien, también hay moda para la filantropía. En tiempos de Gulbrandsen fue la educación, pero ahora ya pasó a la historia. De eso se encarga el Estado. Todo el mundo espera recibirla como si fuera un derecho... y no se preocupa mucho de ella cuando ya la tiene. La Delincuencia Juvenil es lo que se lleva ahora. Esos jóvenes criminales y asesinos en potencia. Todo el mundo se interesa por ellos. Si vieras los ojos de Lewis Serrocold brillando a través de sus gruesos lentes. ¡Está loco de entusiasmo! Es uno de estos hombres de voluntad extraordinaria, que les agradaría vivir comiendo una banana con tostada, y poner todas sus energías al servicio de una causa. Y Carrie Louise se entusiasmó... como siem¬pre. Pero no me gusta, Juana. Se reunieron todos los simpatizantes y han convertido la casa en un establecimiento para reformar a esos jóvenes delincuentes, con psiquiatras, psicólogos y todo eso. Y allí están Lewis y Carrie Louise viviendo rodeados de esos muchachos... que tal vez no sean del todo normales. Y la casa llena de médicos, analistas y entusiastas, la mitad de ellos completamente locos. Y mi pobre Carrie Louise en medio de todo eso.
Se detuvo y miró a la señorita Marple, esperando su comentario, pero ésta se limitó a manifestar:
—Todavía no me has dicho qué es lo que temes en realidad.
— ¡Ya te he dicho que no lo sé! Y eso es lo que me preocupa. Acabo de venir de allí..., les hice una visita muy corta, pero me di cuenta de que algo anda mal. Lo noté en el ambiente..., en la casa... Sé que no me equivoco. Soy muy sensible para estas cosas, siempre lo he sido. ¿Te he dicho alguna vez que hice que Julio vendiera sus acciones de Cereales Amalgamados antes de que llegara la baja? ¿Y no tuve razón? Sí, allí ocu¬rre algo raro. No te puedo decir el qué. Lewis está viviendo para sus ideales sin darse cuenta de nada más, y Carrie Louise, Dios la bendiga, sin ver ni oír otra cosa, ni pensar en nada que no sea un paisaje, un sonido o una idea encantadora. Es muy dulce, pero no es práctica. Allí ocurre algo... y quiero que tú, Juana, vayas en seguida y averigües de qué se trata.
— ¿Yo? — exclamó la señorita Marple—. ¿Por qué he de ser yo?
—Porque tienes un buen olfato para estas cosas. Siempre lo tuviste. Siempre fuiste una criatura de aspecto inocente, Juana, y, sin embargo, nada te sorprendió nunca, siempre piensas en lo peor.
—Lo peor es tan a menudo la verdad —murmuró la señorita Marple.
—No puedo imaginar cómo tienes una idea tan pobre de los seres humanos... viviendo en un pueblecito tan apacible como el tuyo, de tan viejas y puras costumbres.
—Nunca has vivido en un pueblo, Ruth. Es probable que te sorprendieran las cosas que ocurren en un pueblecito tan apacible.
—Oh, eso no tiene nada de particular. Lo que digo es que a ti no te sorprenden. Por eso quiero que vayas a Stonygates y averigües qué es lo que no anda bien, ¿querrás?
—Pero, querida Ruth eso será muy difícil.
—No, no lo es. Ya lo he pensado. Si no te enfadas conmigo te diré que ya he preparado el terreno.
La señora Van Rydock miró inquieta a Juana y encendió un cigarrillo poco antes de dar las explicacio-nes.
—Tendrás que admitir que las cosas se han puesto difíciles en este país después de la guerra para las personas de escasas rentas..., es decir, para personas como tú, Juana.
—Oh, sí, desde luego. A no ser por la amabilidad de mi sobrino Raymond, no sé en realidad qué sería de mi persona.
—No me importa tu sobrino —repuso la señora Van Rydock—. Carrie Louise no sabe nada de él... o si ha oído hablar de él sólo le conoce como escritor y no tiene idea de que sea sobrino tuyo. El caso es que le dije a Carrie Louise que las cosas se habían puesto muy mal para ti. Que algunas veces apenas comías lo suficiente y que eras demasiado orgullosa para pedir ayuda a las viejas amigas, por lo que no era prudente ofrecerte dinero... pero sí una temporadita de descanso en los alrededores, con una antigua amiga y buenos alimentos, sin molestias ni preocupaciones —Ruth hizo una pausa y agregó desafiándola—: Ahora, enfádate si quieres...
La señorita Marple abrió sus ojos de azul porcelana con agradable sorpresa.
—Pero, ¿por qué iba a enfadarme contigo, Ruth? Ha sido una idea muy ingeniosa y verosímil. Estoy segura que Carrie Louise responderá.
—Te ha escrito. Encontrarás la carta cuando regreses. La verdad, Juana, ¿no crees que me he tomado una libertad imperdonable? ¿No te importará...?
Vacilaba y fue Juana Marple quien continuó la frase.
— ¿...ir a Stonygates invitada por caridad... más o menos fingida? En absoluto... si es necesario. Tú lo crees necesario... y yo también me siento inclinada a creerlo.
Ruth Van Rydock la miró extrañada.
— ¿Pero por qué? ¿Qué es lo que has oído?
—Nada. Es por tu convicción. Tú no eres una mujer imaginativa, Ruth.
—No, pero no tengo nada en qué basarme.
—Recuerdo —dijo pensativa la señorita Marple—, un domingo por la mañana en misa... era el segundo domingo de Adviento... estaba sentada detrás de Grace Lamble y comencé a preocuparme más y más por ella, comple¬tamente convencida de que le ocurría algo... bastante malo... y, sin embargo, sin poder decir por qué. Era un sentimiento perturbador y muy definido. Lo sé.
— ¿Y le ocurrió algo?
—Oh, sí. Su padre, el viejo almirante, llevaba una temporada muy raro, y al día siguiente se abalanzó sobre ella con un martillo, gritando que era el Anticristo. Casi la mata. Se lo llevaron a un manicomio y ella se repu¬so después de una larga temporada de tratamiento en un hospital.
— ¿Y tú tuviste ese presentimiento aquel día cuando la viste en misa?
—Yo no lo llamaría así. Se fundaba en un hecho..., esas cosas suelen ocurrir así, aunque no sabemos reconocerlas a su debido tiempo. Llevaba el sombrero mal puesto. Esto era muy significativo, porque Grace Lam¬ble era una mujer muy metódica, y nada distraída... y las circunstancias que hicieron que no se diera cuenta de cómo llevaba el sombrero fueron muy importantes. Su padre le había arrojado un pisapapeles de mármol, que no le dio, pero rompió el espejo. Ella cogió el sombrero a toda prisa y se lo puso antes de salir corriendo, para guardar las apariencias delante de los criados. Atribuía estas acciones al «temperamento naval del pobre papá», no se daba cuenta de que el viejo había perdido el juicio, a pesar de que debía haberse dado cuenta de ello claramente. Siempre se quejaba de que le espiaban y creía que todos eran enemigos... Los síntomas habituales.
Ruth miró a su amiga con respeto.
—Es posible que St. Mary Mead no sea un lugar tan idílico como yo había imaginado —dijo.
—Los seres humanos, querida, son iguales en todas partes. En una ciudad es más difícil observarlos de cerca, eso es todo.
— ¿Irás a Stonygates?
—Iré. Tal vez sea un poco ingrata con mi sobrino Raymond, al dejar que crean que no me ayuda, quiero decir. Sin embargo, ahora está en México, donde pasará seis meses. Y en ese tiempo ya habrá terminado todo.
— ¿Qué es lo que habrá terminado?
—La invitación de Carrie Louise no será aceptada por tiempo indefinido. Tres semanas, puede que un mes. Será suficiente.
— ¿Para que tú averigües lo que anda mal?
—Sí.
—Querida Juana, estás muy segura de ti misma, ¿no es cierto?
La señorita Marple la miró con reproche.
—Tú lo estás de mí o eso es lo que has dejado entender. Sólo puedo asegurarte que haré lo posible por justificar tu confianza.

CAPÍTULO II

Antes de coger el tren de regreso a St. Mary Mead (los viernes el billete era más económico), la señorita Marple, de un modo preciso y llena de interés, quiso conocer algunos datos.
—Carrie Louise y yo hemos mantenido cierta correspondencia, pero puede decirse que nos hemos limitado a felicitarnos las Pascuas. Por eso quisiera, querida Ruth, que me dieras una idea exacta de las perso¬nas que puedo hallar en esa casa de Stonygates.
—Bien, ya sabes que Carrie Louise se casó con Gulbrandsen. No tuvieron hijos y ella lo tomó muy a pe-cho. Gulbrandsen era viudo y tenía tres hijos mayores. Con el tiempo adoptaron una niña. Pippa la llamaron, una criatura encantadora. Sólo tenía dos años cuando la llevaron a su casa.
— ¿De dónde procedía? ¿Quiénes eran sus padres?
—La verdad, Juana, ahora no lo recuerdo..., si es que lo supe alguna vez. Tal vez de un orfelinato..., o puede que tuvieran conocimiento de alguna criatura a quien sus padres no querían... ¿Por qué? ¿Crees que eso es importante?
—Bueno, a una siempre le gusta conocer la procedencia, por así decirlo. Pero continúa, por favor.
—Lo que sé de lo que ocurrió a continuación es que Carrie Louise descubrió que después de todo iba a tener un hijo, tengo entendido que eso ocurre muy a menudo.
La señorita Marple asintió.
—Eso creo.
—De todas maneras, así fue, y Carrie Louise sintióse desconcertada..., no sé si me comprendes. De haber ocurrido antes, pero entonces había entregado su cariño a Pippa y le pareció que aquello la desplazaba, por así decir. Cuando nació Mildred, era realmente una niña muy poco atractiva. Se parecía a los Gulbrandsen..., que eran muy dignos y fuertes..., pero de facciones ordinarias. Carrie Louise procuró siempre que no hubiera diferencias entre su verdadera hija y la adoptiva, tanto, que yo creo que tendía a inclinarse hacia Pippa, y algunas veces sospecho que Mildred se daba cuenta de ello. No obstante, yo no los veía muy a menudo. Pippa creció convirtiéndose en una muchacha muy hermosa, y Mildred siguió siendo fea. Eric Gulbrandsen murió cuando Mildred tenía quince años y Pippa dieciocho. A los veinte, Pippa se casó con un italiano, el marqués de San Severiano... Oh, desde luego, un marqués auténtico, no un aventurero, ni nada parecido. Ella llevaba camino de convertirse en una heredera (naturalmente, de otro modo San Severiano no se hubiera casado con ella... ¡ya sabes cómo son los italianos!) Gulbrandsen dejó una cantidad en custodia para su hija igual a la de Pippa. Mildred contrajo matrimonio con un pastor protestante llamado Strete..., un hombre agradable y propenso a los resfriados de cabeza. Le llevaba unos diez o quince años. Creo que fueron felices. Él murió hace un año y Mildred ha regresado a Stonygates para vivir con su madre. Pero voy demasiado deprisa; me he dejado un par de bodas. Volveré atrás. Pippa se casó con un italiano. Carrie Louise estuvo muy contenta con ese enlace. Guido era guapo y educado, y además un excelente deportista. Un año después Pippa falleció al dar a luz una niña. Fue una tragedia terrible y Guido di San Severiano quedó abatidísimo. Carrie Louise iba y venía de Italia con cierta frecuencia, y en Roma conoció a Juan Restarick y se casó con él. El marqués contrajo nuevas nupcias y no puso resistencia a que su hijita fuera educada en Inglaterra por su abuela, inmensamente rica. Así que se instalaron todos en Stonygates: Juan, Alexis y Esteban (la primera mujer de Juan fue una rusa) y la pequeña Gina. Mildred se casó poco después con el pastor. Luego vino todo aquel asunto de Juan y la yugoslava, y el divorcio. Los muchachos siguieron yendo a Stonygates a pasar los fines de semana, apreciaban mucho a Carrie Louise, y en 1938 me parece, Carrie Louise contrajo matrimonio con Lewis.
La señora Van Rydock hizo una pausa.
— ¿No conoces a Lewis?
—No, creo que la última vez que vi a Carrie Louise fue en 1928. Fue muy agradable y me llevó al Covent Carden..., a la ópera.
—Oh, sí. Bien, Lewis era la persona más adecuada para casarse con ella. Era el director de una conocida firma: el Instituto de Contables. Tengo entendido que primero se conocieron por cuestiones financieras del Trust Gulbrandsen y el Colegio. Era de su misma edad, un hombre de vida intachable, pero un maniático. Estaba completamente sugestionado por la idea de redimir a los jóvenes delincuentes.
Ruth Van Rydock suspiró.
—Como acabo de decirte, Juana, también hay modas en la filantropía. En tiempos de Gulbrandsen fue la educación, anteriormente las cocinas donde se repartía sopa...
La señorita Marple asintió con la cabeza.
—Sí, desde luego. Se les llevaba a los enfermos vino de Oporto, jalea y caldo de cabeza de ternera... Mi madre solía hacerlo.
—Eso está bien. Alimentando el cuerpo se conseguía alimentar la inteligencia. Todo el mundo volvióse loco por la educación de las clases modestas. En lo futuro presumo que la moda será no educar a los niños y conservarlos en su ignorancia hasta los dieciocho años. De todas formas, el Trust Gulbrandsen y el Instituto de Educación encontraron dificultades, pues el Estado iba asumiendo su tarea. Entonces llegó Lewis, con su entusiasmo apasionado por la enseñanza y la reforma de los delincuentes jóvenes. Primero debió dedicar su atención a este asunto durante el ejercicio de su profesión, intervención de cuentas, descubriendo jovencitos que con gran astucia habían perpetrado fraudes. Se fue convenciendo más y más de que los jóvenes delincuentes no eran normales, que tenían cerebros privilegiados y rara habilidad, y que únicamente necesitaban ser bien dirigidos para que resultasen útiles a la sociedad.
—Puede que haya algo de eso —repuso la señorita Marple—. Pero no es completamente cierto. Recuerdo...
Se interrumpió, mirando su reloj.
— ¡Oh, Dios mío...! Voy a perder el tren de las seis treinta.
Ruth Van Rydock apresuróse a decir:
— ¿Pero irás a Stonygates?
Mientras recogía su bolso y el paraguas la señorita Marple, le contestó:
— Si Carrie Louise m’invita...
—Te invitará. ¿Irás? ¿Me lo prometes, Juana?
Juana Marple lo prometió.

CAPÍTULO III

La señorita Marple se apeó del tren en la estación de Market Kindle. Un viajero muy amable la ayudó a bajar las maletas, una cesta de mimbre, un maletín de cuero deslucido y varios bultos heterogéneos. Balbuceó ciertas frases de agradecimiento:
—Es usted muy amable... Es tan difícil hoy en día... no hay muchos mozos. Me atolondro tanto cuando viajo.
Sus palabras quedaron ahogadas por los altavoces que anunciaban que el tren de las tres diez estaba en el andén 1, e iba a salir inmediatamente.
Market Kindle era una gran estación desierta y barrida por el viento. Tenía seis andenes, en uno de los cuales había un tren con un solo vagón cuya máquina dejaba escapar el vapor para darse importancia..
La señorita Marple, peor vestida que de costumbre,, por suerte no había regalado todavía aquel traje viejo, miró indecisa a su alrededor y vio a un hombre joven que iba a su encuentro.
— ¿La señorita Marple? — preguntó aquel joven. Su voz tenía un tono teatral inesperado, como si el pronunciar su nombre formase parte de un papel que representara en una función de aficionados—. Vengo de Stonygates... para recibirla.
La señorita Marple le miraba agradecida, dando la impresión de una anciana encantadora e inofensiva con unos ojos azules muy picaros, como tuvo ocasión de observar el joven, cuya personalidad no estaba de acuerdo con su voz. Era menos importante, podríamos decir, casi insignificante. Sus párpados se abrían y cerraban incesantemente debido a un tic nervioso.
—Oh, gracias —repuso la señorita Marple—. Sólo traigo este equipaje.
Observó que el joven hizo una seña a un mozo que pasaba con un carrito lleno de bultos y maletas.
—Lleve todo esto a Stonygates, haga el favor —le dijo, dándose importancia.
—En seguida. No tardaré —repuso el mozo alegremente.
La señorita Marple tuvo la impresión de que a su nuevo conocido no le agradó demasiado aquella con-fianza.
— ¡Estos empleados se ponen cada día más imposibles! —dijo el joven.
Mientras guiaba a la señorita Marple hacia la salida, se presentó:
—Soy Edgar Lawson. La señora Serrocold me ha pedido que viniera a buscarla. Soy el ayudante del señor Serrocold.
Y de nuevo percibió la ligera insinuación de que un hombre importante y tan ocupado como él era, había dejado a un lado su trabajo para atender caballerosamente un encargo de la esposa de su jefe.
Y de nuevo su expresión no fue del todo convincente..., tuvo cierto resabio teatral.
La señorita Marple comenzó a hacer cabalas sobre Edgar Lawson.
Salieron de la estación y el joven la acompañó hasta un «Ford» ocho cilindros bastante destartalado.
— ¿Quiere sentarse delante conmigo o prefiere ir detrás? —le estaba diciendo cuando sufrieron una interrupción.
Un «Rolls Bentley» de dos plazas, nuevecito, llegaba a toda velocidad y se detuvo delante del «Ford». Una joven muy bonita se apeó del coche para acercarse a ellos. Llevaba pantalones de pana y camisa de cuello abierto.
—Hola, Edgar. Creí que no llegaría a tiempo. Ya veo que ha recogido a la señorita Marple. Vine a buscarla —sonrió mostrando una hilera de dientes perfectos que resaltaban en su rostro tostado por el sol—. Soy Gina —dijo a la señorita Marple—. Carrie Louise es mi abuela. ¿Qué tal viaje ha tenido? ¿Muy malo? ¡Qué cesta de mimbre más bonita! Me encantan las cestas de mimbre. Yo la llevaré, y los abrigos, así podrá subir al coche con más comodidad.
Edgar enrojeció protestando.
—Escuche, Gina. Yo he venido a recoger a la señorita Marple. Así lo dispusimos...
De nuevo volvió a lucir la muchacha su dentadura en una sonrisa indolente.
—Oh, ya lo sé, Edgar, pero de pronto se me ocurrió venir yo. La llevaré en mi coche y usted puede esperar y recoger las maletas.
Cerró la portezuela tras la señorita Marple y corrió a subir por el otro lado. De un salto se colocó ante el volante y arrancó a toda marcha.
Mirando hacia atrás, la señorita Marple pudo darse cuenta de la expresión de Edgar Lawson.
—No creo que esto le haya gustado al señor Lawson, querida.
Gina se echó a reír.
—Edgar es un tonto. Siempre quiere dar importancia a las cosas. ¿Cree de veras que le ha importado?
— ¿Es que no le importa? —quiso saber.
— ¿A Edgar? —la voz de Gina y su risa tenían una nota de crueldad inconsciente—. Oh, de todas formas todos están locos.
— ¿Locos?
—Sí, todos los de Stonygates —repuso Gina—. No me refiero a Lewis, la abuelita, los muchachos, ni a mí..., ni tampoco a la señorita Bellever, naturalmente, pero sí a los otros. Algunas veces creo que yo también voy a volverme loca viviendo aquí. Incluso tía Mildred habla sola cuando se pasea... y eso no es lo más propio en la viuda de un pastor, ¿verdad?
Una vez dejaron atrás la estación, enfilaron una carretera perfectamente pavimentada. Gina dirigió una mirada dé soslayo a su compañera.
—Usted fue al colegio con la abuelita, ¿verdad? ¡Qué extraño me parece!
La señorita Marple supo muy bien lo que Gina quiso decir. A las chicas de hoy les cuesta creer que las viejas fueron jóvenes alguna vez, que llevaron tirabuzones y tuvieron que luchar con los decimales y la literatura.
—Debió de ser hace mucho tiempo —dijo la muchacha con asombro y sin intención de molestar.
—Sí, desde luego. Lo dice más por mí que por su abuela, ¿no es así?
Gina asintió:
—Es curioso que usted diga eso. Ya sabe, abuelita, da la sensación de no tener edad, pese ya a sus años.
—Hace mucho tiempo que no la he visto. Me pregunto si la encontraré muy cambiada.
—Tiene el cabello gris, naturalmente —dijo Gina— y camina con un bastón a causa de su artritismo. Úl-timamente ha empeorado mucho. Supongo que... —in¬terrumpióse y preguntó—: ¿Ha estado en Stonygates?
—No, nunca. Pero, claro, he oído decir muchas cosas de él.
—La verdad es que resulta algo horrible — repuso Gina alegremente —. Una especie de monstruosidad gó¬tica. Pero también es divertido en cierto modo. Sólo que todo está desquiciado y uno se tropieza a cada momento con psiquíatras que se divierten de lo lindo. Son bastante parecidos a los profesores de los boy-scouts, sólo que peores. Los jóvenes delincuentes son muy animados, por lo menos algunos. Uno me enseñó a abrir los cerrojos de las puertas con un trozo de alambre, y otro niño, de rostro angelical, varios trucos para engañar a la gente.
La señorita Marple consideró en silencio aquellos informes.
—Es el tipo de criminal que más me gusta —dijo Gina—. Los estrambóticos no me resultan simpáticos. Claro que Lewis y el doctor Maverick creen que todos lo son... debido a deseos reprimidos y la vida desordenada de sus hogares... que sus madres abandonaron por irse con los soldados..., etcétera. Yo no lo comprendo, porque muchas personas llevan una vida terrible en sus casas y no obstante logran salir adelante muy bien.
—Estoy segura de que es un problema muy difícil — dijo la señorita Marple.
Gina volvió a reír, enseñando su espléndida dentadura.
—A mí no me preocupa gran cosa. Me figuro que algunas personas tienen esa especie de obsesión por conseguir un mundo mejor. Lewis está completamente dominado por esa idea... Va a ir a Aberdeen la semana próxima para presenciar el juicio contra un muchachito con cinco pruebas de culpabilidad.
— ¿Y ese joven que vino a esperarme a la estación?, el señor Lawson. Me dijo que ayuda al señor Serrocold. ¿Es su secretario?
—Oh, Edgar no tiene inteligencia suficiente para ser su secretario. Es un caso. Solía hospedarse en los hoteles haciéndose pasar por una personalidad o un piloto de guerra, pedía dinero prestado y luego salía huyendo. Creo que es un indeseable. Pero Levvis emplea con todos el mismo sistema. Les hace sentirse como de familia. Les da trabajo y hace todo lo necesario para estimular su sentido de la responsabilidad. Me atrevo a decir que cualquier día seremos asesinados por cualquiera de ellos.
— Gina rió alegremente.
La señorita Marple no acertó a sonreír.
Pasaron por una puerta de hierro impresionante, donde un portero hacía guardia de pie en actitud marcial y recorrieron una avenida bordeada de rododendros. El camino estaba en malas condiciones y los parterres descuidados.
Interpretando los pensamientos de su compañera, Gina dijo:
—No había jardineros durante la guerra, y luego ya no nos hemos vuelto a preocupar; eso tiene un aspecto salvaje.
Tomaron una curva y apareció Stonygates en todo su esplendor. Era, como bien dijo Gina, un vasto edificio gótico Victoriano..., una especie de templo de la plutocracia. Con fines filantrópicos se le añadieron varias alas y construcciones anexas, que aunque no consiguieron disimular su estilo, le habían robado cohesión y armonía.
— ¿Horrible, no? —dijo Gina—. Abuelita está en la terraza. Pararé aquí y usted puede ir a su encuentro.
La señorita Marple avanzó por la terraza al encuentro de su antigua amiga.
A distancia la menuda figura parecía casi infantil, a pesar del bastón en que se apoyaba y de su marcha lenta y dificultosa. Era como si una jovencita estuviera imitando con exageración a una anciana.
—Juana —dijo la señora Serrocold.
—Mi querida Carrie Louise.
Sí, inconfundiblemente era Carrie Louise. Apenas algo cambiada, todavía joven, cosa que parecía imposible, ya que, contrariamente a su hermana, no usaba cosméticos ni artificios para rejuvenecerse. Sus cabellos eran grises, pero siempre los tuvo rubio ceniza y el color apenas había cambiado. Su cutis seguía siendo blanco y sonrosado como el pétalo de una flor, aunque ahora estuviera arrugado. Sus ojos conservaban su mirada franca e inocente. Su figura era esbelta y como la de una niña y aún ladeaba la cabeza como un pájaro.
—No sabes cómo me reprocho el no haberte llama¬do antes —le dijo Carrie Louise con su dulce voz—. Hace años que no te veo, querida Juana. Me alegro que al fin hayas venido a hacernos una visita.
Desde el extremo de la terraza, Gina gritó:
—Tienes que entrar, abuelita. Está refrescando... y Jolly se pondrá furiosa.
Carrie Louise dejó de oír su risa cristalina.
—Se preocupan tanto por mí, que no hacen más que recordarme que soy una vieja.
— ¿Y tú no te sientes vieja?
—No, Juana. A pesar de todos mis achaques y dolores... y tengo muchos..., en mi interior me sigo sin-tiendo una jovencita como Gina. Tal vez le suceda lo mismo a todo el mundo. El espejo les dice lo viejos que son y ellos no quieren creerlo. Me parece que hace sólo unos pocos meses que estábamos en Florencia. ¿Te acuerdas de fraulein Schweich y sus botas?
Las dos ancianas rieron juntas comentando sucesos que tuvieron lugar casi medio siglo atrás.
Entraron en la casa por una puerta lateral. Allí se reunieron con una mujer ya mayor, de nariz arrogan-te, cabello corto, delgada y vestida con un traje sas¬tre de buen corte, que dijo iracunda:
—Es una locura, Cara, que esté usted fuera hasta tan tarde. Es incapaz de cuidar de sí misma. ¿Qué dirá el señor Serrocold?
—No me riñas, Jolly —le dijo Carrie Louise mimo¬sa antes de presentarla a la señorita Marple.
—Ésta es la señorita Bellever, que lo es todo para mí. Niñera, cancerbero, secretaria, ama de llaves y una amiga de verdad.
Julieta Bellever aspiró con fuerza, y la punta de su nariz enrojeció, evidente señal de intensa emoción.
—Hago lo que puedo —repuso con aspereza—. El llevar esta casa es algo terrible. No es posible organizar un plan ni seguir una rutina.
—Querida Jolly, claro que no es posible. Me pregunto cómo lo intentas siquiera. ¿Dónde vas a instalar a la señorita Marple?
—En el cuarto azul. ¿Quiere que la acompañe arriba, señorita Marple?
—Sí, por favor, Jolly. Y luego hágala bajar para tomar el té. Creo que hoy lo tomaremos en la biblioteca.
El cuarto azul tenía pesados cortinajes de rico brocado azul desvaído, que según la señorita Marple debían contar unos cincuenta años. Los muebles eran de caoba sólidos y de gran tamaño, y la cama tenía cuatro columnas, también de caoba.
La señorita Bellever abrió una puerta que daba a un cuarto de baño inesperadamente moderno, de color orquídea y con muchos detalles cromados, y comentó:
—Juan Restarick, cuando se casó con Carrie Louise, hizo instalar diez cuartos de baño en la casa. Es lo único que se ha reformado. No quería ni oír hablar de tocar lo demás..., decía que era una muestra perfecta de la época. ¿No le conoció?
—No. La señora Serrocold y yo nos hemos visto muy raramente, aunque siempre nos escribíamos.
—Era un hombre muy agradable —dijo la señorita Bellever—. ¡No era bueno, desde luego! Un indeseable, pero alegraba la casa. Tenía un gran encanto, gustaba a las mujeres, casi demasiado. Ésa fue su desgracia. No era el tipo de Cara.
Y agregó, volviendo bruscamente a sus modales prácticos:
—La camarera le deshará las maletas. ¿Desea lavarse antes de tomar el té?
Después de recibir una respuesta afirmativa, dijo a la señorita Marple que la esperaría al pie de la escalera.
Juana Marple volvió al cuarto de baño para lavarse las manos, y se las secó algo nerviosa en una toalla de color orquídea. Luego se atusó sus suaves cabellos blancos y retocó la posición del sombrero.
Al abrir la puerta, encontró que la señorita Bellever la estaba esperando, la cual la acompañó por la tétrica escalera y el amplio y oscuro vestíbulo hasta una habitación donde las estanterías de libros cubrían las paredes. Una gran ventana daba a un lago artificial.
Carrie Louise estaba de pie junto al ventanal y la señorita Marple fue a colocarse a su lado.
—Esta casa impresiona —le dijo—. Casi me siento perdida en ella.
—Sí, me lo figuro. La verdad, es ridícula. Fue edificada por un herrero muy rico, o algo así. No tardó en arruinarse. No me extraña. Había unos catorce salones, todos enormes. Nunca he comprendido para qué necesita la gente más de una sala. ¡Cuánto espacio innecesario! Mi cuarto es imponente... cansa andar desde la cama al tocador. Y esas cortinas tan pesadas de terciopelo granate.
— ¿No lo has reformado y vuelto a decorar?
Carrie Louise pareció sorprenderse.
—No. En conjunto está casi igual a como estaba cuando vivía Eric. Claro que se ha vuelto a pintar, pero siempre del mismo color. Esas cosas no importan en realidad, ¿no te parece? Quiero decir que no me hubiera parecido bien gastar el dinero en esto cuando hay tantas cosas mucho más importantes.
— ¿No se ha hecho ningún cambio en toda la casa?
—Oh, sí..., muchísimos. Sólo hemos conservado la parte central tal como estaba... el Gran Vestíbulo, las habitaciones que hay alrededor y las de encima. Ahí es donde están las mejores y Juan, mi segundo esposo, estaba encantado con ellas, y dijo que nunca consentiría que se tocasen o cambiasen... y él era un artista dibujante entendido en estas cosas. Pero las alas este y oeste han sido completamente reformadas. Todas las habitaciones fueron divididas para poder instalar oficinas y dormitorios para los profesores y demás. Los chicos están en el edificio que llamamos Colegio... Puedes verlo desde aquí.
La señorita Marple contempló las grandes construcciones de ladrillos rojos que se divisaban a través del cinturón de árboles. Luego sus ojos se posaron en algo más cercano y sonrió.
—Gina es una mujer encantadora —dijo.
El rostro de Carrie Louise se iluminó.
—Sí, ¿verdad? —dijo suavemente—. Es muy agradable volverla a tener aquí. La envié a América a principios de la guerra... junto a Ruth. ¿No te ha hablado de ella?
—No. Se limitó a mencionarla.
— ¡Pobre Ruth! — suspiró Carrie Louise —. Estaba terriblemente preocupada por la boda de Gina. Pero le he dicho una y otra vez que yo no se lo reprocho en absoluto. Ruth no comprende, como yo, que las antiguas barreras y diferencias de clase han desaparecido... o van desapareciendo. Gina efectuaba su prestación a los servicios de guerra..., cuando conoció a su marido. Era un marino con una buena hoja de servicios, y una semana más tarde se casaron. Claro que todo fue de¬masiado rápido, y no tuvieron tiempo para ver si congeniaban... pero así es como ocurren las cosas hoy en día. Los jóvenes pertenecen a esta generación. Nosotros podemos considerar equivocada su manera de proceder, pero hay que aceptar sus decisiones. No obstante, Ruth se disgustó mucho.
— ¿No le agradaba ese marino?
—Todavía sigue diciendo que nadie sabe nada de él. Vino del Oeste medio y no tenía dinero... ni profesión, naturalmente. Hay cientos de muchachos así por todas partes... Pero no era ésa la idea que Ruth tenía del hombre conveniente para Gina. Sin embargo, ya no tenía remedio. ¡Me alegré tanto cuando Gina aceptó mi invitación para que viniera con su esposo! Aquí hay mucho que hacer..., trabajos de toda clase, y si Walter quiere especializarse en medicina o graduarse, u obtener algún título, puede hacerlo en este país. Después de todo, ésta es la casa de Gina. Es delicioso que esté aquí, una persona tan cariñosa, alegre y llena de vida.
La señorita Marple asintió con la cabeza y volviendo a mirar por la ventana, contempló a la pareja de jóvenes de pie, cerca del lago.
—Hacen una pareja estupenda —dijo—. ¡No me extraña que Gina se enamorara de él!
—Oh, pero ese..., ese no es Wally. — Hubo cierto embarazo en la voz de la señora Serrocold—. Ese es Esteban..., el hijo menor de Juan Restarick. Cuando Juan..., cuando se marchó, los muchachos no tenían dónde pa¬sar las vacaciones, por eso los tuve aquí. Están como en su casa. Y ahora Esteban vive siempre aquí, pues se ocupa de las representaciones dramáticas. Sabes, tenemos un teatro, y representamos comedias... para fomentar sus aficiones artísticas. Lewis dice que muchos crímenes de los jóvenes son debidos al deseo de exhibirse. Son muchachos que llevan una vida de hogar desgraciada, y sus atracos y robos les hacen sentirse héroes. Les animamos a escribir ellos mismos las obras, a representarlas y a dibujar y pintar los decorados. Esteban es el encargado del teatro. Es inteligente y un entusiasta. Resulta maravilloso la vida que pone en su cometido.
—Ya —repuso la señorita Marple distraídamente.
Su vista seguía siendo excelente (como muchos de sus vecinos pudieron comprobar a su pesar en el pueblecito de St. Mary Mead) y vio claramente el hermoso rostro moreno de Esteban Restarick reflejando entusiasmo mientras miraba a Gina. A la muchacha no podía verle la cara, puesto que estaba de espaldas, pero la expresión de Esteban Restarick no daba lugar a dudas.
—No es asunto mío —dijo la señorita Marple—, pero me figuro, Carrie Louise, que te habrás dado cuenta de que está enamorado de ella.
—Oh, no... —Carrie Louise pareció preocupada—. Oh, no. Espero que no.
—Tú siempre estás en las nubes, Carrie Louise.

CAPÍTULO IV

Antes de que la señora Serrocold pudiera contestar, entró su esposo en la habitación con algunas cartas abiertas en la mano.
Lewis Serrocold era un hombre de corta estatura, sin ningún rasgo sobresaliente; pero con una personalidad que le hacía destacar inmediatamente. Ruth había dicho una vez hablando de él que, más que un hombre, parecía una dinamo. Solía concentrarse en sus ideas, sin prestar atención a los objetos o personas que le rodeaban.
—Una mala noticia, querida —le dijo—.
Ese mucha¬cho, Jackie Flinta, ha vuelto a las andadas. Y yo creí realmente que tenía intención de enmendarse esta vez, si le daba una oportunidad. Parecía deseoso de hacerlo. Ya sabes que descubrimos su afición a los ferrocarriles... y Maverick y yo estuvimos de acuerdo en que si le conseguíamos un empleo en los ferrocarriles, lo desempeñaría bien. Pero la historia de siempre. Robos insignificantes en los paquetes de las oficinas. Ni siquiera cosas que pudiera vender o deseara para sí. Eso demuestra que debe ser cosa psicológica. Realmente, no hemos sabido dar con la raíz de su problema. Pero no me doy por vencido.
—Lewis..., ésta es mi antigua amiga Juana Marple.
—Oh, ¿cómo está usted? —dijo el señor Serrocold, distraído—.
Tanto gusto...
Le llevarán a juicio, claro —volvió a su idea—. Un muchacho agradable, no demasiado inteligente, pero realmente un chico simpático. Vino de una casa incalificable. Yo...
De pronto se interrumpió, y la dinamo se dirigió a la invitada.
—Vaya, señorita Marple, me alegro que haya venido a pasar una temporadita con nosotros. A Carolina le encantará tener una amiga de los viejos tiempos con quien intercambiar recuerdos. Esto es algo triste para ella... con esas historias tan deprimentes de esos pobres niños. Esperamos que esté usted mucho tiempo entre nosotros.
La señorita Marple pudo apreciar su magnetismo y comprendió lo atractivo que debía resultar para su amiga. No dudó ni por un momento que Lewis era de esos hombres que saben plantear los asuntos ante la gente. Pudo resultar irritante para algunas mujeres, pero no para Carrie Louise.
Lewis Serrocold agitó otra carta.
—De todas formas, también hay alguna buena noticia. Ésta es del Banco Somerset de Wilshire. Morris se está portando muy bien, listan muy satisfechos con él y van a ascenderle el mes que viene. Siempre dije que lo único que necesitaba era sentirse responsable..., eso, saber manejar dinero y lo que esto significa.
Se volvió a la señorita Marple.
—La mitad de esos muchachos no saben lo que es el dinero. Para ellos representa el poder ir al cine, o a la cárcel, y les parece excitante el saberlo escamotear. Bien, yo creo que..., ¿cómo diría...? Restregándoselo por las narices... enseñándoles contabilidad, aritmética..., enseñándoles toda la poesía del dinero, por así decir, se les puede curar. Darles habilidad y luego responsabilidad..., dejar que lo manejen oficialmente. Nuestros grandes éxitos los obtuvimos de este modo..., sólo dos casos nos fallaron entre treinta y ocho. Uno es el primer cajero de una sociedad de droguerías..., un cargo de auténtica responsabilidad...
Interrumpiéndose para decir a su esposa:
—Tomaremos el té dentro, querida.
—Creí que iba a ser aquí. Se lo dije a Jolly.
—No, en el vestíbulo. Los demás están allí.
—Creí que estarían todos fuera.
Carrie Louise tomó del brazo a la señorita Marple y entraron en el Gran Vestíbulo. Las tacitas estaban amontonadas en una bandeja, de cualquier manera..., unas blancas, mezcladas con otras de color, que de¬bían ser restos de juegos de Rockingham y Spode. Había también una barra de pan, dos tarros de mermelada y algunos pasteles baratos y de mal aspecto.
Una mujer de mediana edad y cabellos grises estaba sentada junto a la mesita del té, y la señora Serrocold la presentó, diciendo:
—Ésta es Mildred. Juana. Mi hija Mildred. No la has visto desde que era una niña muy chiquitína.
Mildred Strete era la persona más en consonancia con aquella casa que la señorita Marple pudo imaginar, no vista hasta entonces. Daba la impresión de ser muy seria y desgraciada. Se había casado cerca de los cuarenta con un pastor de la Iglesia Anglicana del que ahora era viuda. Tenía todo el aspecto de esa clase de viudas, respetable pero ligeramente aburrida. Era una mujer fea, de rostro grande e inexpresivo y mirada triste. La señorita Marple recordó que había sido una niña muy poco atractiva.
—Y éste es Wally Hudd..., el esposo de Gina.
Wally era un mocetón robusto con el pelo cortado como un cepillo y expresión huraña. Hizo una ligera inclinación de cabeza y siguió mascando un pedazo de pastel.
Entonces entró Gina acompañada de Esteban Restarick. Parecían muy animados.
—Gina ha tenido una idea magnífica para resolver ese fondo —dijo Esteban—. ¿Sabes, Gina, que tienes vocación para diseñar decorados?
Gina rió, al parecer muy complacida. Edgar Lawson, que acababa de entrar, fue a sentarse junto a Lewis Serrocold. Cuando Gina le dirigió la palabra, ni siquiera se dignó contestarle.
La señorita Marple encontró todo aquello algo des¬concertante y se alegró de poder ir a su cuarto para echarse un rato después del té.
A la hora de comer acudieron todavía más personas, un joven doctor llamado Maverick que era psiquiatra o psicólogo... La señorita Marple no sabía muy bien en qué consistía la diferencia... y cuya conversación, que se basaba casi enteramente en la jerga empleada en su profesión, le resultaba poco inteligible.
Había también dos jóvenes con lentes, encargados de la enseñanza y un tal señor Baumgarten, terapeuta, y tres tímidos jovenzuelos que eran los «huéspedes» de aquella semana. Uno de ellos rubio y con los ojos muy azules era, según le informó Gina en un susurro, el experto en «estafas».
La comida no fue precisamente muy apetitosa. Todo estaba guisado y servido de cualquier manera. Los comensales vestían de un modo muy diverso. La señorita Bellever llevaba un vestido negro de cuello alto; Mildred Strete uno de noche con una chaqueta de punto encima; Carrie Louise traje de lana gris... y Gina estaba resplandeciente con su atuendo campesino. Wally no se había mudado de ropa, ni tampoco Esteban Restarick. Edgar Lawson iba de azul oscuro, impecable. Lewis Serrocold de smoking. Comió muy poco y apenas parecía darse cuenta de lo que tenía en el plato.
Terminada la cena, Lewis Serrocold y el doctor Maverick fueron al despacho de este último. El terapeuta y los maestros se retiraron a la Residencia. Los tres «casos» volvieron al Colegio. Gina y Esteban al teatro para seguir discutiendo sobre la puesta en escena. Mildred se puso a tejer una labor interminable y la señorita Bellever a zurcir calcetines. Wally, sentado en una silla que inclinó hacia atrás, contemplaba el espacio. Carrie Louise y la señorita Marple charlaban de los viejos tiempos. La conversación parecía absurda e irreal.
Edgar Lawson daba la impresión de no saber qué hacer. Se sentaba y se levantaba inquieto.
—Me pregunto si no debiera ir a ver al señor Serrocold —dijo en tono bastante fuerte—. Es posible que me necesite.
Carrie Louise le dijo con amabilidad:
—Oh, no creo. Esta noche tiene que tratar una o dos cosas con el doctor Maverick.
— ¡Entonces no iré, desde luego! Ni en sueños quisiera ir donde no me necesitan. Bastante tiempo he perdido yendo a la estación, cuando la señora Hudd tenía intención de hacerlo.
—Debió habérselo dicho —repuso Carrie Louise—. Pero creo que lo decidió a última hora.
— ¿No comprende, señora Serrocold, que me ha hecho quedar en ridículo? ¡Como si yo fuera un tonto de remate!
—No, no —le sonrió Carrie Louise—. No debe tener esas ideas.
—Sé que no se me necesita, ni se desea mi presencia... Me doy perfecta cuenta. Si las cosas hubieran sido distintas..., si hubiese tenido un verdadero puesto en la vida, sería diferente. Muy distinto, desde luego. No es culpa mía el no haberlo tenido.
—Vamos, Edgar —insistió la anciana—; no se enfade por tan poca cosa. Juana le considera muy amable por haber ido a buscarla. Gina siempre tiene esos impulsos repentinos... No tuvo intención de molestarle.
—Oh, ya lo creo que sí. Lo hizo a propósito... para humillarme...
—Oh, Edgar...
—Usted no sabe la mitad de lo que ocurre, señora Serrocold. Bueno, por hoy no digo más que ¡buenas noches!
Edgar salió de la habitación, cerrando la puerta de golpe.
La señorita Bellever comentó:
— ¡Qué modales!
—Es tan sensible —repuso Carrie Louise distraída.
—La verdad es que es un hombre odioso —dijo Mildred Strete haciendo tintinear las agujas de hacer punto—. No debías tolerar semejante comportamiento, madre.
—Levvis dice que no puede evitarlo.
—Todo el mundo puede evitar ser rudo —agregó Mildred con aspereza—. Claro que Gina tiene mucha culpa. Es tan atolondrada... No hace más que complicar las cosas. Un día anima al pobre chico y al siguiente le desaira. ¿Qué se puede esperar?
Wally Hudd habló por primera vez en toda la noche.
—Ese chico está chiflado. ¡Eso es lo que ocurre! ¡Completamente chiflado!
Aquella noche, en su dormitorio, la señorita Marple quiso revisar el estado de cosas de Stonygates, pero todavía se le presentaba demasiado confuso. Allí había diversas corrientes..., pero era imposible adivinar cuál de ellas causó inquietud a Ruth Van Rydock. No era de esperar que Carrie Louise se sintiera afectada por lo que ocurría a su alrededor. Esteban estaba enamorado de Gina, y Gina podía estarlo o no de Esteban. Walter Hudd era evidente que no estaba disfrutando. Eso son incidentes que pueden ocurrir y ocurren en todas partes y en todo momento. Por desgracia, no era nada excepcional. Suelen terminar en divorcio y todos vuelven a empezar de nuevo llenos de esperanza... hasta que vuelven a surgir complicaciones... Mildred Strete estaba celosa de Gina. Lo cual, según opinión de la señorita Marple, era muy natural.
Repasó en su mente lo que le dijera Ruth Van Rydock. Carrie Louise sintióse muy decepcionada al saber que no iba a tener hijos... Luego la adopción de Pippa... y más tarde el descubrir que después de todo iba a ser madre.
—Suele ocurrir —había dicho el médico—. Tal vez debido a que desaparece la tensión, y entonces la Naturaleza puede realizar su obra.
Pero ello no había perjudicado a la niña que habían adoptado. Gulbrandsen y su esposa adoraron a Pippa, ganándose ésta un firme puesto en sus corazones. Gulbrandsen era ya padre. La paternidad no era cosa nue¬va para él y los anhelos maternales de Carrie Louise se colmaron con Pippa.
Y así crecieron las dos niñas; una, bella y alegre; la otra, fea y tristona. Lo que era muy natural, volvió a pensar la señora Marple. Porque cuando se quiere adoptar una niña, se escoge la más bonita, y aunque Mildred pudo tener la suerte de parecerse a los Martin, de los que eran dignos ejemplares Ruth y Carrie Louise, la Naturaleza quiso que saliera a los Gulbrandsen, que eran grandotes, inexpresivos y decididamente feos.
A esto hay que agregar la determinación de Carrie Louise de que su hija adoptiva nunca se sintiera desplazada y para asegurarse en su propósito fue más que indulgente con Pippa y algunas veces poco justa con Mildred.
Una vez casada Pippa, marchó a Italia, y durante una temporada Mildred fue la única hija en aquella casa; fallecida Pippa, Carrie Louise llevó a su hijita a Stonygates, y una vez más Mildred se quedó a un lado. Luego su madre volvió a casarse... y entraron los hijos de Restarick. En 1934 Mildred contrajo matrimonio con el pastor Strete, que le llevaba quince años, yendo a vivir al sur de Inglaterra. Era de suponer que fueron felices..., pero eso, en realidad, se ignoraba. No tuvieron hijos. Y ahora estaba otra vez allí, en la casa en que se había criado. Y probablemente tampoco ahora era muy feliz.
Gina, Esteban, Wally, Mildred y la señorita Bellever, que deseaba poder llevar la casa con orden y era incapaz de lograrlo. Lewis Serrocold era completamente feliz; un soñador capaz de poner en práctica sus ideales. En ninguna de aquellas personas halló la señorita Marple lo que las palabras de Ruth hicieron creer que encontraría. Carrie Louise le parecía lejana a los acontecimientos terrenos... como lo estuvo toda la vida.
En aquel ambiente..., ¿qué fue lo que Ruth encontró extraño? ¿Y ella, Juana Marple, lo creía así también?
Había también otras personas en aquel torbellino... los terapeutas, los maestros, los jóvenes entusiastas e inofensivos, el doctor Maverick, los tres jóvenes delincuentes rubios de mirada inocente... y Edgar Lawson.
Y allí sus pensamientos se detuvieron y giraron alrededor de la figura de Edgar Lawson, antes de quedarse dormida. Aquel joven le recordaba algo...o alguien. Era un poco raro... tal vez más que un poco. Edgar Lawson estaba mal encajado..., ésa era la frase justa, ¿verdad? Pero seguramente no tenía relación con Carrie Louise.
Mentalmente, la señorita Marple meneó la cabeza.
Lo que la preocupaba era algo más que aquello.
YAROSLAV
 
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Зарегистрирован: Чт апр 22, 2010 1:49 pm

Re: Novela policíaca de Agatha Christie.

Сообщение YAROSLAV Ср июл 19, 2017 1:51 pm

CAPÍTULO V

Ala mañana siguiente, la señorita Marple salió al jardín eludiendo la compañía de su anfitriona. Su aspecto la desilusionó. En otros tiempos debió de haber sido un lugar muy bonito, con grandes grupos de rododendros, suaves declives de césped, arriates llenos de plantas y un seto recortado, rodeando una verdadera rosaleda. Ahora estaba abandonado, el césped sin cortar, los arriates llenos de hierbas entre las que crecían algunas flores y los senderos cubiertos de musgo y descuidados. En cambio, la huerta, rodeada de una pared de ladrillos rojos, aparecía próspera y bien arreglada, sin duda debido a su utilidad. Una gran porción de terreno, que antes estuvo cubierto de césped y flores, había sido convertido en pista de tenis y una bolera.
Al contemplar el abandono de los parterres, la señorita Marple hizo chasquear la lengua y arrancó de un tirón una planta de hierba cana.
Todavía con ella en la mano vio aparecer a Edgar Lawson. Al ver a la señorita Marple, se detuvo vacilante. Ella no tenía intención de dejarle escapar y le llamó en seguida. Cuando estuvo a su lado, le preguntó dónde guardaban las herramientas de jardinería.
Edgar contestó distraído que por allí encontraría al jardinero, que debía saberlo exactamente
—Es una pena ver este parterre tan descuidado —dijo la señorita Marple—. Me gustan tanto los jardines —y puesto que no tenía intención de que Edgar fuese en busca de las herramientas, agregó—: Es lo único que puede hacer una mujer anciana e inútil. No creo que usted se haya preocupado nunca por la jar¬dinería, señor Lawson. Tiene un trabajo tan importante, estando como está en un cargo de tanta responsabilidad junto al señor Serrocold... Debe de ser muy interesante.
Él repuso con animación inesperada:
—Sí..., sí..., es interesante.
—Y debe de resultar usted una gran ayuda para el señor Serrocold.
—No lo sé —su rostro ensombrecióse—. No estoy seguro..., es por lo que hay detrás de todo esto...
Se interrumpió y la señorita Marple le observó pensativa: Un joven abatido, de corta estatura, y vestido con un traje tan impecable. Un muchacho a quien pocas personas mirarían dos veces, ni habrían de recordar su aspecto.
Cerca había un banquito y la señorita Marple fue a sentarse. Edgar quedó de pie ante ella, con el entrecejo fruncido.
—Estoy segura de que el señor Serrocold descansa completamente en usted.
—No lo sé —repitió Edgar—. No lo sé, la verdad —casi sin darse cuenta, se sentó también en el ban-co—. Estoy en una posición difícil.
— ¿Sí?
El joven Edgar miraba fijamente al vacío:
—Esto es absolutamente confidencial —dijo de pronto.
—Desde luego —repuso la señorita Marple.
—Si pudiera hacer valer mis derechos...
—Sí.
—Puedo decirle... No se le escapará, ¿verdad?
—Oh, no.
—Mi padre..., mi padre es un hombre muy importante.
Esta vez no tuvo necesidad de decir nada. Limitóse a seguir escuchando.
—Nadie lo sabe, excepto el señor Serrocold. La posición de mi padre podría perjudicarse si la historia circulara por ahí —se volvió hacia ella, sonriendo. Una sonrisa digna y triste—. Soy hijo de Winston Churchill.
—Oh —repuso la señorita Marple—. Ya.
Recordaba otra historia bastante triste ocurrida en St. Mary Mead... y cómo terminó.
Edgar Lawson siguió hablando como si recitara una escena teatral.
—Existían ciertas razones. Mi madre no era libre. Su esposo estaba en un sanatorio..., no podía divorciarse..., ni hablar de matrimonio. No se lo reprocho. Por lo menos, eso creo... Él siempre hizo cuanto pudo. Claro que con discreción. Y ahí es donde han surgido complicaciones. Tiene enemigos... y también me odian a mí. Se las han arreglado para separarnos. Me vigilan. Me odian dondequiera que vaya. Y hacen que todo me salga mal.
La señorita Marple meneaba la cabeza lentamente, compadeciéndose.
—Dios mío, Dios mío —dijo.
—En Londres estuve estudiando Medicina. Intervi¬nieron en mis exámenes... y cambiaron mis respuestas para que fracasara. Me seguían por las calles. Le con¬taban cosas de mí a la patrona. Me persiguieron por todas partes.
—Oh, pero no puede tener la seguridad... —dijo la señorita Marple, tratando de consolarle.
— ¡Le digo que lo sé! Son muy listos. Nunca pude verlos ni descubrir su personalidad. Pero lo averiguaré... El señor Serrocold me sacó de Londres y me trajo aquí. Fue muy amable..., muy amable. Pero ni siquiera aquí estoy a salvo. También están aquí. Trabajando contra mí. Haciendo que los demás me aborrezcan. El señor Serrocold dice que no es cierto..., pero él no lo sabe. O de otro modo..., quisiera saber..., algunas veces he pensado...
Se interrumpió para ponerse en pie.
—Todo esto es confidencial. ¿Lo comprende, verdad? Pero si nota que alguien me sigue..., quiero decir..., espiándome, dígame quién es.
Y se alejó..., abatido, insignificante. La señorita Marple le miraba, preguntándose... Se oyó una voz.
—Tonterías. Sólo tonterías.
Walter Hudd estaba a su lado. Llevaba las manos metidas en los bolsillos y miró con el ceño fruncido la figura de Edgar que se alejaba.
La señorita Marple no dijo nada, y él prosiguió:
— ¿Qué opina de este muchacho..., Edgar? Dice que su padre es lord Montgomery. ¿Qué le parece? No lo creo probable por lo que he oído de él.
—No —repuso la señorita Marple—. No me parece muy probable.
—A Gina le dijo algo completamente distinto..., que era el heredero del trono de Rusia..., dijo que era hijo de no sé qué Gran Duque. Diablos, ¿es que ese chico no sabe quién fue su padre en realidad?
—Me figuro que no —repuso la anciana—. Ése es probablemente su caso.
Walter tomó asiento a su lado, dejando caer su cuerpo sobre el banco con gesto de abandono.
—Esto es una casa de locos.
— ¿No le agrada estar en Stonygates?
—Sencillamente, no encajo..., eso es todo. No encajo.
—Observe este lugar..., la casa..., todo este aparato. Esta gente es rica. No necesitan dinero..., lo tienen, y fíjese cómo viven. Porcelana china antigua mezclada con loza barata. No tienen servicio apropiado..., sólo una ayuda para las faenas más pesadas. Los tapices, cortinajes y el tapizado de las butacas, todo es raso y brocado que se cae a pedazos. Las grandes teteras de plata y todo lo que usted sabe... amarillas y empañadas por falta de limpieza. La señora Serrocold ni se preocupa. Fíjese en el vestido que llevaba ayer noche. Remendado bajo los brazos, casi roto... y, no obstante, podría ir a la tienda a encargar lo que quisiera. En Bond Street o donde sea. ¿Dinero? Nadan en la abundancia.
Hizo una pausa.
—Yo comprendo lo que es ser pobre. No hay nada malo en ello cuando se es joven, fuerte y dispuesto para el trabajo. Nunca tuve mucho dinero, pero sabía ganarme el que quería. Iba a abrir un garaje. Ya había puesto en ese negocio parte de la cantidad estipulada. Le hablé a Gina, me escuchó y pareció comprender. No sabía mucho de ella. Todas las chicas con uniforme parecen iguales. Quiero decir que, al verlas, no se sabe distinguir si tienen dinero o no. Creí que era algo más que yo, debido a la educación, pero no lo consideré importante. Nos queríamos y nos casamos. Yo tenía algo de pasta y Gina también, según me dijo, íbamos a montar una gasolinera en la parte de atrás de la casa... Gina estaba dispuesta. Éramos una pareja alocada... Estábamos locos el uno por el otro. Entonces esa tía de Gina comenzó a complicar las cosas... Y Gina quiso venir a Inglaterra a ver a su abuela. Bien, me pareció justo. Era su casa, y de todas maneras yo también sentía curiosidad por conocer este país. ¡Había oído hablar tanto de él! Así que nos vinimos. Sólo por una temporada... Eso es lo que yo creí.
Su ceño acentuóse todavía más.
—Pero no ha sido así. Estamos metidos en esta loca empresa. ¿Por qué no nos quedamos aquí...? ¿Fundamos nuestro hogar aquí...?, eso es lo que dicen. Tienen mucho trabajo para mí. ¡Trabajo! Yo no creo que sea trabajar dar azúcar a gángsters jóvenes y jugar con ellos a esos juegos infantiles... ¿Qué sentido tiene? Este lugar podría estar bien..., verdaderamente bien. ¿Es que la gente que tiene dinero no comprende lo afortunados que son? ¿No se dan cuenta de que no todo el mundo puede tener un lugar como éste, y que ellos lo tienen? ¿No es una locura despreciar la suerte cuando uno la tiene? A mí no me importa trabajar si tengo que hacerlo, pero trabajaré como me guste y en lo que me guste... y será en otra parte. Este lugar me hace sentir como preso en una tela de araña. Y Gina..., no puedo sacarla de aquí. No es la misma que se casó conmigo en los Estados Unidos. No puedo..., ahora no puedo hablarle siquiera para expresarle mis proyectos. ¡Oh, maldito sea!
La señorita Marple dijo con simpatía:
—Comprendo muy bien su punto de vista.
Wally le dirigió una rápida mirada.
—Es usted la única persona a quien le he hablado así. La mayor parte del tiempo estoy callado como una tumba. No sé por qué..., usted es inglesa, verdaderamente inglesa..., pero en cierto modo me recuerda a mi tía Betsy.
—Esto es muy halagador.
—Es muy sensata —continuó Wally, pensativo—. Pa¬rece tan frágil, como si uno pudiera partirla en dos, pero es muy entera... Sí, señor; vaya si lo es.
Se levantó.
—Siento haberle hablado así —se disculpó, y por primera vez le vio sonreír. Su sonrisa era muy atracti-va, y le transformaba en un hombre guapo y simpático—. Será que necesitaba desahogarme. Lo siento sinceramente que le haya tocado a usted.
Por un momento entretuvo su imaginación con el recuerdo del moderno escritor Raymond West. Un contraste tan grande que Walter Hudd no podía ni siquiera imaginar.
—Ahí le llega otra compañía —dijo Walter—. A esa señora no le resulto agradable. Por eso me marcho. Hasta luego. Gracias por haberme escuchado.
Echó a andar, y la señorita Marple miró a Mildred Strete que se acercaba hollando el césped.
—Ya veo que ha tenido que soportar a ese terrible joven —dijo la señora Strete, que llegaba casi sin aliento, al sentarse en el banco—. Es una tragedia.
— ¿Una tragedia?
—Sí, el matrimonio de Gina. Y todo por haberla en¬viado a América. Ya le dije entonces a mi madre que era un disparate. Apenas tuvimos incursiones aéreas. Me desagrada la manera como las personas se desmoralizan pensando en lo que pueda ocurrirles a sus fa¬miliares..., a menudo a ellos mismos.
—Debió de ser difícil saber qué sería más acertado —repuso la señorita Marple—. Me refiero a los niños. Con la amenaza de una posible invasión, pudo haber significado el que crecieran bajo el régimen alemán..., además del peligro de las bombas.
—Tonterías —dijo la señorita Strete—. Nunca tuve la menor duda de que ganaríamos. Pero mi madre siempre fue poco razonable cuando se trataba de Gina; ha esta¬do malcriada y consentida en todos los aspectos. En primer lugar, no había necesidad de haberla sacado de Italia.
—Tengo entendido que su padre no hizo objeción alguna.
— ¡Oh, San Severiano! Ya sabe cómo son los italianos. Para ellos lo único importante es el dinero. Se casó con Pippa por su dinero, naturalmente.
— ¡Dios mío! Siempre creí que estaba muy enamorado de ella y que a su muerte quedó inconsolable.
—Sin duda lo fingiría. No puedo comprender cómo mi madre pudo consentir que se casara con un extranjero. Me figuro que sólo por el afán de los americanos de poseer un título.
La anciana dijo tímidamente:
—Siempre he creído que mi querida Carrie Louise vivía un poco en las nubes.
— ¡Oh, lo sé! No puedo soportarlo. Sus manías, extravagancias y proyectos idealistas. No tiene usted idea, tía Juana, de lo que eso significa. Naturalmente, yo puedo hablar con conocimiento de causa. He crecido en medio de todo esto.
A la señorita Marple le chocó un tanto oírse llamar «tía Juana», Claro que en todos los regalos que enviara para las niñas de Carrie Louise siempre puso: «De tía Juana, con cariño», y cuando pensaran en ella, es lógico que lo hicieran llamándola «tía Juana», aunque no era probable que fuese muy a menudo.
—Debe de haber tenido... una infancia difícil.
Mildred volvió los ojos agradecidos hacia ella.
—Oh, me alegra que alguien sea capaz de darse cuenta, la gente no comprende los sentimientos de las criaturas. Pippa, ya sabe, era la más bonita, y también la mayor. Siempre era ella la que acaparaba toda la atención. Papá y mamá la animaban continuamente... y no es que necesitara que la animasen. Yo era tímida... Pippa no sabía lo que era eso... Una niña puede sufrir mucho, tía Juana.
—Ya lo sé —repuso la anciana.
—«Mildred es tan tonta», solía decir Pippa. Pero yo era más pequeña que ella. Y es muy desagradable para una niña que su hermana esté siempre contra ella y también la gente. «Qué niña tan mona», le decían a mamá. Nunca se fijaban en mí. Y era con ella con quien papá solía jugar y reír. Alguien debía haberse dado cuenta de lo duro que me resultaba el que todas las atenciones fuesen para ella. No era lo bastante mayor para darme cuenta de que es el carácter lo que importa principalmente.
Le temblaban los labios; se rehizo y continuó:
—Y no era justo..., nada justo... Yo era su verdadera hija. Pippa había sido adoptada. Yo era la heredera de la casa..., ella no era nadie.
—Probablemente fueron demasiado indulgentes con ella por esta causa —dijo la señorita Marple.
—La preferían a ella. Una niña a quien sus propios padres no quisieron... y probablemente ilegítima.
Prosiguió:
—Se ve en Gina. Tiene mala sangre. Lewis puede tener las teorías que quiera sobre el medio ambiente. La mala sangre no puede ocultarse. Fíjese en Gina.
—Gina es una muchacha encantadora —repuso la señorita Marple.
—Pero, en cambio, su comportamiento... Todo el mundo, menos mi madre, se da cuenta de cómo trata a Esteban Restarick. Es de mal gusto. Admito que ha hecho una boda desgraciada, pero el matrimonio es el matrimonio, y una debe estar preparada para sobrellevarlo. Al fin y al cabo, ella fue quien escogió a ese terrible muchacho.
— ¿Es tan terrible?
— ¡Querida tía Juana! A mí me da la impresión de un gángster. Es tan arisco y rudo. Apenas abre la boca. Siempre se muestra disgustado y grosero.
—Me parece que no es feliz —aventuró la señorita Marple.
—No sé por qué no había de serlo..., quiero decir, aparte del comportamiento de Gina. Aquí se ha hecho por él cuanto se ha podido. Lewis le ha indicado varias maneras para que tratase de resultar útil... Pero él prefiere remolonear por ahí, sin hacer nada.
Cambió de tono:
—Oh, este lugar es imposible..., completamente im¬posible. Lewis sólo piensa en esos terribles criminales, y mamá sólo en él. Todo lo que Lewis hace, está bien hecho. Mire en qué estado se halla el jardín..., los par¬terres..., esos hierbajos. Y la casa... donde nada se hace a derechas. Oh, ya sé que hoy día es difícil llevar una casa, pero puede conseguirse. Y es que además de cortos de dinero, nadie se preocupa. Si fuera mi casa...
Se detuvo.
—Me temo que todos tenemos que enfrentarnos con el hecho de que las condiciones son distintas. Estos grandes caserones son un grave problema. Debió ser triste para usted encontrarlo tan cambiado a su vuelta. ¿De veras prefiere vivir aquí... que en casa propia?
Mildred Strete enrojeció.
—Al fin y al cabo, es mi hogar. La casa que fue de mi padre. Eso nadie puede cambiarlo. Tengo derecho a estar aquí, si quiero, y quiero. ¡Si mi madre no fuera tan imposible! Ni siquiera se viste de un modo adecuado. Eso le preocupa mucho a Jolly,
—Iba a preguntarle por ella.
—Es un descanso tenerla aquí. Adora a mi madre. Hace mucho tiempo que está con ella..., vino en tiempos de Juan Restarick. Y creo que estuvo magnífica cuando ocurrió aquel desgraciado asunto. Supongo que habrá oído decir que se fugó con aquella yugoslava..., una mujer de lo más bajo. Creo que tenía muchos amantes. Mi madre se portó con mucha dignidad y se divorció con el menor alboroto posible. Incluso llegó a consentir que los hijos de Restarick pasaran aquí sus vacaciones, cosa innecesaria, pues pudo arreglarse de otra manera. Claro que era imposible dejarles con su padre y esa mujer. El caso es que los tuvo aquí... y la señorita Bellever se ocupó de todo y fue la torre de la fortaleza. Algunas veces pienso que ella hace que mi madre sea incluso más apagada de lo que es, al hacer todas las cosas; pero la verdad, no sé qué se haría sin ella.
Hizo una pausa y exclamó con cierta sorpresa:
—Aquí está Lewis. ¡Qué extraño! Rara vez sale al jardín.
El señor Serrocold se acercaba con aquel aire ausente con que hacía todas las cosas. Pareció no percatarse de la presencia de Mildred, puesto que era la señorita Marple quien estaba en su mente.
—Lo siento mucho —le dijo—. Quería haberla acompañado yo mismo a visitar todas nuestras instalaciones. Carolina me lo había pedido. Por desgracia tengo que ir a Liverpool. Es por ese muchacho empleado en ferroca¬rriles que quita los paquetes de la oficina. Pero Maverick la acompañará. Estará aquí dentro de unos minutos. Yo no regresaré hasta pasado mañana. Será espléndido si logramos que no vuelva a las andadas.
Mildred Strete se levantó para marcharse. Lewis Serrocold ni siquiera se dio cuenta de su marcha. Sus ojos inquietos miraban a la señorita Marple a través de los gruesos cristales de sus lentes.
— ¿Sabe? —le dijo—. Los jueces casi siempre se equivocan. Algunas veces son demasiado severos, y otras demasiado indulgentes. Si les condenan a unos meses de encierro no les sirve de escarmiento..., incluso les parece divertido. Se jactan de ello ante sus amigos, pero una sentencia severa a menudo les hace volver a la realidad. Comprenden que el juego no merece la pena. O a veces es mejor encarcelarlos. Una enseñanza correctiva... reconstructiva como la que nosotros damos aquí...
La señorita Marple le interrumpió:
—Señor Serrocold. ¿Está usted completamente satisfecho del joven Lawson? ¿E... es del todo normal?
Una expresión de disgusto apareció en el rostro de Lewis Serrocold.
—Espero que no vuelva a recaer. ¿Qué le ha estado diciendo?
—Que era hijo de Winston Churchill...
—Claro, claro. Lo de siempre. El pobre chico es hijo ilegítimo como es probable que ya haya adivinado, y de origen muy humilde. Me recomendó su caso una Sociedad de Londres. Había asaltado a un hombre en plena calle, porque dijo que le espiaba. Los síntomas clásicos... El doctor Maverick se lo explicará. Me enteré de su historia. Su madre era de la clase baja, pero de una respetable familia de Plymouth. Su padre, un marinero... Ella ni siquiera sabe su nombre... El niño creció en circunstancias difíciles... y comenzó a imaginarse cosas de su padre y más tarde de sí mismo. Se vestía de uniforme con condecoraciones que no tenía derecho a usar..., todo muy típico. Pero el diagnóstico de Maverick es favorable si conseguimos infundirle confianza en sí mismo. Le he dado un cargo de responsabilidad, tratando de hacerle comprender que no es el origen lo que importa si no el hombre. Traté de infundirle confianza en su propia habilidad. Ha mejorado notablemente. Estaba muy contento con él..., y ahora dice usted que...
Meneó la cabeza.
— ¿No puede resultar peligroso, señor Serrocold?
— ¿Peligroso? No creo que haya mostrado tendencias suicidas,
—No pensaba en el suicidio. Me habló de enemigos... que le perseguían. ¿No es esa... perdóneme... una señal peligrosa?
—No creo que haya llegado a ese grado. Pero hablaré con Maverick. Hasta ahora tenía muchas esperanzas... muchísimas.
Miró su reloj.
—Tengo que marcharme. Ah, aquí viene nuestra querida Jolly. Ella se ocupará de usted.
La señorita Bellever anunció su llegada:
—El coche está en la puerta, señor Serrocold. El doctor Maverick me telefoneó desde el Instituto. Dijo que acompañara a la señorita Marple hasta allí. Él nos esperará en la entrada.
—Gracias. Debo irme. ¿Y mi cartera?
—En el coche, señor.
Lewis Serrocold marchóse apresuradamente. Mirán¬dole alejarse, la señorita Bellever dijo:
—Cualquier día caerá muerto. El no descansar va contra la naturaleza. Sólo duerme cuatro horas cada noche.
—Está muy enamorado de su trabajo —dijo la señorita Marple.
—No piensa en otra cosa —repuso Julieta Bellever con aspereza—. Nunca se preocupa de su mujer o en dedicarle alguna atención. Ella es una criatura muy dulce, usted ya lo sabe, señorita Marple, y debiera merecer amor y atención. Pero aquí nada cuenta o importa más que ese escuadrón de niños y jovencitos que quieren vivir fácilmente y sin escrúpulos, y a quienes no les agrada la idea de trabajar de firme. ¿Y quién se ocupa de los niños de las casas honradas? ¿Por qué no se hace algo por ellos? La honradez no resulta interesante para los maniáticos como el señor Serracold, el doctor Maverick y todo ese hatajo de sentimentalistas a medio cocer que tenemos aquí. Mis hermanos y yo fuimos educados de modo más duro, sin que nos valieran lamentaciones. Blando, ¡es eso lo que es el mundo hoy día!
Acabaron de atravesar el jardín y pasaron junto a una empalizada hasta llegar al arco abierto en la mis-ma que Eric Gulbrandsen erigiera como entrada de su Colegio, un edificio horrible y macizo de ladrillos rojos.
El doctor Maverick salió a recibirlas con un aspec¬to bastante anormal, según opinión de la señorita Marple.
—Gracias, señorita Bellever —dijo—. Ahora, señorita..., er..., oh, sí, señorita Marple..., estoy seguro que le va a interesar lo que se viene haciendo aquí. Nuestro espléndido acercamiento a este gran problema. El señor Serrocold es un hombre de gran visión interior. Y a nuestras espaldas tenemos a sir John Stillvell..., mi antiguo jefe. Estuvo en el Ministerio de Asuntos Interiores hasta que se retiró y su influencia hizo inclinar la balanza para que pudiéramos comenzar. Éste es un problema médico..., eso es lo que hay que hacer comprender a las autoridades. La psiquiatría se impuso durante la guerra. Lo único bueno que salió de ella... Ahora, antes que nada, quiero que vea nuestro acercamiento inicial al problema. Mire ahí arriba.
La señorita Marple leyó las letras talladas en el gran arco de la entrada:

TODOS LOS QUE ENTRAN AQUÍ, RECOBRAN LA ESPERANZA

— ¿No es espléndido? Es la nota adecuada para el primer acorde. No les reñimos... ni les castigamos. Eso es lo que los estropea la mitad de las veces..., el cas¬tigo. Nosotros queremos hacerles sentir que son sujetos agradables.
— ¿Cómo Edgar Lawson? —dijo la señorita Marple.
—Un caso interesante. ¿Ha hablado con él?
—Ha estado él conmigo —repuso la solterona, agregando con humildad—: Me pregunto si no es posible que esté un poco perturbado.
El doctor Maverick rió alegremente.
—Todos lo estamos un poco, querida señora —dijo mientras penetraban en el edificio—. Ése es el secreto de la existencia: Todos tenemos algo de locos.

CAPÍTULO VI

En conjunto fue un día bastante agotador. La señorita Marple pensó que hasta el más sano entusiasmo puede resultar molesto. Sentíase ligeramente descontenta consigo misma y sus reacciones. Allí ocurría algo... o tal vez varias cosas, y no obstante no pudo formarse una idea clara de lo que era. Su vaga inquietud se centraba en la patética, pero incongruente personalidad de Edgar Lawson. Si consiguiera encontrar mentalmente la verdadera pista de to¬do lo...
De un modo concienzudo fue descartando al señor Selkidk (del camión de repartos), al distraído cartero, al jardinero que trabajaba el lunes de Pascua.
Algo que no lograba precisar debía ocurrirle a Edgar Lawson..., algo que estaba fuera de los hechos señalados y observados. Más, fuera lo que fuese, ¿de qué modo podía afectar a su amiga Carrie Louise? En las confusas vidas que se desarrollan en Stonygates, los deseos y preocupaciones de todos sus habitantes chocaban unos con otros, pero ninguno (por lo que alcanzaba a ver) rozaba siquiera a Carrie Louise.
Carrie Louise... De pronto se dio cuenta de que era la única que la llamaba así, excepto la ausente Ruth, que también utilizaba la misma denominación. Para su esposo, era Carolina. Cara, para la señorita Bellever. Esteban Restarick solía dirigirse a ella llamándola Madonna. Wally la nombrada señora Serrocold, y Gina, abuelita.
¿Había tal vez alguna significación en los diversos nombres de Carolina Louise Serrocold? ¿Era para todos ellos un símbolo y no un ser real?
Cuando a la mañana siguiente, Carrie Louise, arrastrando un poco los pies al caminar, fue al jardín a sentarse junto a su amiga y le preguntó en qué estaba pensando, la señorita Marple replicó sin vacilar:
—En ti, Carrie Louise.
— ¿Por qué en mí?
—Dime la verdad..., ¿hay algo que te preocupe?
— ¿Que me preocupe? —la otra anciana levantó sus ojos claros—. Pero, Juana, ¿qué es lo que iba a preocu¬parme?
—Bien, la mayoría de nosotros tenemos preocupaciones. Yo también las tengo. Tonterías, ¿sabes? El tener que remendar la ropa..., no poder conseguir azúcar candi para hacer mi campota. Oh, montones de insignificancias... Parece extraño que tú no tengas ninguna.
—Sí, me figuro que debo tenerlas —repuso la señora Serrocold—. Lewis trabaja demasiado. Esteban se olvida de comer, siempre esclavo del teatro, y Gina es demasiado irreflexiva..., pero nunca fui capaz de cambiar a las personas... Así que, ¿qué iba a sacar preocupándome?
—Mildred no es muy feliz, ¿verdad?
—Oh, no. Mildred nunca fue feliz. Ni siquiera de niña. Al revés que Pippa, que siempre estaba radiante.
—Es posible —insinuó la señorita Marple— que Mildred tenga motivos para no serlo.
Carrie Louise repuso con calma:
— ¿Porque es celosa? Sí, no diré que no. Pero las personas, en realidad, no necesitan una causa para sentir como sienten. Son así. ¿No te parece, Juana?
La señorita Marple pensó unos breves instantes en una tal señorita Moncrieff, esclava de su madre inválida. La pobre quería viajar y ver mundo. St. Mary Mead, de un modo discreto, se había alegrado cuando la señora Moncrieff descansó en el cementerio, y su hija, con una bonita aunque reducida renta, se vio al fin libre. En su viaje no fue más allá de Hyeres, pues al hacer una visita a «una de las viejas amigas de su madre», le dio lástima verla tan melancólica, y dejando su viaje, canceló las reservas de billetes y habitaciones y se quedó en aquel pueblo para ser explotada, trabajando como una negra, y para soñar una vez más con las delicias de horizontes más amplios.
La señorita Marple dijo:
—Me figuro que tienes razón, Carrie Louise.
—Claro que el verme libre de preocupaciones se lo debo en parte a Jolly. Mi querida Jolly. Vino cuando Juan y yo acabábamos de casarnos. Cuida de mí como si yo fuese una niña que no supiera valerme. Se cuida de todo. A veces me siento un poco avergonzada, Creo sinceramente que sería capaz de matar a alguien por mí, Juana. ¿No te parece terrible decir una cosa así?
—Te aprecia mucho, ésa es la verdad —convino la solterona.
—Se pone furiosa. —La señora Serrocold dejó oír su risa cristalina—. Quisiera que llevara siempre ves-tidos preciosos, y que me rodease de lujos. Cree que todo el mundo debiera considerarme en primer lugar. Es la única persona a quien no impresiona en absoluto el entusiasmo de Lewis. Según ella, todos esos muchachos son criminales y no vale la pena molestarse por ellos. Considera este lugar demasiado húmedo y perjudicial para mi reuma, y cree que debiera irme a Egipto o a algún sitio cálido y seco.
— ¿Sufres mucho por causa del reuma?
—Últimamente he empeorado bastante. Me cuesta gran trabajo andar, y siento fuertes calambres en las piernas. Oh, bueno... —de nuevo brilló su encantadora sonrisa—. Son cosas de la edad.
La señorita Bellever corrió a su encuentro.
—Un telegrama, Cara, acaban de darlo por teléfono.

Llegaré esta tarde, Christian Gulbrandsen.

— ¿Christian? —Carrie Louise pareció sorprendida en gran manera—. No sabía que estuviera en Inglaterra.
—Le pondremos en la habitación de roble, me figuro.
—Sí, desde luego, Jolly. Así no subirá escaleras.
La señorita Bellever hizo un gesto de asentimiento y regresó a la casa.
—Christian Gulbrandsen es mi hijastro —explicó Ca¬rrie Louise—. Es el hijo mayor de Eric. Tiene dos años más que yo. Es uno de los socios del Instituto..., el más importante. Es lástima que Lewis se haya marchado. Christian no acostumbra pasar aquí más de una noche. Es un hombre ocupadísimo. Y aquí estoy segura de que tendrán muchos asuntos que discutir.
Christian Gulbrandsen llegó aquella tarde, a tiempo de tomar el té. Era un hombre robusto y corpulento, con un modo de hablar lento y metódico. Saludó a Carrie Louise con todo afecto.
— ¿Y cómo está la pequeña Carrie Louise? No has envejecido ni un día... ni siquiera un día.
Con las manos puestas sobre los hombros la contempló unos instantes sonriente hasta que le tiraron de la manga.
—Ah —se volvió—, ¡pero si es Mildred! ¿Cómo estás, Mildred?
—La verdad es que últimamente no me he encontrado muy bien.
—Malo. Malo.
Había una gran semejanza entre Christian Gulbrandsen y su hermanastra Mildred. Se llevaban casi treinta años de diferencia y podían haberlos tomado por padre e hija. Ella parecía muy contenta con su llegada. Estaba sonrosada y habladora, y durante todo el día estuvo nombrando a «mi hermano Christian», «mi hermano, el señor Gulbrandsen».
— ¿Y cómo está la pequeña Gina? — preguntó vol¬viéndose a la joven—. ¿Por lo visto, sigues viviendo aquí con tu marido?
—Sí. Los hemos instalado aquí, ¿no es cierto, Wally?
—Eso parece —repuso el aludido.
Los menudos ojos de Gulbrandsen parecieron ob¬servar a Wally con interés. Wally, como de costumbre, mostróse huraño y poco agradable.
—Vuelvo a estar con toda la familia —dijo Gulbrand¬sen.
Su voz quiso tener un tono jovial..., pero según pudo observar la señorita Marple, no debía de sentirse contento precisamente. Una mueca contraía sus labios y su aspecto denotaba preocupación.
Una vez presentado a la señorita Marple, le dirigió una larga mirada analítica.
—Ignoraba que estuvieses en Inglaterra, Christian —le dijo la señora Serrocold.
—Vine de improviso.
—Es una lástima que Lewis se haya marchado. ¿Cuánto tiempo puedes quedarte?
—Tenía intención de irme mañana. ¿Cuándo volverá?
—Mañana por la tarde o por la noche.
—Pues tendré que quedarme una noche más.
—Si nos lo hubieras avisado...
—Mi querida Carrie Louise, ya sabes que no puedo decidir mis cosas con anticipación.
— ¿Te quedarás para ver a Lewis?
—Sí, necesito verle.
La señorita Bellever informó a Juana Marple:
—El señor Serrocold y el señor Gulbrandsen son socios del mismo Instituto. También lo son el obispo de Cromer y el señor Gilroy.
Era de presumir que Christian Gulbrandsen había acudido a Stonygates para resolver algún asunto concerniente al Instituto Gulbrandsen. Y al parecer eso era lo que todos suponían. Y sin embargo la señorita Marple no dejaba de hacer cábalas.
Cuando Carrie Louise no se daba cuenta el anciano le dirigía miradas preocupadas... que intrigaron a miss Marple. Y también, a hurtadillas, observó a todos con insistencia, cosa que le pareció bastante rara.
Con mucho tacto eludió la señorita Marple la compañía de los demás, y después del té se fue a la biblioteca, pero ante su asombro, cuando ya se había instalado para hacer labor, Christian Gulbrandsen vino a sentarse a su lado.
—Creo que es usted una antigua amiga de nuestra querida Carrie Lousie —le dijo—. Hace años, ¿eh?
—Fuimos juntas al colegio en Italia, señor Gulbrand¬sen. Hace muchos, muchísimos años.
—Ah, sí. ¿Y la quiere mucho?
—Ya lo creo —repuso la señorita Marple con calor.
—Entonces, como todo el mundo. Sí, lo creo since¬ramente y debe ser así, pues es una personita bonísima y encantadora. Desde que mi padre se casó con ella mis hermanos y yo la hemos querido mucho. Siempre fue para nosotros como una hermana querida. Fue una esposa fiel para mi padre y leal con todas sus ideas. Nunca pensó en sí misma, sino que primero se interesó por el bienestar de los demás.
—Siempre ha sido una idealista —dijo la solterona.
— ¿Una idealista? Sí, eso es. Y además, es posible que no se dé cuenta del mal que existe en el mundo.
La señorita Marple le miró sorprendida, viendo su rostro preocupado.
—Dígame —le preguntó Christian Gulbrandsen—. ¿Cómo está su salud?
La anciana volvió a sorprenderse.
—A mí me parece que está bien... aparte de su artritismo... y el reuma.
— ¿Reuma? Sí. ¿Y el corazón? ¿Lo tiene bien?
—Que yo sepa, sí —la señorita Marple no salía de su asombro—. Pero hasta ayer hacía muchos años que no la veía. Si desea conocer su estado de salud, puede preguntar a alguien de la casa. Por ejemplo, a la señorita Bellever.
—La señorita Bellever... Sí, a la señorita Bellever o a Mildred.
—Eso mismo, o a Mildred.
La señorita Marple sentíase ligeramente violenta.
Christian Gulbrandsen la miraba fijamente.
—Uno diría que no existe gran simpatía entre la madre y la hija, ¿no es cierto?
—Sí, creo que es así.
—Estoy de acuerdo con usted. Es una pena... su única hija, pero ahí la tiene. Y esa señorita Bellever, ¿cree usted que la aprecia realmente?
—Muchísimo.
— ¿Y Carrie Louise confía en la señorita Bellever?
—Eso creo.
Christian Gulbrandsen tenía el ceño fruncido, y habló más para sí que para la señorita Marple.
—Luego está la pequeña Gina..., pero es demasiado joven. Es difícil... —se interrumpió—. Algunas veces es difícil saber qué es lo mejor que puede hacerse. Deseo con toda el alma actuar de un modo conveniente. Tengo particular interés en que no le ocurra ningún mal, ni desgracia a esa querida dama. Pero no es fácil, nada fácil.
—Oh, estás aquí, Christian. Nos preguntábamos dónde podías estar. El doctor Maverick desea saber si quieres tratar algún asunto con él.
—¿Está aquí de nuevo el doctor? No, esperaré a que vuelva Lewis.
—Aguarda en el despacho de Lewis. ¿Quieres que le diga...?
—Hablaré yo mismo con él.
Y Gulbrandsen abandonó la habitación. Mildred le vio marchar y luego se volvió a la señorita Marple.
—Me pregunto si ocurrirá algo de particular. Chris¬tian está muy cambiado... ¿Le ha dicho algo... grave?
—Sólo me preguntó por la salud de su madre.
— ¿Su salud? ¿Por qué habría de preguntárselo a usted?
Mildred habló con aspereza, mientras su rostro alargado enrojecía.
—La verdad, no lo sé.
—La salud de mamá es perfecta. Sorprendente para una mujer de sus años. Mucho mejor que la mía, hasta ahora —hizo una pausa antes de agregar—: Espero que se lo diría.
—La verdad, yo no sé nada de esto. Me preguntó por su corazón.
— ¿Su corazón?
—Sí.
—Mi madre no padece del corazón. ¡En absoluto!
—Me alegra mucho saberlo, querida.
— ¿Qué extraña idea se le habrá metido en la cabeza a Christian?
—Lo ignoro —repuso la señorita Marple.

CAPÍTULO VII

El día siguiente transcurrió sin novedad aunque, no obstante, y según la señorita Marple, notábase una cierta tensión. Christian Gulbrandsen pasó la mañana en el Instituto, discutiendo con el doctor Maverick los resultados generales de su método. A primera hora de la tarde le llevó Gina a dar un paseo en automóvil, y luego pudo notar que insistía para que la señora Bellever le enseñase los jardines. Al parecer fue un pretexto para quedarse a solas con aquella arisca mujer. Y, sin embargo, si la visita de Christian Gulbrandsen era puramente por cuestión de negocios, ¿por qué deseaba la compañía de la señorita Bellever, que sólo se ocupaba de la parte doméstica de Stonygates?
Pero en todo eso la señorita Marple tenía que confesarse que se dejaba llevar por su imaginación. El único incidente real de aquel día se registró a eso de las cuatro de la tarde. Juana Marple había salido al jardín con idea de dar un paseo hasta la hora del té. Dando la vuelta a un grupo de rododendros se presentó Edgar Lawson, mascullando algo entre dientes, y casi tropieza con ella.
—Le ruego que me perdone —le dijo apresurada¬mente, pero la expresión de sus ojos sobresaltó a la anciana.
— ¿Se encuentra usted bien, señor Lawson?
— ¿Bien? ¿Por qué había de sentirme bien? He sufrido un golpe terrible... terrible...
— ¿Qué clase de golpe?
El joven le dirigió una mirada furtiva, mirando luego inquieto a su alrededor, cosa que acrecentó el temor de la señorita Marple.
— ¿Debo decírselo? —la miró vacilante—. No lo sé. La verdad, no lo sé. Me espían constantemente, me parece...
La anciana, tomando una determinación, le cogió del brazo con fuerza.
—Si seguimos ese sendero... Aquí, ahora... Aquí no hay arbustos ni árboles a nuestro alrededor. Nadie puede oírnos.
—No... Tiene usted razón —exhaló un profundo suspiro, inclinó la cabeza y su voz fue casi un susurro—. He hecho un descubrimiento. Un terrible descubrimiento.
— ¿Qué descubrimiento?
Edgar Lawson comenzó a temblar. Casi lloraba.
— ¡Haber confiado en alguien! Haber creído... y todo eran mentiras... todo mentiras... para evitar que descubrieran la verdad. No puedo soportarlo. Es demasiada maldad. Era la única persona en quien confiaba, y ahora he descubierto que todo el tiempo estaba engañándome. Él es mi enemigo. Es él quien me hacía seguir y espiar. Pero no podrá seguir haciéndolo. Le diré que sé lo que han estado haciendo.
— ¿Quién es él? —quiso saber la señorita Marple.
Edgar Lawson se irguió cuanto le fue posible. Pudo haber dado la sensación de dignidad y dramatismo, pero resultaba ridículo.
—Le estoy hablando de mi padre.
—El vizconde Montgomery... ¿O se refiere a Winston Churchill?
Edgar le dirigió una mirada de reproche.
—Me hicieron creer esto... para evitar que conociera la verdad. Pero un amigo me ha revelado la verdad y me ha hecho ver que he sido totalmente engañado. Bien, ¡mi padre tendrá que habérselas conmigo! ¡Le arrojaré a la cara sus mentiras! Veremos lo que dice a esto.
E interrumpiéndose de improviso, echó a correr desesperadamente.
Con expresión preocupada, la anciana regresó a la casa.
«Aquí todos estamos un poco locos», le había dicho el doctor Maverick.
Pero el caso de Edgar le pareció muy categórico.

Lewis Serrocold regresó a las seis y media. Detuvo su automóvil ante la puerta de la verja, y anduvo has¬ta la casa a través del parque. Desde la ventana de su habitación la señorita Marple pudo ver a Christian Gulbrandsen que salía a su encuentro. Los dos hombres, después de saludarse, comenzaron a pasear de un lado a otro de la terraza.
La señorita Marple había llevado sus prismáticos en prevención y creyó llegado el momento de utilizarlos. ¿Habían revoloteado unos verderones en las copas de aquellos árboles?
Antes de alzar los gemelos pudo comprobar que los dos hombres parecían seriamente preocupados. La señorita Marple los enfocó a lo lejos. Si alguno de ellos miraba hacia arriba, hubiera creído que algún pájaro ocupaba su atención. De vez en cuando llegaban hasta ella fragmentos de la conversación.
—«...cómo evitar que lo sepa Carrie Louise...» —decía Gulbrandsen.
Cuando volvieron a pasar bajo la ventana, era Lewis Serrocold quien hablaba.
—...«si pudiéramos evitárselo. Estoy de acuerdo contigo... es ella a quien debemos considerar ante todo...»
Otras frases sueltas llegaron hasta miss Marple.
—...«realmente serio...», «...no es justificable...>, «...una responsabilidad demasiado grande...», «tal vez fuese necesario pedir consejo...»
Al fin oyó a Christian Gulbrandsen.
— ¡Atchis! Está refrescando. Será mejor que entre¬mos.
La solterona apartóse de la ventana con expresión preocupada. Lo que acababa de oír era demasiado ambiguo para poder formar una opinión concreta..., pero contribuía a confirmar la sensación de vaga inquietud que había ido creciendo en su interior desde que Ruth Van Rydock estuvo tan expresiva.
Lo que estaba ocurriendo en Stonygates, fuera lo que fuese, afectaba definitivamente a Carrie Louise.
La cena resultó algo violenta. Gulbrandsen y Lewis estaban absortos en sus propios pensamientos; Walter Hudd, más ceñudo todavía que de costumbre; y por primera vez, Gina y Esteban tuvieron poco que decirse. Casi sostuvo todo el peso de la conversación el doctor Maverick, que discutió largamente con el señor Baumgarten, uno de los terapeutas, sobre cuestiones técnicas y otras cosas.
Cuando pasaron al vestíbulo, después de la comida Christian Gulbrandsen pidió que le disculparan, porque tenía que escribir una carta muy importante.
—Así que, si me lo permite, mi querida Carrie Louise, iré en seguida a mi cuarto.
— ¿Tienes todo lo necesario?
—Sí, sí. Todo. Pedí una máquina de escribir, y ya la tengo. La señorita Bellever ha sido de lo más atenta.
Salió del Gran Vestíbulo por la puerta de la izquier¬da, que daba al pie de la escalera principal y a un largo corredor, en cuyo extremo hallábase la habitación de los huéspedes y un cuarto de baño.
Cuando hubo desaparecido, Carrie Louise preguntó:
— ¿No vas a ir al teatro esta noche, Gina?
La muchacha negó con la cabeza, antes de dirigirse hacia la ventana, donde tomó asiento contemplando la avenida del parque. Esteban, tras dirigirle una mirada, se sentó al piano y comenzó a interpretar una suave melodía... extraña y melancólica.
Los dos maestros, Baumgarten, Lawson y el doctor Maverick, se retiraron tras dar las buenas noches. Walter quiso encender una lámpara de pie, y con un chasquido se apagaron todas las luces.
—Este condenado cordón siempre da chispazo. Iré a poner fusible nuevo —dijo, enfadado.
Cuando salía, Carrie Louise murmuró
—Wally sabe mucho de estas cosas. ¿Recuerdas cómo arregló el tostador?
—Al parecer, es todo lo que hace aquí —repuso Mildred Strete—. Madre, ¿has tomado ya tu acostumbrada medicina?
La señorita Bellever pareció muy contrariada.
—Confieso que esta noche me había olvidado por completo. —Se puso en pie de un salto y fue al comedor regresando con un vasito lleno de un líquido rosado. Sonriente, Carrie Louise tendió la mano para cogerlo.
—Una cosa tan mala y nadie consiente que me olvi¬de tomarlo —dijo haciendo una mueca.
Entonces, inopinadamente, intervino Levvis Serrocold, su marido:
—No creo que debas tomarlo esta noche, querida. No estoy seguro de que te haga ningún bien.
Y con calma, pero con la decisión que le caracterizaba, cogió el vaso de manos de la señorita Bellever para dejarlo sobre el gran aparador de roble.
—La verdad, señor Serrocold, no estoy de acuerdo con usted. La señora se encuentra mucho mejor desde que...
Interrumpióse y se volvió airada.
La puerta de entrada se había abierto con violencia y vuelto a cerrar de golpe. Edgar Lawson avanzó por el vestíbulo con el aire de un artista que hace una entrada triunfal y se detuvo en el centro de la estancia, tratando de impresionar con su actitud.
Resultaba ridículo..., pero no del todo, y dijo, con entonación teatral:
—Al fin te he encontrado. ¡Oh, mi enemigo!
Se había dirigido a Lewis Serrocold, el cual parecía grandemente sorprendido.
— ¡ Vaya, Edgar! ¿Qué ocurre?
— ¡Y tú me lo dices..., tú! Tú sabes muy bien lo que pasa. Has estado engañándome, espiándome, trabajando en contra mía.
Lewis le tomó del brazo.
—Vamos, vamos, muchacho, no te excites. Cuéntamelo todo con calma. Ven a mi despacho.
Le condujo hasta la puerta de la derecha, que cerró tras de sí. Luego, oyóse el ruido de una llave al girar en la cerradura.
La señorita Bellever miró a la solterona mientras la misma idea cruzaba por sus mentes.
No era Lewis Serrocold quien había echado la llave.
—Ese joven está perdiendo la cabeza —dijo la señorita Bellever—. No me parece de fiar.
—Está completamente desequilibrado y no agradece en absoluto lo que se hace por él —dijo Mildred—. No te queda más remedio que reconocerlo, madre.
—No es malo —murmuró Carrie Louise con un leve suspiro—. Quiere mucho a Lewis.
La señorita Marple la miró intrigada. No hubo precisamente afecto en la expresión de Edgar momentos antes, cuando se había dirigido a Lewis Serrocold, sino todo lo contrario. Se preguntaba, como tantas otras veces, si Carrie Louise no volvía deliberadamente la espalda a la realidad.
Gina dijo con acritud:
—Llevaba algo en el bolsillo. Me refiero a Edgar. Jugueteaba con lo que fuese.
Esteban separó las manos de las teclas y dijo:
—En cualquier película sería un revólver.
La señorita Marple carraspeó:
—Creo que usted sabe que era un revólver.
A través de la cerrada puerta del despacho de Lewis el rumor de las voces era apenas audible, pero de pronto se oyó claramente. Edgar Lawson gritaba mientras la voz de Lewis Serrocold conservaba el mismo tono razonable.
—Mentiras..., mentiras..., mentiras..., todo mentiras. Yo soy tu hijo. Me has privado de mis derechos. Yo debiera poseer esta casa. Me odias... quieres librarte de mí.
Se oyó un murmullo; sin duda hablaba Lewis y luego aquella voz histérica volvió a dejarse oír con más fuerza soltando improperios. Al parecer Edgar estaba perdiendo el dominio de sí mismo. Siguieron unas palabras de Lewis...
—... calma... ten calma... sabes que nada de eso es cierto.
Más al parecer, éstas no consiguieron apaciguarle sino que, por el contrario, acrecentaron su furor.
En el vestíbulo todos guardaban silencio, pendientes de lo que ocurría tras la puerta del despacho, de Lewis.
—Haré que me escuches —chillaba Edgar—. Te quitaré esa expresión altanera del rostro. Me vengaré, te lo aseguro. Me vengaré por lo que me has hecho sufrir.
La voz de Lewis sonó cortante, cosa inaudita en él.
— ¡Aparta ese revólver!
Gina gritó:
—Edgar le matará. Está loco. ¿No podríamos avisar a la policía, o hacer algo?
Carrie Louise repuso con suavidad y sin moverse:
—No hay necesidad de preocuparse, Gina. Edgar quiere a Lewis. Sólo está haciendo teatro, eso es todo.
Se oyó la risa de Edgar, que a la señorita Marple le pareció la de un perturbado.
—Sí. Tengo un revólver... y está cargado. No digas nada y no te muevas. Ahora tienes que oírme. Eres tú quien ha maquinado esta conspiración contra mí y vas a pagarlo caro.
Les sobresaltó una explosión parecida a la de un disparo, más Carrie Louise dijo:
—No ha sido nada, fue ahí fuera... en algún lugar del jardín.
Tras la cerrada puerta Edgar seguía gritando:
—Y sigues ahí sentado mirándome... mirándome... inmóvil. ¿Por qué no caes de rodillas suplicándome piedad? Voy a disparar, te lo aseguro. ¡Dispararé! Soy tu hijo... tu hijo desconocido y despreciado... querías mantenerme oculto, o tal vez que desapareciera del mapa. Pusiste espías para que me vigilaran... me persiguieran... organizaste un complot contra mí. ¡Tú! ¡Mi padre! Sólo soy un bastardo, ¿no es cierto? Y me has estado contando mentiras. Simulando ser bueno conmigo... todo este tiempo... todo este tiempo... No mereces seguir viviendo. No lo consentiré.
De nuevo volvió a soltar una letanía de insultos. Durante aquella escena la señorita Marple tuvo la conciencia de que alguien dijo:
—Tenemos que hacer algo —y abandonó a grandes pasos la estancia.
Edgar parecía haberse callado para tomar aliento, pues volvía a gritar:
—Vas a morir... a morir. Vas a morir ahora. ¡Toma esto, demonio, y esto!
Sonaron dos disparos... esta vez no en el parque... sino, sin lugar a dudas, tras aquella puerta cerrada. Alguien, la señorita Marple creyó que fue Mildred, gritó:
—Oh, Dios mío, ¿qué vamos a hacer?
Oyóse un golpe como el de un cuerpo al caer al suelo y luego, algo más terrible que todo lo anterior, el jadear de una respiración difícil.
Alguien pasó junto a la señorita Marple y fue a golpear la puerta.
Era Esteban Restarick.
—Abrid la puerta. Abrid la puerta.
La señorita Bellever volvió a entrar en el vestíbulo con un manojo de llaves.
—Pruebe con alguna de éstas —dijo casi sin aliento.
En aquel momento volvieron a encenderse las luces. El vestíbulo cobró nueva vida después de la densa oscuridad.
Esteban Restarick comenzó a probar las llaves.
Al hacerlo oyeron caer la llave detrás de la puerta.
Dentro, seguía la anhelante respiración.
Walter Hudd llegó caminando tranquilamente, y se detuvo en seco para preguntar:
—Díganme, ¿qué es lo que ocurre?
Mildred le dijo entre lágrimas:
—Ese loco ha disparado contra el señor Serrocold.
—Por favor —fue Carrie Louise quien habló. Se había levantado para acercarse a la puerta del despacho, y con un gesto amable hizo apartar a Esteban—. Dejadme que le hable.
—Edgar... Edgar... —dijo muy dulcemente—. Déjame entrar, ¿quieres? Por favor, Edgar.
Oyeron girar la llave en la cerradura y la puerta se abrió lentamente.
Más no era Edgar quien la había abierto, sino Lewis Serrocold. Respiraba trabajosamente, como si hubiera estado corriendo; pero por lo demás estaba impasible.
—Está perfectamente, querida —le dijo—. Todo está perfectamente.
—Pensamos que habría disparado contra usted —dijo la señorita Bellever.
Lewis frunció el ceño y repuso con ligera aspereza en su voz:
—Claro que no ha disparado.
Ahora podían ver el interior del despacho. Edgar Lawson estaba de bruces sobre la mesa escritorio, sollozando. El revólver estaba en el suelo.
—Pero oímos los disparos... — dijo Mildred.
—Oh, sí, hizo fuego dos veces.
— ¿Y no te dio?
— Claro que no.
La señorita Marple no lo encontró tan claro, ya que debió de disparar a muy poca distancia.
Lewis Serrocold exclamó irritado:
— ¿Dónde está Maverick? Es a Maverick a quien ne¬cesitamos.
—Iré a buscarle —repuso la señorita Bellever—. ¿Tengo que avisar también a la policía?
— ¿A la policía? Desde luego que no.
—Claro que hay que llamar a la policía —dijo Mildred—. Es peligroso.
—Tonterías —insistió Lewis Serrocold—. Pobre mu¬chacho. ¿Tiene aspecto de ser peligroso?
En aquellos momentos parecía muy joven, desgraciado y bastante repulsivo. Su voz había perdido su entonación estudiada.
—No tenía intención de hacerlo —sollozó—. No sé lo que pasó por mí... diciendo todas esas cosas... debo haber estado loco.
Mildred aspiró con fuerza.
—Debo haber estado completamente loco. Fue sin querer. Por favor, señor Serrocold, no tenía intención de hacerlo.
Lewis le dio unas palmaditas en el hombro.
—Está bien, muchacho. No ha pasado nada.
—Pude haberle matado.
Walter Hudd cruzó la estancia y observó la pared tras del escritorio.
—Las balas están aquí —y mirando la colocación de la mesa escritorio y el sillón, agregó—: Deben haberle pasado rozando.
—Perdí la cabeza. No sabía lo que hacía. Pensé que me había privado de mis derechos. Pensé...
La señorita Marple aventuró la pregunta que deseaba formular:
— ¿Quién le dijo que el señor Serrocold era su padre?
Por un segundo apareció una expresión recelosa en el alterado rostro de Edgar. Fue como un relámpago.
—Nadie —repuso—. Se me ocurrió a mí.
Walter Hudd miraba el revólver caído sobre el suelo.
— ¿Dónde diablos encontraste este revólver?— quiso saber.
— ¿Revólver?
Edgar, sobresaltado, miró al suelo.
—Parece exactamente igual al mío —se agachó para recogerlo—. ¡Por vida de... si lo es! Lo cogiste de mi habitación, miserable gusano.
Lewis Serrocold se interpuso entre el abatido Edgar y el americano.
—Todo esto puede arreglarse después —dijo—. Ah, allí está Maverick. ¿Quieres echarle una mirada, Maverick?
El doctor acercóse a Edgar con aire profesional.
—Eso no se hace, Edgar. Ya sabes que no se hace.
—Es un loco peligroso —dijo Mildred con acritud—. Ha estado delirando y luego ha disparado contra mi padre. Por suerte, no le ha acertado.
Edgar exhaló un gemido y el doctor Maverick dijo molesto:
—Por favor, tenga cuidado, señora Strete.
—Estoy harta de todo esto. ¡Harta del modo como se comportan todos! Le digo que este hombre está loco.
Con un movimiento brusco, Edgar se separó del doctor Maverick cayendo a los pies del señor Serrocold.
—Ayúdeme, ayúdeme. No permita que me lleven de aquí y me encierren. No les deje...
Una escena desagradable, pensó contristada la señorita Marple.
—Les digo que es... —Mildred estaba indignada.
—Por favor, Mildred —dijo su madre, conciliadora—. Ahora no. ¿No ves que sufre?
— ¡Un loco que sufre! —murmuró Walter—. Todos esos muchachos lo están.
—Yo me ocuparé de él —dijo el doctor Maverick—. Ven conmigo, Edgar. A la cama, te daré un calmante... y hablaremos de todo esto mañana. Ahora confía en mí. ¿Quieres?
Algo tembloroso, Edgar consiguió ponerse en pie mirando vacilante ora al joven doctor, ora a Mildred Strete.
—Ella dice... que estoy loco.
—No... No lo estás.
Se oyeron los pasos apresurados de la señorita Bellever, que venía por el vestíbulo con los labios apretados y el rostro enrojecido.
—He telefonado a la policía —dijo secamente—. Es¬tará aquí dentro de pocos minutos.
Carrie Louise exclamó:
— ¡Jolly!
Lewis Serrocold frunció el ceño.
—Jolly, le dije que no quería que avisara a la poli¬cía. Ésta es una cuestión interna.
—Es posible —repuso la señorita Bellever—. Pero yo tengo mi propia opinión. Tuve que llamarla. El señor Gulbrandsen acaba de ser asesinado.

CAPÍTULO VIII

Pasaron uno o dos segundos antes de que la comprendieran: Carrie Louise dijo incrédula:
— ¿Christian asesinado? ¿Muerto de un disparo? Oh, eso es imposible.
—Si no me creen —repuso la señorita Bellever dirigiéndose no sólo a Carrie Louise sino a toda la concurrencia—, vayan a convencerse.
Estaba furiosa, y su enfado se notaba en el tono crispado de su voz.
Despacio, como si no estuviera del todo convencida, Carrie Louise dio un paso en dirección a la puerta. Lewis Serrocold puso una mano sobre su hombro.
—No, querida; deja que vaya yo.
Y salió. El doctor Maverick, después de dirigir una mirada a Edgar, le siguió, y la señorita Bellever fue tras ellos. La señorita Marple hizo sentar a Carrie Louise, que la obedeció apesadumbrada.
— ¿Christian... muerto? —volvió a decir con el propio asombro de una niña.
Walter Hudd permaneció junto a Edgar Lawson mirándola ceñudo mientras su mano sostenía el revólver que acababa de coger del suelo.
La señora Serrocold volvió a decir con extrañeza:
— ¿Pero quién iba a querer matar a Christian?
Era indudable que aguardaba una respuesta.
— ¡Bah! Cualquiera de ésos —murmuró Walter.
Esteban, con ademán protector, dio un paso hacia Gina, cuyo rostro pletórico de vida era lo más atrayente de la habitación.
De pronto abrióse la puerta principal y entró un hombre con un grueso abrigo acompañado de una ráfaga de aire frío.
Su caluroso saludo resultaba algo desconcertante.
—Hola a todo el mundo. ¿Cómo estáis esta noche? Hay muchísima niebla en la carretera. He tenido que venir muy despacio.
Por unos instantes, la señorita Marple pensó que estaba viendo doble. No era posible que el mismo hombre pudiera estar al lado de Gina y a la vez entrando en la habitación. Entonces pudo darse cuenta de que se trataba de un gran parecido, no tan grande cuando se les observaba de cerca. Estaba bien claro que aquellos dos hombres eran hermanos y muy semejantes, pero nada más.
Esteban Restarick era delgado hasta resultar demacrado. El recién llegado era un tipo normal. El enorme abrigo con cuello de astracán le sentaba perfectamente. Era un hombre atractivo, de ésos que dan la sensación de autoridad, buen humor y éxito.
Mas la señorita Marple pudo observar además otra cosa: Que sus ojos se fijaron en Gina en cuanto entró en el vestíbulo.
— ¿Me esperabais? —preguntó—. ¿Recibisteis mi telegrama?
Se dirigía a Carrie Louise, y se acercó a ella.
Casi mecánicamente, ella le tendió la mano, que él besó respetuoso. Fue un homenaje afectuoso, no mera cortesía teatral.
—Claro, querido Alex, claro. Sólo que, ¿sabes?, han ocurrido cosas.
— ¿Qué ha ocurrido?
Mildred le informó con cierta fruición, que la señorita Marple consideró de mal gusto.
—Mi hermano Christian Gulbrandsen ha sido encontrado muerto.
— ¡Cielos! ¿Quieres decir que se ha suicidado?
—Oh, no —apresuróse a decir Carrie Louise—. No es posible. Christian, ¡no! Oh, no.
—Tío Christian no era capaz de suicidarse, estoy segura —dijo Gina.
Alex Restarick fue mirándolos a todos. Su herma¬no Esteban hizo una inclinación de cabeza, asintiendo. Walter Hudd le devolvió la mirada con cierto resentimiento Los ojos de Alex se fijaron en la señorita Marple y frunció el ceño. Era como si hubiera encontrado un adorno donde no deseaba verlo.
Se veía que le hubiese gustado que le aclararan su presencia en aquella casa, pero nadie lo hizo y la señorita Marple siguió dando la impresión de ser una anciana dulce y distraída.
— ¿Cuándo? — preguntó Alex—. ¿Cuándo ha ocurrido, quiero decir?
—Un momento antes de que tú llegaras —le dijo Gina—. Unos tres o cuatro minutos antes... porque, claro, oímos el disparo, sólo que no hicimos caso.
— ¿Que no hicisteis caso? ¿Por qué?
—Pues, verás, estaban ocurriendo otras cosas... —dijo Gina sin respirar apenas.
—Desde luego —agregó Walter Hudd con remarcado énfasis.
Jolly Bellever entró en el vestíbulo por la puerta de la biblioteca.
—El señor Serrocold nos ruega que esperemos en la biblioteca. Será más conveniente para la policía. Menos la señora Serrocold. Ha sufrido un gran shock, Cara. He ordenado que le pongan una botella de agua caliente en la cama, La llevaré arriba y...
—Primero debo ver a Christian.
—Oh, no, querida.
Carrie Louise, poniéndose en pie, repuso:
—Querida Jolly..., tú no lo comprendes. —Miró a su alrededor—. ¿Juana?
La señorita Marple acercóse a ella.
— ¿Quieres venir conmigo, Juana?
Se dirigieron juntas a la puerta. El doctor Maverick, que entraba en aquel momento, casi tropezó con ellas.
—Doctor Maverick —exclamó la señorita Bellever—. Deténgala. Es una imprudencia.
Carrie Louise miró con toda calma al joven doctor, incluso le sonrió un tanto.
— ¿Quiere ir... a verle? —le preguntó éste.
—Debo hacerlo.
—Comprendo —se hizo a un lado—. Si usted cree que debe ir... señora Serrocold... vaya; pero acuéstese luego, y deje que la señorita Bellever cuide de usted. De momento es posible que no acuse el golpe, pero le aseguro que se resentirá después.
—Sí. Creo que tiene usted razón; seré razonable. Vamos, Juana.
Las dos ancianas pasaron ante el pie de la escalera al salir del vestíbulo, que tenía a la derecha del comedor y a la izquierda la doble puerta que daba a la cocina; hasta llegar a la habitación de los huéspedes, que había sido destinada a Christian Gulbrandsen. Era una estancia amueblada más como sala que como dormitorio. La cama estaba en una alcoba, y una puerta daba al cuarto de baño.
Carrie Louise se detuvo en el umbral de la puerta. Christian Gulbrandsen había estado sentado tras el gran escritorio de caoba, ante una máquina de escribir portátil. Y allí estaba, pero caído hacia atrás en el sillón.
Lewis Serrocold estaba de pie junto a la ventana. Había separado un poco la cortina y miraba al exterior.
Miró hacia atrás y frunció el ceño.
—Querida, no debieras haber venido.
Fue hacia Carrie Louise y ella le tendió una mano. La señorita Marple se apartó un poco.
—Oh, sí, Lewis. Tenía que... verle. Hay que saber exactamente cómo han ocurrido las cosas.
Acercóse despacio a la mesa escritorio.
Lewis le advirtió.
—No debes tocar nada. La policía debe ver las co¬sas tal como las encontramos.
—Claro, ¿entonces, fue asesinado?
—Oh, sí —Lewis Serrocold pareció sorprenderse de que se le hiciera aquella pregunta—. Creí que ya lo sabías.
—Lo sabía. Christian no era capaz de suicidarse y además era una persona tan sensata que no es posible que le haya ocurrido un accidente. Sólo queda la posibilidad de... —vaciló— un asesinato.
Acercóse a la mesa y se quedó mirando el cadáver con afecto y tristeza muy sinceros.
—El querido Christian. Siempre fue bueno conmigo.
Suavemente tocó su cabeza con la punta de los de¬dos.
—Dios te bendiga, y gracias, querido Christian —dijo.
Lewis Serrocold parecía más emocionado de lo que nunca le viera la señorita Marple.
—Quisiera haberte podido evitar esto, Carolina.
—Uno no puede evitar a los demás lo que quisiera —repuso ella—. Más pronto o más tarde hay que hacer frente a los hechos. Y es mejor que sea cuanto antes. Me figuro que te quedarás aquí hasta que llegue la policía.
—Sí.
Carrie Louise se volvió para marcharse y la señorita Marple la rodeó con su brazo.
YAROSLAV
 
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Зарегистрирован: Чт апр 22, 2010 1:49 pm

Re: Novela policíaca de Agatha Christie.

Сообщение YAROSLAV Ср июл 19, 2017 2:04 pm

CAPÍTULO XIII

Alex Restarick estaba muy nervioso. Incluso accionaba con las manos.
— ¡Lo sé, lo sé! Resulta que soy el más sospechoso. Llegué en mi automóvil, y mientras me acercaba a la casa tuve un momento de inspiración. No espero que ustedes me comprendan. ¿Cómo iban a comprenderme?
—Tal vez sí —expresó Curry secamente, pero Alex continuaba:
— ¡Es una de esas cosas que le ocurren a uno sin saber como ni cuando! Un efecto... una idea... y todo lo demás se olvida. Voy a estrenar «Noche de niebla» el mes próximo. De pronto... ayer noche... la escena es maravillosa. La luz perfecta. Niebla... y las luces filtrándose a través, y reflejando apenas la gran mole de edificios. ¡Todo ayudaba! Los disparos... pasos apresurados... el chuchu del motor eléctrico, que podía haber sido una lancha que recorriera el Támesis. Y pensé... eso es... pero, ¿qué voy a utilizar para lograr esos efectos... y...?
El inspector Curry cortó por lo sano:
— ¿Oyó usted disparos? ¿Dónde?
—Fuera de la niebla, inspector. —Alex alzó las manos... unas manos muy bien cuidadas—. Fuera de la niebla. Eso fue lo más maravilloso de todo.
— ¿Y no se le ocurrió pensar que era algo extraño?
— ¿Extraño? ¿Por qué?
— ¿Es que los disparos son una cosa corriente?
—Ah, ya sabía yo que no iba a comprenderme. Los disparos cuadraban perfectamente en la escena que yo estaba creando. Yo deseaba esos disparos. Peligro... opio... negocios sucios. ¿Por qué iba a importarme de dónde salían en realidad? Podían ser explosiones del motor de cualquier camión que pasara por la carretera... Un cazador furtivo persiguiendo algún conejo.
—Por aquí los cazan con trampas, sin hacer ruido.
Alex proseguía:
—... un chiquillo quemando algún petardo. Ni siquiera los consideré... disparos. Yo estaba en «Noches de niebla...» o mejor dicho... viendo la representación desde una butaca... contemplando el efecto de la escena.
— ¿Cuántos disparos oyó?
—No lo sé —repuso Alex con petulancia—. No los conté. Dos o tres. Dos seguidos. Me acuerdo del detalle.
— ¿Y el rumor de pasos apresurados, que creo haberle oído mencionar?
—Llegaban desde fuera de la niebla. Cerca de la casa.
—Lo cual ofrece la sugerencia de que el asesino de Christian Gulbrandsen pudo venir de fuera.
—Claro. ¿Por qué no? ¿No irá a suponer que viniera de dentro de la casa?
El inspector Curry repuso con toda amabilidad:
—Tenemos que pensar en todo.
—Me lo figuro —le contestó Alex Restarick—. ¡Qué trabajo más descorazonador debe ser el suyo, inspector! Los detalles, sitios y horas, y ese montón de insignificancias. Y al final..., ¿de qué sirve todo eso? ¿Acaso pueden hacer que Christian Gulbrandsen vuelva a la vida?
—Se experimenta una gran satisfacción al descubrir al culpable, señor Restarick.
— ¡Ya salió el salvaje Oeste!
— ¿Conocía usted bien al señor Gulbrandsen?
—No lo bastante bien como para asesinarle, inspector. Le había visto de vez en cuando, puesto que viví aquí de niño. Nos hacía cortas visitas. Era una de las primeras figuras de nuestra industria. No me interesa ese tipo. Creo que tenía toda una colección de estatuas de Thorwaldsen... —Alex se encogió de hombros—. Eso demuestra cómo era, ¿no? ¡Dios, esos ricachos!
El inspector Curry le contemplaba pensativo. Al fin dijo:
— ¿Se interesa usted por los venenos, señor Restarick?
— ¿Los venenos? Mi querido amigo, no irá a decirme que primero lo envenenaron y luego dispararon encima. Eso sería una historia detectivesca muy mala.
—No fue envenenado. Pero no ha contestado usted a mi pregunta.
—El veneno tiene cierta disculpa... Carece de la crudeza de una bala de revólver o de un arma cortante. No tengo conocimientos especiales sobre este asunto, si es eso a lo que se refiere...
— ¿Ha tenido alguna vez arsénico en su poder?
—En bocadillos... para después de la función. La idea tiene cierto atractivo. ¿Conoce a Rosa Gildon? Esas actrices que creen que tienen un nombre! No, nunca he pensado siquiera en él. Creo que se extrae de ciertos hierbajos o del papel matamoscas.
— ¿Viene muy a menudo por aquí, señor Restarick?
—Eso depende, inspector. Algunas veces estoy varias semanas sin aparecer, pero procuro venir los fines de semana. Siempre he considerado a Stonygates como mi verdadero hogar.
— ¿Ha contribuido a ello la señora Serrocold?
—Lo que debo a la señora Serrocold no podré pagárselo nunca. Simpatía, compasión, afecto...
—Y bastante dinero contante y sonante, según tengo entendido, ¿no?
Alex parecía ligeramente disgustado.
—Ella me trata como a un hijo, y tiene fe en mi trabajo.
— ¿Le ha hablado alguna vez con respecto a su testamento?
—Cierto. ¿Pero puedo preguntar cuál es el objeto de tedas estas preguntas, inspector? La señora Serrocold no tiene nada que ver en todo esto.
—Sería mejor que no lo tuviera —repuso el inspector.
— ¿Qué es lo que quiere insinuar?
—Si no lo sabe, tanto mejor. Y en caso contrario... ya está advertido.
Cuando Alex se marchó, el sargento Lake dijo:
—Bastante falso, ¿no le parece?
Curry meneaba la cabeza.
—Es difícil de decir. Es posible que posea un autén¬tico talento creador. Tal vez le guste vivir tranquilamen¬te y hablar mucho. Uno nunca puede saber... Oyó pasos apresurados, ¿no dijo eso? Estoy dispuesto a apostar que lo ha inventado.
— ¿Por alguna razón particular?
—Desde luego. No sabemos todavía cuál es, pero ya llegaremos a conocerla.
—Después de todo, uno de esos muchachos pudo haber salido del edificio del colegio sin ser visto. Es probable que haya entre ellos algunos rateros que sepan escurrirse como gatos, y de ser así...
—Eso es lo que se intenta que pensemos... Muy lógico. Pero si esto es cierto, Lake, estoy dispuesto a comerme mi sombrero nuevo.
— Yo estaba tocando el piano muy suavemente —dijo Esteban Restarick—, cuando comenzó la discusión entre Lewis y Edgar.
— ¿Qué pensó?
—Pues..., a decir verdad, no me lo tomé en serio. Ese pobre mendigo tiene esos arranques. No es que esté loco del todo. Todas esas tonterías son como un escape de vapor. Lo cierto es que no nos puede ver a ninguno, especialmente a Gina, claro.
— ¿Gina? ¿Se refiere a la señora Hudd? ¿Por qué la odia?
— Porque es una mujer... y una mujer guapa, y porque ella se divierte con él. Es medio italiana, ya sabe usted, y los italianos tienen cierta crueldad inconsciente. No sienten compasión por la vejez, la fealdad o por los seres que no son del todo normales. Los señalan con el dedo, y se ríen. Eso es lo que hacía Gina, metafóricamente hablando con el pobre Edgar. Él es ridículo, petulante, pero en el fondo completamente inseguro. Quiere impresionar y sólo consigue hacer el ridículo. Para ella no significa nada lo mucho que sufre el pobre chico.
— ¿Insinúa que Edgar Lawson está enamorado de la señora Hudd? — preguntó el inspector.
—Oh sí —explicó Esteban alegremente— A decir verdad, todos lo estamos poco o mucho. A ella le agrada
— ¿Y a su marido?
— Lo toma bastante mal. Él también sufre, pobre hombre. Esto no puede durar, ¿sabe? Me refiero a su marido. Romperán a no tardar. Fue una de esas unio¬nes de guerra.
—Todo esto es muy interesante —dijo el inspector—, pero nos estamos apartando del tema principal, que es el asesinato de Christian Gulbrandsen.
— Cierto. Pero no puedo decirle nada. Yo estaba tocando el piano y no abandoné mi sitio hasta que la querida Jolly vino con un manojo de llaves viejas para probar si alguna abría la puerta del despacho.
— Usted estaba sentado ante el piano. ¿Continuó tocando?
— ¿Para que tuviera música de fondo la pelea que tenía lugar en el despacho de Lewis? No, dejé de tocar cuando se fueron acalorando. No es que tuviera dudas sobre el resultado. Lewis tiene lo que yo llamo una mirada fulminante, y podía hacer salir a Edgar con sólo mirarle.
—No obstante, Lawson disparó dos veces seguidas contra él.
Esteban ladeó la cabeza.
— Sólo estaba representando una comedia. Divirtiéndose. Mi querida madre acostumbraba hacerlo. Recuer¬do que solía sacar una pistola cuando algo la contrariaba. Una vez lo hizo en un club nocturno. Dibujó a tiros una figura en la pared. Era una excelente tiradora. Causó un poco de alboroto. Era una bailarina rusa, ¿sabe?
—Desde luego. ¿Puede decirme, señor Restarick, quién abandonó el vestíbulo ayer noche mientras usted estaba... durante la pelea?
—Wally... que fue a arreglar lo de la luz. Y Jolly Bellever para buscar una llave que abriera la puerta del despacho. Y nadie más, que yo sepa.
— ¿Lo hubiera advertido usted, de ocurrir así?
Esteban consideró la pregunta unos instantes.
—Probablemente, no. Es decir, si hubiera salido y vuelto a entrar de puntillas. Estaba tan oscuro... y además todos estábamos pendientes de la discusión.
— ¿Puede asegurar si alguien permaneció allí todo el tiempo?
—La señora Serrocold... sí, y Gina. Puedo asegurarlo.
—Gracias, señor Restarick.
Esteban dirigióse a la puerta, pero pensándolo mejor se volvió para preguntar al inspector:
— ¿Qué es eso del arsénico?
— ¿Quién le ha mencionado esa palabra?
—Mi hermano.
—Ah... sí.
— ¿Es que alguien ha dado arsénico a la señora Serrocold?
— ¿Por qué supone que se trata de la señora Serrocold?
—He leído algo sobre los síntomas de envenenamiento producido por arsénico. Que coincidieron poco más o menos con los que a ella le han aquejado últimamente. Y luego Lewis impidiendo que tomara su medicina ayer noche... ¿Es eso lo que está ocurriendo aquí?
—Es un asunto que se está investigando —repuso el inspector Curry en el tono más profesional que pudo.
— ¿Lo sabe ella?
—El señor Serrocold tiene especial interés en que no se la... alarme.
—Ésa no es la palabra adecuada, inspector. La señora Serrocold no se alarma nunca... ¿Es eso lo que se esconde tras la muerte de Christian Gulbrandsen? ¿Es que averiguó que estaba siendo envenenada? Pero, ¿cómo pudo descubrirlo? De todas formas, me parece imposible. No tiene sentido.
—Le sorprende mucho, ¿verdad, señor Restarick?
—Sí, desde luego. Cuando Alex me lo dijo apenas podía creerlo.
— ¿Quién es, en su opinión, la persona que ha estado suministrando arsénico a la frágil señora Serrocold?
Por unos momentos una sonrisa burlona apareció en el hermoso rostro de Esteban Restarick.
—No la persona más sospechosa. Puede tachar al esposo. Lewis Serrocold no tendría nada que ganar. Y además adora a su mujer. No podría soportar que tuviera el más ligero dolor en el dedo meñique.
— ¿Quién, entonces? ¿Tiene alguna idea?
—Oh, sí. Más bien diría la certeza.
—Expliqúese, por favor.
—Es una certeza psicológicamente hablando. No en otro sentido. No tengo ninguna prueba. Y es probable que no esté de acuerdo conmigo.
Esteban Restarick siguió hablando con petulancia, y el inspector Curry se entretuvo en dibujar gatos en la hoja de papel que tenía ante él.
Estaba pensando en tres cosas: primera, que Esteban Restarick pensaba mucho en sí mismo; segunda, que él y su hermano formaban un frente muy unido, y tercera, que era un hombre guapo, mientras que Walter Hudd era feo. Se le ocurrieron otras varias cosas... Qué era lo que Esteban Restarick entendería por «psicológicamente hablando» y si era posible que desde el taburete del piano viese. Le parecía que no.

En la semipenumbra de la biblioteca de estilo gótico, Gina ponía una nota exótica. Incluso el inspector Curry parpadeó admirado ante la radiante belleza de la joven sentada ante él, y que se inclinó para decir:
— ¿Y bien?
El inspector Curry dijo secamente, mientras observaba su camisa roja y sus pantalones verde oscuro:
—Veo que no lleva usted luto, señora Hudd.
—No tengo nada negro —repuso Gina—. Sé que todo el mundo tiene algo negro que ponerse, pero yo no. Odio ese color. Lo encuentro horrible, y creo que sólo debieran de llevarlo las amas de llaves y las secretarias. De todas formas, Christian Gulbrandsen no era en realidad pariente mío. Era hijastro de mi abuela.
—Y supongo que no le conocería usted muy bien.
—Vino aquí tres o cuatro veces cuando yo era niña, pero luego, durante la guerra, me fui a América, y he vuelto hace sólo unos seis meses.
— ¿Ha vuelto para vivir aquí definitivamente? ¿No está de paso?
—No he decidido nada todavía —repuso Gina.
— ¿Estaba usted en el Gran Vestíbulo la noche pa¬sada cuando el señor Gulbrandsen se retiró a su ha-bitación?
—Sí. Nos dio las buenas noches y se marchó. Abuelita le preguntó si tenía todo lo necesario y él dijo que sí... que Jolly le había atendido muy bien. No es que empleara estas mismas palabras, pero fue algo por el estilo. Dijo que tenía que escribir unas cartas.
— ¿Y luego?
Gina describió la escena entre Lewis y Edgar Lawson. Era la misma historia que el inspector Curry había oído tantas veces, pero tomaba un nuevo color, un nuevo aspecto, relatada por Gina. Se convertía en drama.
—Era el revólver de Wally —dijo—. Es extraño que Edgar tuviera el valor suficiente para ir a cogerlo a su habitación. Nunca lo hubiera creído.
— ¿Se alarmó usted cuando entraron en el despacho y Edgar Lawson cerró la puerta?
—Oh, no —repuso Gina, abriendo mucho sus enormes ojazos castaños—. Me encantó. Era tan emocionante, y tan... teatral. Todo lo que hace Edgar es siempre ridículo. Uno no puede tomarle en serio nunca.
— ¿Aunque disparó el revólver?
—Sí. Entonces todos pensamos que a pesar de todo había matado a Lewis.
— ¿Y eso le divirtió a usted? —no pudo menos que preguntar el inspector Curry.
—Oh, no; entonces estaba horrorizada. Todos lo estábamos menos abuelita. No movió ni un dedo.
—Eso parece bastante extraordinario.
—No. Ella es así. No vive en ese mundo. Es de esa clase de personas que nunca creen que puede ocurrir algo. Es un encanto.
—Durante la escena, ¿quién estaba en el vestíbulo?
—Oh, todos estábamos allí. Menos tío Christian, por supuesto.
—No todos, señora Hudd. Alguien salió y entró.
— ¿Sí? —preguntó Gina, distraída.
—Su esposo, por ejemplo; fue a arreglar la avería de la luz.
—Sí. Wally sabe arreglar esas cosas.
—Durante su ausencia, tengo entendido que se oyó un disparo. Y que todos creyeron que provenía del parque.
—No lo recuerdo... Oh, sí; eso fue cuando volvieron a encenderse las luces y Wally había vuelto ya.
— ¿Abandonó alguien más el vestíbulo?
—No lo creo, pero no lo recuerdo.
— ¿Dónde estaba sentada, señora Hudd?
—Cerca de la ventana.
— ¿Cerca de la puerta que da a la biblioteca?
—Sí.
— ¿Y usted no salió de allí para nada?
— ¿Irme? ¿Con lo excitada que estaba? Claro que no, inspector.
Gina pareció escandalizarse ante la idea.
— ¿Dónde estaban sentados los demás?
—Creo que la mayoría alrededor de la chimenea. Tía Mildred estaba haciendo punto, lo mismo que tía Juana... la señorita Marple... Abuelita no hacía nada.
— ¿Y el señor Esteban Restarick?
— ¿Esteban? Tocaba el piano, al principio. No sé dónde fue después.
— ¿Y la señorita Bellever?
—Iba de un lado a otro, como siempre. Prácticamen¬te nunca se sienta. Estaba buscando unas llaves, o un no sé qué.
De pronto dijo:
— ¿Qué pasa con la medicina de la abuelita? ¿Es que el farmacéutico se equivocó al prepararla?
— ¿Por qué piensa eso?
—Porque ha desaparecido el frasco y Jolly se ha vuelto loca buscándolo. Estaba apuradísima. Alex le dijo que la policía se lo había llevado. ¿Es cierto?
En vez de contestar a la pregunta, el inspector Curry dijo:
— ¿Dice usted que la señorita Bellever estaba preocupada?
— ¡Oh, Jolly siempre arma un alboroto por nada! — repuso Gina sin darle importancia —. Le encanta. Algunas veces me pregunto cómo la abuelita puede soportarla.
—Sólo una pregunta más, señora Hudd. ¿Tiene usted alguna idea sobre quién mató a Christian Gulbrandsen, y por qué?
—Yo diría que uno de esos perturbados. Los asesinos son en realidad muy sensibles. Quiero decir que sólo matan a las personas para robar una caja fuerte, su dinero o sus joyas... no sólo por diversión. Pero uno de esos perturbados... ya sabe... lo que ellos llaman «desequilibrados mentales»... pudo hacerlo por diversión, ¿no le parece? Porque yo no creo que pueda haber otra razón para matar a tío Christian.
— ¿No se le ocurre que pueda haber algún motivo?
—No, eso es lo que quise decir —repuso Gina, agra¬decida—. No le robaron ni nada parecido, ¿verdad?
—Pero, usted sabe, señora Hudd, que los edificios del Colegio estaban bien cerrados y custodiados. Nadie puede salir de allí sin un permiso.
—No lo crea. —Gina reía alegremente—. ¡Esos chicos pueden salir de cualquier parte! Me han enseñado muchos de sus trucos.
—Es muy vivaracha —dijo Lake una vez se hubo marchado—. Es la primera vez que la veo de cerca. Tiene una figura encantadora, ¿no le parece? Un tipo algo extranjero, no sé si me comprende.
El inspector Curry le dirigió una fría mirada. El sargento Lake apresuróse a decir que le había parecido muy alegre, excesivamente alegre.
—Parece haberse divertido mucho con lo ocurrido.
—Tenga o no razón Esteban Rasterick al decir que su matrimonio no va a durar mucho, pude darme cuenta de que ha procurado dejar bien sentado que Walter Hudd estaba de nuevo en el Gran Vestíbulo cuando oyeron el disparo.
—Lo cual, según los demás, no fue.
—Exacto.
—Tampoco mencionó el hecho de que la señorita Bellever dejara el vestíbulo para buscar las llaves.
—No —repuso el inspector pensativo—, tampoco...

CAPÍTULO XIV

La señora Strete hacía mucho más juego con la biblioteca que Gina. En ella no había nada exótico. Vestía de negro con un broche de ónix, y llevaba una redecilla para recoger sus cabellos grises, cuidadosamente peinados.
Según opinión del inspector Curry, representaba el aspecto de la viuda de un pastor protestante..., lo cual era muy extraño, porque muy pocas personas representan lo que son en realidad.
Incluso la línea de sus labios tenía cierto misticis¬mo. Podría representar a la Fe, y tal vez la Esperanza, pero no a la Caridad.
Además, era evidente que la señora Strete estaba ofendida.
—Había pensado que usted tendría alguna idea de cuándo me iba a necesitar, inspector. Me he visto obligada a esperar toda la mañana.
Según Curry, era su complejo de superioridad el que se sentía herido, y se apresuró a echar aceite sobre las turbulentas aguas.
—Lo siento mucho, señora Strete. Tal vez usted ignore cómo se hacen estas cosas. Comenzamos, ya sabe, por los testigos menos importantes..., les quitamos de en medio, por así decir. Es de sumo interés reservar para lo último la persona en cuyo juicio podamos confiar... buena observadora... por quien podamos comprobar todo lo que se nos ha dicho hasta este momento.
La señora Strete ablandóse visiblemente.
—Oh, ya comprendo. No me había dado cuenta del todo.
—Usted es una mujer juiciosa y sensata, señora Strete. Una mujer de mundo. Y ésta es su casa..., usted es la hija de esta casa, y puede hablarme de todos los que viven en ella.
—Desde luego —repuso Mildred.
—De modo que comprenda que cuando lleguemos a la pregunta de quién mató a Christian Gulbrandsen podrá sernos de gran ayuda, más valiosa que cualquier otra.
— ¿Pero es que hay que preguntarlo? ¿Es que no está bien claro quién asesinó a mi hermano?
El inspector Curry echóse hacia atrás y se acarició el pequeño bigote.
—Bien..., tenemos que ir con cuidado —dijo—. ¿Us¬ted cree que está muy claro?
—Naturalmente. Ha sido ese horrible americano, esposo de la pobre Gina. Es el único extraño en la casa. No sabemos nada de él. Probablemente será uno de esos terribles gángsters americanos.
—Pero eso no es razonable. ¿Por qué iba a matarle?
—Porque Christian había averiguado algo con respecto a él. Por eso vino tan pronto aquí, después de su última visita.
— ¿Está segura de lo que dice, señora Strete? Piénselo bien.
—Vuelvo a decirle que a mí me parece bien claro. Él dejó entrever que su visita estaba relacionada con el Trust..., pero eso... es una tontería. Vino por ese motivo hace sólo un mes y desde entonces no ha habido nada de importancia. Por eso el motivo de su visita fue de índole particular. Vio a Walter en su última visita y pudo reconocerle... o tal vez hizo averiguaciones en los Estados Unidos... tiene agentes por todo el mundo... y descubriría algo verdaderamente lamentable. Gina es una muchacha muy tonta. Siempre le han vuelto loca los hombres. Puede que fuera un perseguido por la justicia, o que estuviera ya casado, o un personaje de los bajos fondos. Pero mi hermano Christian no era un hombre fácil de engañar. Estoy segura de que vino aquí para dejar bien sentadas las cosas. Le diría a Walter lo que acababa de descubrir y, naturalmente, Walter le mató.
El inspector Curry añadió unos grandes bigotes a uno de los gatos que dibujaba en la hoja de papel y dijo:
—Síííí...
— ¿No cree usted que eso es lo que debió ocurrir?
—Sí..., es posible —admitió el inspector.
— ¿Qué otra solución podría haber? Christian no tenía enemigos. Lo que no puedo comprender es por qué no ha arrestado todavía a Walter.
—Pues, verá usted, señora Strete, necesitamos pruebas.
—Es probable que no le cueste encontrarlas. Si cablegrafía a América...
—Oh, sí, preguntaremos quién es Walter Hudd. Puede estar segura. Pero hasta que podemos probarlo, no hay poco que hacer. Claro que hay una oportunidad...
—Salió detrás de Christian, pretextando que había una avería de las luces.
—Y se apagaron totalmente.
—Pudo haber preparado el truco fácilmente.
—Cierto.
—Eso le proporcionaba la excusa. Siguió a Christian hasta su habitación, disparó contra él, arregló el fusible y volvió a reunirse con nosotros en el vestíbulo.
—Su esposa dijo que había vuelto ya cuando sonó el disparo en el exterior.
— ¡No crea nada de lo que diga! Gina diría cualquier cosa. Los italianos nunca dicen la verdad. Y ella es romana.
El inspector Curry soslayó la cuestión.
— ¿Usted cree que su esposa estaba de acuerdo con Walter?
Mildred Strete vaciló unos instantes.
—No..., no. No lo creo. Éste debe haber sido uno de sus motivos... el evitar que Gina supiera la verdad con respecto a él. Al fin y al cabo, Gina es su comida.
—Y una joven encantadora.
—Oh, sí. Siempre he dicho que Gina es muy atractiva. Un tipo muy corriente en Italia, naturalmente. Pero si quiere saber mi opinión, es dinero lo que Walter Hudd anda buscando. Por eso vino aquí y se quedó a vivir con Serrocold.
—La señora Hudd está bien provista, ¿no es verdad?
—Ahora, no. Mi padre puso la misma suma de dinero que me dejó a mí a nombre de su madre. Pero claro, tomó la nacionalidad de su esposo (creo que ahora la ley ha cambiado), y con la guerra, y siendo él fascista, Gina tiene muy poco. Mi madre la estropea, y su tía americana, la señora Van Rydock, gasta enormes sumas en ella y le compró todo lo que quiso du¬rante los años de guerra. No obstante, Walter no piensa hacer nada hasta que muera mi madre y Gina entre en posesión de una gran fortuna.
—Lo mismo que usted, señora Strete.
Un ligero color rosado tino las fláccidas mejillas de Mildred.
—Lo mismo que yo, como usted ha dicho. Mi esposo y yo siempre vivimos sencillamente. Gastaba muy poco dinero, como no fuese en libros... Era un hombre muy erudito. Mi dinero casi se ha doblado. Es más que suficiente para mis necesidades. Sin embargo, siempre puede utilizarse en hacer bien a los demás. Cualquier dinero que llegue hasta mí, lo consideraré un legado sagrado.
—Pero no será una custodia, ¿verdad? Irá directamente a sus manos.
—Oh, sí... en ese sentido, sí. Sí, será sólo mío.
Algo que vibró en sus últimas palabras hizo que el inspector alzara la cabeza sorprendido. La señora Strete no le miraba. Sus ojos estaban radiantes y sus finos labios curvados en una sonrisa de triunfo.
El inspector habló pausadamente:
—Entonces, según usted... y, naturalmente, tiene amplias oportunidades para poder juzgar... El señor Walter Hudd desea el dinero que irá a parar a manos de su esposa cuando muera la señora Serrocold. A propósito: no es muy fuerte, ¿verdad?
—Mi madre siempre ha estado delicada.
—Cierto. Pero a menudo las personas delicadas vi¬ven tanto o más que las robustas y de mucha salud.
—Sí, supongo que ocurre así.
— ¿Ha observado si la salud de su madre ha empeorado últimamente?
—Padece reumatismo, pero cuando uno se hace viejo algo tiene que tener. No me inspiran simpatía las personas que se quejan de sus inevitables dolencias y achaques.
— ¿Y la señora Serrocold se queja?
Mildred guardó silencio unos segundos.
—Ella no, pero suele dar mucho quehacer, Mi padrastro es demasiado solícito. Y en cuanto a la señorita Bellever, la pone en ridículo. En todos los casos, esa señorita trajo mala influencia a esta casa. Hace muchísimos años que está aquí, y su afecto hacia mi madre, aunque admirable, llega a convertirse en una carga. Materialmente, tiene tiranizada a mi madre. Ella lleva el mando de la casa y se preocupa demasiado. No me sorprendería oírle decir a mi madre que se marchara. No tiene tacto... ninguno... y es una prueba para un hombre descubrir que su esposa está completamente dominada por una doméstica.
El inspector Curry meneaba la cabeza asintiendo.
—Ya... ya... Hay una cosa que no entiendo del todo, señora Strete. La posición de los dos hermanos Restaríck.
—Más sentimentalismo tonto. Su padre se casó con mi pobre madre por su dinero. Dos años después se fugó con una cantante yugoslava de la más baja moral. Él no valía nada. Mi madre fue lo bastante blanda como para sentir compasión de los dos niños. Puesto que no era cosa que pasaran sus vacaciones con una mujer de tan malas costumbres, los adoptó más o me¬nos. Y han estado aquí desde entonces. Oh, sí, hay muchos gorrones en esta casa, se lo puedo asegurar.
—Alex Restarick tuvo oportunidad de matar a Christian Gulbrandsen. Estaba solo en su coche... y anduvo a solas el trecho que separa la verja de la entrada de la casa... ¿Y qué me dice de Esteban?
—Esteban se hallaba en el vestíbulo con todos nos¬otros. No apruebo a Alex Restarick... Está tomando muy mal aspecto, me imagino que debido a la vida tan irregular que lleva... pero, la verdad, no le considero un asesino. Además, ¿Por qué iba a matar a mi hermano Christian?
—Siempre tropezamos con lo mismo, ¿no? —dijo el inspector sonriendo—. ¿Qué es lo que sabía Christian Gulbrandsen... de alguien... que hizo necesario que ese alguien le asesinara?
—Exacto —repuso la señora Strete triunfante—. Por eso debió ser Walter Hudd.
—A menos que fuese alguien más cercano a la fa¬milia.
— ¿Qué quiere insinuar? —preguntó Mildred con as¬pereza.
—El señor Gulbrandsen pareció muy preocupado por la salud de la señora Serrocold mientras estuvo aquí —repuso el inspector, con calma.
La señora Strete frunció el ceño.
—Los hombres siempre se preocupan por mi madre porque parece frágil. ¡Creo que a ella también le gus¬ta eso!
— ¿Usted no está preocupada por la salud de su madre?
—No. Creo que soy razonable. Naturalmente, mí madre ya no es joven...
—Y al fin, todos hemos de morir —concluyó el ins¬pector Curry—. Pero no antes de la hora que tengamos señalada. Eso hay que impedirlo a toda costa.
Habló intencionadamente y Mildred Strete pareció animarse de repente.
—Oh, es horrible, horrible. A nadie más de esta casa parece haberle importado la muerte de Christian. Yo soy la única pariente carnal. Para mi madre era sólo un hijastro ya mayor. Para Gina, nada en realidad; pero era mi hermano.
—Hermanastro —le corrigió el inspector.
—Hermanastro, si. Pero los dos éramos Gulbrand¬sen, a pesar de la diferencia de edad.
—Sí..., sí —dijo Curry, amablemente—. Comprendo su punto de vista.
Mildred Strete salió con los ojos llenos de lágrimas. Curry miró a Lake.
—Así que ella está segura de que ha sido Walter Hudd —le dijo—. No puede soportar ni por un mo-mento la idea de que fuese otro.
—Y tal vez tenga razón.
—Es posible que sí. Wally es uno de los que con¬cuerda. Tuvo oportunidad... y motivos. Porque si desea dinero rápidamente, la abuela de su esposa debía mo¬rir. Wally altera su medicina... o se entera de algún modo... Sí, concuerda perfectamente.
Hizo una pausa antes de continuar.
—A propósito, a Mildred Strete le agrada el dinero... Puede que no lo gaste..., pero le gusta. No sé por qué
—Puede que sea una avara... con la pasión de los avaros. O tal vez le atraiga el poder que da el dinero. Quizá lo quiera para emplearlo en beneficencia. Es una Gulbrandsen. Es posible que quiera emular a su padre.
—Un complejo, ¿no? —dijo el sargento Lake, rascándose la cabeza.
—Será mejor que veamos a ese extraño joven Edgar Lawson, y después iremos al Gran Vestíbulo y averiguaremos quiénes estaban allí... y por qué... y cuándo... Hemos oído una o dos cosas interesantes esta mañana.
Es muy difícil, pensó el inspector Curry, formar una opinión exacta de alguien por lo que de él nos dicen los demás.
Edgar Lawson había sido descrito aquella mañana por bastante personas bien distintas, pero al verle aho¬ra, el propio parecer de Curry y sus impresiones fueron muy dispares.
Edgar no daba la sensación de ser «extraño», o «peligroso», ni «arrogante», ni siquiera «anormal». Parecía un hombre muy corriente, muy abatido y humilde. Era joven, vulgar y tristón.
Estaba ansioso por hablar y disculparse.
—Sé que me he portado muy mal. No sé lo que me pasó..., no lo sé. Hacer una escena semejante y luego disparar contra el señor Serrocold, que ha sido tan bue¬no conmigo y ha tenido tanta paciencia también.
Se retorcía las manos muy nervioso. Eran las manos de un sentimental, con las muñecas muy huesudas.
—Si tiene que detenerme por ello, iré con usted en seguida. Lo merezco. Me declararé culpable.
—No tenemos ningún cargo contra usted —repuso el inspector—. Así que carecemos de pruebas para actuar. Según el señor Serrocold, la pistola se disparó por accidente.
—Eso es porque es tan bueno. ¡Nunca hubo un hom¬bre más bueno que el señor Serrocold! Lo ha hecho todo por mí.
— ¿Qué le impulsó a actuar como lo hizo?
Edgar parecía violento.
—Perdí la cabeza.
—Eso parece —repuso el inspector Curry secamen¬te—. Usted dijo al señor Serrocold en presencia de testigos que había descubierto que él era su padre. ¿Era eso cierto?
—No.
— ¿Qué es lo que le impulsó a pensarlo? ¿Acaso al¬guien le metió esa idea en la cabeza?
—Pues es un poco difícil de explicar.
—Inténtelo. No queremos forzarle.
—Pues, verán, tuve una infancia bastante dura. Los otros niños se burlaban de mí porque no tenía padre. Decían que era un bastardo... lo cual, era verdad, claro. Mi madre estaba siempre bebida y constantemente venían hombres a nuestra casa. Creo que mi padre era un marino extranjero. La casa estaba sucia, y se parecía bastante a un infierno. Y entonces di en pensar, en imaginar que mi padre no había sido un marinero extranjero, sino alguien importante... y solía inventar historias. Primero cosas de niños... que me habían cambiado al nacer... que en realidad yo era un heredero..., esas cosas. Luego fui a una nueva escuela y lo intenté un par de veces. Dije que mi padre era un Almirante de la Armada. Yo llegué a creerlo, y entonces no me sentía tan mal.
Hizo una pausa antes de continuar:
—Y luego... más tarde... inventé otras cosas y puse en práctica nuevas ideas. Solía vivir en hoteles donde contaba que era un piloto de guerra... o del Servicio Secreto. Toda clase de historias. Me era imposible dejar de decir mentiras. Pero yo no intentaba conseguir dinero por este medio. Sólo eran fanfarronadas para que la gente pensara algo más en mí. No tuve intención de aprovecharme. El señor Serrocold puede decírselo... y el doctor Maverick... tiene todos los informes.
El inspector Curry asintió con la cabeza. Ya había estudiado el caso de Edgar y leído su ficha policíaca.
—El señor Serrocold consiguió que me pusieran en libertad para traerme aquí. Dijo que necesitaba un secretario que le ayudara... y yo le ayudé. De verdad. Sólo que los demás se reían de mí. Siempre se estaban burlando de mí.
— ¿Quiénes? ¿La señora Serrocold?
—No, ella no. Es una señora... siempre se muestra amable y cariñosa. Pero Gina me trataba como a un perro. Y también Esteban Restarick. Y la señora Strete me miraba como si yo no fuera un caballero. Lo mismo que la señorita Bellever... ¿y ella quién es? Una compañera a sueldo de la señora Serrocold, ¿no es cierto?
Curry pudo apreciar que se iba excitando.
— ¿Y por eso no les encontraba muy simpáticos?
—Era porque yo soy un bastardo. De tener un padre no se hubieran portado así —repuso Edgar con pasión.
— ¿Por eso se apropió de dos padres famosos?
Edgar enrojeció.
—Siempre tengo que estar mintiendo.
—Y por fin dijo que el señor Serrocold era su padre. ¿Por qué?
—Porque eso habría de hacerles callar para siempre, ¿no? Si él era mi padre, no podían hacerme nada.
—Sí. Pero le acusó de ser su enemigo... y de estarle persiguiendo.
—Lo sé... —se puso la mano por la frente—. Siempre me sale todo mal. Hay veces que no... que no veo las cosas muy claras. Estoy atontado.
— ¿Y cogió el revólver de la habitación del señor Walter Hudd?
Edgar pareció extrañarse.
— ¿Lo hice? ¿Es ahí donde lo encontré?
— ¿No recuerda de dónde lo sacó?
—Quise amenazar con él al señor Serrocold. No tenía intención de asustarle. Fue una cosa puramente infantil.
— ¿De dónde sacó el revólver? —volvió a preguntar el inspector, con paciencia.
—Usted lo ha dicho... de la habitación de Walter.
— ¿Lo recuerda?
—Debí sacarlo de allí. No pudo ser de ninguna otra parte, ¿verdad?
—No lo sé; alguien... pudo habérselo dado.
Edgar guardaba silencio... con el rostro impasible.
— ¿Es así como ocurrió?
Edgar repuso emocionado:
—No me acuerdo. Estaba trastornado. Estuve paseando por el jardín, presa de un ataque de rabia. Creí que la gente me espiaba, me vigilaba, con el afán de hundirme. Incluso esa anciana de cabellos blancos tan agradable... Ahora no puedo comprenderlo. Siento que debía estar loco. ¡No recuerdo ni dónde estuve ni lo que hice la mitad del tiempo!
—Seguramente recordará quién le dijo que el señor Serrocold era su padre.
Edgar continuó impasible.
—Nadie me lo dijo —replicó de pronto—. Se me ocurrió a mí.
El inspector suspiró. No estaba satisfecho, pero pudo darse cuenta de que por el momento no conseguiría adelantar nada.
—Bien, en el futuro vigile sus actos —le dijo.
—Sí, señor. Sí, desde luego.
Cuando Edgar se marchó, Curry meneó lentamente la cabeza.
— ¡Estos casos patológicos son el demonio!
— ¿Cree que alguien habrá influido en él?
—Mucho menos de lo que había imaginado. Es un débil mental, un jactancioso, un mentiroso... No obs¬tante, hay cierta sencillez en él. Y es mucho más sugestionable de lo que hubiera podido suponer.
—Oh, sí, la señorita Marple tuvo razón en eso. Es una mujer muy astuta, pero me gustaría saber quién pudo ser. Él no lo dirá. Si lo supiéramos... Vamos, Lake, vamos a reconstruir exactamente la escena que tuvo lugar en el Gran Vestíbulo.
Esto concuerda a las mil maravillas.
El inspector Curry estaba sentado ante el piano, y el sargento Lake junio a la ventana, mirando al lago. Curry prosiguió:
—Si yo estoy sentado mirando la puerta del despacho, no puedo verle a usted.
El sargento Lake se levantó sin hacer ruido y se dirigió hacia la puerta de la biblioteca.
—Toda esta parte de la habitación estaba a oscuras. Las únicas luces encendidas eran las de junto a la puerta del despacho. No, Lake, ni le vería marchar. Una vez en la biblioteca usted podía salir por la otra puerta al corredor... en dos minutos a la habitación de los huéspedes, disparar contra Gulbrandsen y volver por la biblioteca para ocupar de nuevo la silla junto a esa ventana. Las mujeres sentadas ante el fuego le daban la espalda. La señora Serrocold estaba sentada aquí... a la derecha de la chimenea, cerca de la puerta del despacho. Todos están de acuerdo en decir que no se movió y es la única que estaba situada en la dirección en que todos miraban. La señorita Marple ahí, mirando al despacho por encima de la señora Serrocold. La señora Strete a la izquierda... y en una esquina muy oscura. Pudo haber entrado y salido sin ser vista. Sí, es posible.
Curry sonrió de pronto.
—Y yo también podía irme —se alejó sigilosamente del taburete del piano caminando junto a la pared has¬ta llegar a la puerta—. La única persona que podría notar que ya no estaba sentado al piano sería Gina Hudd. Y recuerde que Gina dijo: Esteban estaba sen¬tado ante el piano al principio. No sé a dónde fue luego.
— ¿Así cree usted que fue Esteban?
—No sé quién ha sido —repuso Curry—. No fue Edgar Lawson ni Lewis Serrocold ni su esposa ni la señorita Juana Marple. Pero en cuanto a los demás..., fue mucha casualidad. Y, no obstante, me gusta bastante ese muchacho. Sin embargo, eso no es ninguna prueba.
Rebuscó entre las partituras que estaban sobre el piano.
— ¿Hindemith? ¿Quién es? Nunca oí hablar de él. ¡Shostakoyitch! Qué nombres tienen estos composito¬res. —Se puso en pie y alzó la tapa del anticuado taburete.
—Aquí hay más. El «Largo» de Haendel. Unos ejercicios de Czerny. La mayoría debe de ser de la época del viejo Gulbrandsen. «Conozco un bello jardín...» La mujer del vicario solía cantarlo cuando yo era niño...
Se detuvo... con las amarillentas páginas de la canción en la mano. Debajo, reposando sobre los Preludios de Chopin, vio una pequeña pistola automática.
—Esteban Restarick —exclamó el sargento Lake, alegremente.
—No saque ninguna conclusión precipitada —le acon¬sejó el inspector—. Apuesto diez contra uno a que eso es lo que pretenden que pensemos.

CAPÍTULO XV

La señorita Marple subió la escalera y golpeó con los nudillos en la puerta del dormitorio de la señora Serrocold.
— ¿Puedo pasar, Carrie Louise?
—Pues claro, Juana querida.
Carrie Louise se hallaba sentada ante su tocador, cepillando sus plateados cabellos. Volvió la cabeza para mirarla.
— ¿Es que me necesita la policía? Estaré lista en seguida.
— ¿Te encuentras bien?
—Pues claro que sí. Jolly se ha empeñado en que tomara el desayuno en la cama. ¡Y Gina ha entrado de puntillas como si estuviera a las puertas de la muerte! No creo que la gente comprenda que las tragedias como la muerte de Christian sorprenden menos a los viejos. Porque a nuestra edad sabemos que puede ocurrir cualquier cosa... y cuan poco importa lo que ocurre en este mundo.
—Si —repuso la señorita Marple, dudosa.
— ¿Es que no opinas como yo, Juana? Yo hubiera asegurado que sí.
La señorita Marple murmuró despacio:
—Christian ha sido asesinado.
—Sí..., comprendo lo que quiere decir. ¿Tú crees que eso importa?
— ¿Y tú no?
—A Christian desde luego que no le importa —dijo Carrie Louise con sencillez—. Importa a quien le asesinó.
— ¿Tienes alguna idea de quién pudo ser?
—No, no tengo la menor idea. Ni siquiera puedo en¬contrar una razón. Debe haber sido por algo relacionado con su última visita... ya hará cosa de un mes. Porque de otro modo no creo que hubiera vuelto tan de repente sin un motivo especial. Sea lo que fuere, debió comenzar entonces. He estado pensando y pensando, pero no recuerdo nada anormal.
— ¿Quiénes estaban en la casa?
— ¡Oh! Los mismos que ahora..., sí, Alex acababa de llegar de Londres. Y... ah, sí, Ruth también estaba aquí.
— ¿Ruth?
—Sí, nos hizo su acostumbrada visita relámpago.
—Ruth —repitió la solterona, mientras su mente trabajaba con gran actividad. ¿Christian Gulbrandsen y Ruth? Ruth se había marchado preocupada y recelosa, pero sin saber por qué. Algo extraño ocurría, según ella Christian Gulbrandsen también estuvo preocupado y receloso, pero él debió saber que alguien intentaba envenenar a Carrie Louise. ¿Cómo había llegado a abrigar sospechas? ¿Qué es lo que oiría o vería? ¿Fue algo que Ruth no supo apreciar en su exacto significado? La señorita Marple hubiera deseado saber qué pudo haber sido. Una ligera corazonada (fuera la que fuese) parecía poco probable que tuviera relación con Edgar Lawson, puesto que Ruth ni siquiera le había mencionado. Suspiró.
—Me ocultáis algo, ¿no es verdad? —preguntó Carrie Louise.
La señorita Marple pegó un respingo al oír su voz.
— ¿Por qué dices eso?
—Porque es cierto. Jolly no, pero todos los demás sí. Incluso Lewis. Entró mientras estaba tomando el desayuno, y se comportó de un modo extraño. Bebió parte de mi café e incluso mordisqueó una de mis tostadas con mermelada. Eso es muy raro, porque siempre toma té, y no le gusta la mermelada; debía de estar pensando en otra cosa... y supongo que olvidaría de desayunarse. Siempre se olvida de las comidas, y me pareció tan preocupado...
—Un asesinato... —empezó a decir la señorita Mar-pie.
Carrie Louise replicó en el acto.
—Oh, lo sé. Es algo terrible. Nunca me vi mezclada en ninguno hasta ahora. ¿Y tú, Juana? ¿Tú sí?
—Pues..., sí..., en efecto —admitió la solterona.
—Eso me dijo Ruth.
— ¿Te lo contó la última vez que estuvo aquí? —quiso averiguar la señorita Marple.
—No, no creo que fuese entonces. La verdad, no lo recuerdo.
Carrie Louise hablaba vagamente, como si estuviera distraída.
— ¿Qué estás pensando, Carrie Louise?
La señora Serrocold sonrió, pareciendo que volvía de muy lejos.
—Pensaba en Gina, y en lo que tú dijiste de Esteban Restarick. Gina es buena chica, ya sabes, y está verdaderamente enamorada de Wally. Estoy segura de esto.
La señorita Marple guardó silencio.
—A las chicas como Gina les gusta presumir un poco. Son jóvenes y les agrada demostrar su poder. Es natural. Ya sé que Hudd no es la clase de marido que había imaginado para Gina. En circunstancias normales no le hubiera conocido nunca. Pero le encontró y se enamoró de él... y es de presumir que sepa lo que le conviene.
—Es probable —repuso la señorita Marple.
—Pero es muy importante que Gina sea feliz.
La solterona la miró extrañada.
—Me figuro que es importante que todo el mundo lo sea.
—Oh, sí, pero Gina es un caso especial. Cuando recogimos a su madre... cuando adoptamos a Pippa..., nos dimos cuenta de que era un experimento que tenía que tener éxito a la fuerza. Sabes, la madre de Pippa...
Carrie Louise se interrumpió.
— ¿Quién era la madre de Pippa? —quiso saber la señorita Marple.
La señora Serrocold la miraba vacilando.
—No es simple curiosidad. La verdad... bueno... necesito saber. Ya sabes que sé frenar mi lengua.
—Siempre supiste guardar un secreto. Juana. El doctor Galbraith... ahora es obispo de Cromer… lo sabe. Pero nadie más. La madre de Pippa fue Catalina Elsworth.
— ¿Elsworth? ¿No era una mujer que administraba arsénico a su marido? Fue un caso muy famoso.
—Sí.
— ¿La mataron?
—Sí, pero sin la certeza de que le hubiera envenenado ella. El marido acostumbraba tomar arsénico..., entonces no se sabía mucho de estas cosas.
—Siempre pensamos que las declaraciones de la doncella fueron malintencionadas.
— ¿Y Pippa era hija suya?
—Sí. Eric y yo decidimos ofrecer a la niña una nueva vida... con cariño, cuidados y todo lo que precisan los niños. Tuvimos éxito. Pippa fue... ella misma. La criatura más dulce y alegre que puedas imaginar.
La señorita Marple permaneció un buen rato en silencio. Carrie Louise se levantó del tocador.
—Ya estoy lista. Quisiera que pidieras al inspector, o a quien sea, que suba a mi salita. Estoy segura de que no le importará.
Al inspector Curry no le importó. Casi agradecía la oportunidad de ver a la señora Serrocold en sus domi¬nios.
Mientras la esperaba, miró a su alrededor con curiosidad. Aquella habitación no respondía a la idea de que él tenía del boudoir de una mujer rica.
Había en ella un sofá anticuado y algunas sillas poco cómodas, estilo Victoriano, con los respaldos de madera trabajados. El tapizado muy viejo y descolorido, pero de diseño atractivo. Era una de las estancias más pe¬queñas de la casa, aunque con todo era mayor que cualquier salón de las modernas residencias, y tenía un aspecto cómodo y abigarrado con sus mesitas, sus chucherías y retratos. Curry contempló una antigua instantánea de dos niñas, una morena y avivada, y la otra feúcha y con la mirada ausente bajo un pesado flequillo. Había visto la misma expresión aquella mañana: «Pippa y Mildred», estaba escrito en la fotografía. Vio también un retrato de Eric Gulbrandsen colgado de la pared con un marco de ébano. Acababa de descubrir la efigie de un hombre bien parecido y ojos reidores que tomó por Juan Restarick, cuando se abrió la puerta dando paso a la señora Serrocold.
Vestía de negro, pero un negro etéreo y vaporoso. Su rostro blanco y sonrosado parecía inusitadamente pequeño bajo la corona de plata de sus cabellos, y había tal fragilidad en ella, que en seguida cautivó el corazón del inspector. En aquel momento comprendió muchas cosas que aquella mañana le dejaron perplejo. Ahora se daba cuenta de por qué todos querían evitar a Carolina Louise Serrocold cualquier preocupación.
«Y, no obstante —pensó—, no es de esas mujeres que arman un alboroto por nada...»
La señora Serrocold le saludó, y tras rogarle que se sentara, tomó asiento en una butaca muy próxima. Fue más bien ella quien procuró tranquilizarle. Al comenzar a interrogarla fue respondiendo a sus preguntas con presteza y sin la menor vacilación. El corte de la, luz, la disputa entre Lawson y su esposo, el disparo que oyeron...
— ¿No le pareció que aquella explosión tuvo lugar en la casa?
—No. Creí que había sido en el exterior. Pensé que tal vez procediese del tubo de escape de algún auto.
—Durante el rato que su esposo y ese joven Lawson estuvieron en el despacho, ¿se fijó si alguien abandonaba el vestíbulo?
—Wally había ido a arreglar la luz. La señorita Bellever salió poco después... a buscar algo, pero no recuerdo qué.
— ¿Quién más se marchó de allí?
—Nadie, que yo sepa.
— ¿Y sin que usted lo supiera?
Reflexionó unos instantes.
—Pues..., es posible.
— ¿Estaba completamente absorta en lo que oía, en las voces que llegaban del despacho?
—Sí.
— ¿Y no sentía temor por lo que pudiera ocurrir allí dentro?
—No..., no, la verdad. No pensé que llegara a ocurrir nada.
—Pero Lawson tenía un revólver.
—Sí.
— ¿Y amenazaba con él a su esposo?
—Sí, pero sin intención.
El inspector Curry sintióse invadir nuevamente por la exasperación. ¡Conque era como los demás!
—No es posible que pudiera tener esa seguridad, señora Serrocold.
—Pues estaba segura. Quiero decir en mi fuero interno. Como dice la gente joven... estaba representando una comedia. Eso es lo que yo pensé. Edgar es sólo un muchacho. Se puso a dramatizar como un tonto, ima¬ginando que era un carácter valiente y desesperado. Viéndose como el héroe de una historia romántica. Esta¬ba completamente segura de que nunca dispararía.
—Pero disparó, señora Serrocold.
Carrie Louise sonrió.
—Supongo que se dispararía el arma por casualidad.
El inspector Curry volvió a exasperarse.
—No fue casualidad. Lawson disparó dos veces... con¬tra su esposo. Las balas debieron pasarle rozando.
Carrie Louise pareció sorprenderse y se puso seria.
—No puedo creerlo. Oh, sí... —se apresuró a decir ante el gesto de protesta del inspector—; claro que debo creerlo si usted me lo dice. Pero todavía sigo creyendo que debe de haber alguna sencilla explicación. Tal vez el doctor Maverick sepa explicármelo.
—Oh, sí, el doctor Maverick se lo explicará muy bien —dijo el inspector, sonriendo—. Él puede explicarlo todo. Estoy seguro.
Inesperadamente la señora Serrocold le dijo:
—Ya sé que mucho de lo que hacemos aquí le parecerá tonto y sin objeto, y pensará que los psiquíatras algunas veces son muy cargantes. Pero obtenemos buenos resultados, ¿sabe? Tenemos nuestros fracasos, pero también nuestros éxitos. Y lo que intentamos vale la pena. Y aunque probablemente no lo creerá, Edgar quiere mucho a mi esposo. Comenzó a decir todas estas tonterías de que Lewis era su padre, por lo mucho que desearía tener un padre como él. Pero lo que no puedo comprender es por qué se puso tan violento de repente. Estaba mucho mejor... prácticamente casi normal. Desde luego que a mí siempre me ha parecido una per¬sona normal.
El inspector nunca quiso discutir este punto.
—El revólver con que Edgar Lawson amenazó a su esposo, pertenecía al marido de su nieta. Es de su-poner que Lawson lo cogiera de la habitación de Walter Hudd. Ahora, dígame, ¿había visto antes este revólver?
Y él mostraba en la palma de la mano una pequeña pistola automática.
Carrie Louise la observó.
—La encontré en el taburete del piano. Ha sido dis¬parada recientemente. No hemos tenido tiempo para comprobarlo con exactitud, pero me atrevería asegurar que es el arma con que mataron al señor Gulbrandsen.
— ¿Y la encontró en el taburete del piano? —preguntó con el ceño fruncido.
—Bajo unas partituras de música... que yo diría no han sido tocadas hace años.
— ¿Escondida entonces?
—Sí. ¿Recuerda quién se sentó al piano la noche pa¬sada?
—Esteban Restarick.
— ¿Estuvo tocando?
—Sí. Muy bajo. Una melodía extraña y melancólica.
— ¿Cuándo dejó de tocar, señora Serrocold?
— ¿Cuándo? No lo sé.
— ¿Pero dejó de tocar? ¿No siguió tocando durante toda la pelea?
—No. La música cesó.
— ¿Se levantó de su sitio?
—No lo sé. No tengo ni idea de lo que hizo hasta que se acercó a la puerta del despacho para probar una llave.
— ¿Conoce alguna razón por la cual Esteban Restarick pudiera haber matado al señor Gulbrandsen.
—Ninguna —y agregó, pensativa—: No creo que le matara.
—Gulbrandsen pudo haber descubierto algo que le desacreditara.
—No lo creo probable.
El inspector Curry sintió un deseo irresistible de contestar:
—Cuando la rana críe pelo..., tampoco eso parece probable.
Era aquél un dicho de su abuela. Estaba seguro de que la señorita Marple debía de conocerlo.
Carrie Louise bajó la amplia escalera y tres perso¬nas salieron a su encuentro desde distintas direccio-nes. Gina venía del pasillo; la señorita Marple de la biblioteca y Julie Bellever del Gran Vestíbulo.
Gina fue la primera en hablar.
— ¡Querida abuelita! — exclamó con cariño—. ¿Te en¬cuentras bien? ¿Te han asustado o han empleado contigo el tercer grado, acaso?
—Claro que no, Gina. ¡Qué cosas se te ocurren! El inspector es muy amable y ha sido muy considerado.
—Como debía ser —repuso la señorita Bellever—. Ahora, Cara, acabo de recoger todas sus cartas y un paquete. Iba a subírselas en este momento.
—Llévalas a la biblioteca —le dijo Carrie Louise.
Y las cuatro fueron allí.
Carrie Louise tomó asiento y comenzó a abrir su correspondencia. Había lo menos veinte o treinta cartas.
Una vez abiertas, se las tendía a la señorita Bellever, que las colocaba en montoncitos, cuyo significado explicó a la señorita Marple.
—Hay tres categorías. Unas son... de los parientes de los muchachos. Ésas las entrego al doctor Maverick. Las que piden cosas, las despacho yo misma. Y el resto son personales... y Cara me dice cómo debe contestarlas.
Una vez hubo terminado de clasificar la correspondencia, la señora Serrocold dirigió su atención al paquete cuyo cordel cortó con unas tijeras.
Entre virutas, muy bien arreglada, apareció una caja de bombones atada con una cinta dorada.
—Alguien se ha creído que es mi cumpleaños —dijo la señora Serrocold con una sonrisa.
Quitó la cinta para abrir la caja. Dentro había una tarjeta, que Carrie Louise miró con ligera sorpresa.
—«De Alex, con cariño» —leyó—. Qué extraño que me enviara una caja de bombones el mismo día que iba a venir.
Una sospecha cruzó por la mente de la señorita Marple, quien se apresuró a decir:
—Espera, Carrie Louise. No los comas todavía.
La señora Serrocold pareció sorprenderse.
—Iba a daros a todas.
—Pues no lo hagas. Espera a que pregunte... ¿Sabes si Alex está en casa, Gina?
—Creo que ahora está en el vestíbulo —repuso ésta en seguida, yendo hasta la puerta para llamarle.
Alex Restarick apareció momentos después.
— ¡Querida Madonna! ¿Ya estás levantada? ¿No ha sido nada?
Y acercándose a Carrie Louise, la besó cariñosamente en ambas mejillas.
La señorita Marple dijo:
—Carrie Louise quiere darle las gracias por los bom¬bones.
Alex se sorprendió.
— ¿Qué bombones?
—Éstos —repuso Carrie Louise.
—Pero si yo no te he enviado bombones, querida.
—La caja lleva su tarjeta —dijo la señorita Bellever.
Alex la miró.
—Pues es cierto. ¡Qué extraño! Es muy raro... Desde luego, yo no los he mandado.
—Qué cosa más extraordinaria —comentó la señorita Bellever.
—Parecen deliciosos —dijo Gina, mirando el con¬tenido de la caja—. Mira, abuelita, los del centro son de licor. Tus preferidos.
La señorita Marple, con ademán resuelto, le arrebató la caja, y sin pronunciar palabra, salió de la estancia, yendo al encuentro de Lewis Serrocold. Le costó bastante encontrarle, porque se había ido al Colegio... y allí le encontró en la habitación del doctor Maverick. Puso la caja de bombones sobre la mesa. Lewis escuchó el breve resumen que le hizo de lo ocurrido. Su rostro se puso repentinamente tenso.
Con sumo cuidado, Lewis y el doctor fueron cogiendo los bombones uno por uno para examinarlos.
—Creo —dijo el doctor Maverick—, que éstos que he separado han sufrido alguna manipulación. ¿Ve usted la desigualdad de su parte inferior? Lo que hay que hacer ahora es analizarlos.
—Pero parece increíble —dijo la señorita Marple—. Pues todos los de esta casa podrían haber sido asesinados.
Lewis asintió, todavía con el rostro pálido y contraído.
—Sí. Hay una crueldad... —se interrumpió—. Me parece que, precisamente, estos bombones son de licor. Los favoritos de Carolina. Así que, ya ven, hay cierta intención tras todo esto.
La señorita Marple repuso tranquilamente, con cal¬ma:
—Si es como usted supone... si hay... veneno... en esos bombones, me temo que Carrie Louise debe saber lo que ocurre. Debe estar sobre aviso.
—Sí —contestó Lewis, con pesadumbre—. Tendrá que saber que alguien quiere asesinarla. Creo que le va a parecer realmente Imposible.
YAROSLAV
 
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Зарегистрирован: Чт апр 22, 2010 1:49 pm

Re: Novela policíaca de Agatha Christie.

Сообщение YAROSLAV Чт июл 20, 2017 1:46 am

CAPÍTULO XVI

— ¡Ah!, señorita. ¿Es cierto que está actuando un terrible envenenador?
Gina echóse hacia atrás el cabello que le caía sobre la frente y dio un respingo al oír aquella pregunta. Llevaba manchas de pintura en la cara y en los pantalones. Junto con sus ayudantes, seleccionados entre los muchachos, había estado muy atareada pintando para su próxima producción teatral un telón de fondo que representaba una puesta del Sol en el Nilo. Fue uno de sus ayudantes quien hizo la pregunta. Ernie, el muchacho que le había dado lecciones sobre el modo de abrir las cerraduras. Sus dedos eran igualmente hábiles en el manejo de las herramientas de carpintería, y era uno de los más entusiastas de la sección teatral.
Ahora sus ojos estaban brillantes.
— ¿De dónde sacaste esa idea? —preguntó Gina, Indignada.
Ernie le guiñó un ojo.
—Es de lo que se habla en los dormitorios —repuso—. Pero, escuche, señorita, no fue ninguno de nosotros... Nada de eso. Nadie podría hacerle daño a la señora Serrocold. Ni siquiera Jerkins se atrevería a engañarla. Es distinto si se tratara de esa vieja bruja. Ninguno quisiéramos envenenarla, ninguno.
—No hables así de la señorita Bellever.
—Lo siento, señorita. Se me escapó. ¿Qué veneno es ése, señorita? ¿Estricnina? Le hace doler a uno la espalda, y tener una agonía terrible. ¿O era ácido prúsico?
—No sé de lo que me estás hablando, Ernie.
Ernie volvió a dedicarle un guiño.
— ¡Vaya que no! El señor Alex lo hizo, según dicen, Le trajo bombones de Londres. Pero eso es mentira. El señor Alex no haría una cosa así, ¿verdad, señorita?
—Claro que no —dijo Gina.
—Es más probable que lo hiciera el señor Baumgarten. Cuando nos da clase, pone unas caras terribles, y creemos que es un vampiro.
—Quita de ahí la trementina.
Ernie obedeció mientras murmuraba como para sí:
— ¡Valiente vida! Ayer quitaron de en medio al viejo Gulbrandsen y ahora un envenenador secreto. ¿No cree que puede ser la misma persona? ¿Qué diría usted, señorita, si le dijera que sé quién lo mató?
—No es posible que tú lo sepas.
— ¿Que no? Suponga que estuviera fuera ayer noche y lo viera.
— ¿Cómo iba a ser posible que estuvieses fuera? El Colegio se cierra a las siete, después de pasar lista.
—Después de pasar lista..., yo puedo salir cuando quiero, señorita. Los cerrojos no significan nada para mí. Salgo a pasear por el parque sólo para divertirme
—Quisiera que dejases de decir mentiras, Ernie.
— ¿Quién las dice?
—Tú. Mientes y te jactas de cosas que nunca has hecho.
—Eso es lo que usted dice, señorita. Espere a que vengan los polis y me pregunten lo que vi la noche pasada.
—Y bien, ¿qué viste?
— ¡Ah! —replicó Ernie—. ¿Le gustaría saberlo?
Gina hizo ademán de perseguirle y Ernie retiróse estratégicamente. Esteban salía por el otro lado del teatro y fue a reunirse con Gina. Discutieron algunos asuntos técnicos y luego caminaron juntos en dirección a la casa.
—Parece que todos saben lo de la abuelita y los bombones —dijo Gina—. Me refiero a los muchachos. ¿Cómo se habrán enterado?
—Nos habrán oído hablar.
—Y saben lo de la tarjeta de Alex. Esteban, ¿no te parece una tontería haber puesto la tarjeta de Alex en la caja cuando precisamente iba a venir?
—Sí, pero ¿quién sabía que iba a venir? Lo decidió de sopetón y envió un telegrama. Probablemente, entonces, ya habrían enviado la caja al correo, y si no llega a venir, hubiera sido una buena idea, porque algunas veces le manda bombones a Carolina.
Y prosiguió:
—Lo que no puedo comprender es...
—... que haya alguien que quiera matar a abuelita —le atajó Gina—. Lo sé. ¡Es inconcebible! Es tan adorable... que absolutamente todos tienen que adorarla forzosamente.
Esteban no respondió, mientras Gina le observaba fijamente.
— ¡Sé lo que estás pensando, Esteban!
— ¿Qué?
—Estás pensando que Wally... no la adora. Pero Wally no es capaz de envenenar a nadie. Es una idea ridícula.
— ¡La esposa fiel!
—No lo digas en ese tono de burla.
—No tenía intención de burlarme. Creo que lo eres. Por eso te admiro; pero, querida Gina, ya sabes que no puedes ocultarlo.
— ¿Qué quieres decir, Esteban?
—Lo sabes muy bien. Tú y Wally no sois el uno para el otro. Es una de esas cosas que saltan a la vista. Él también lo sabe. Cualquier día llegará la ruptura, y los dos seréis mucho más felices.
—No seas idiota.
Esteban echóse a reír.
—Vamos, no irás a decir que os lleváis muy bien o que Wally es feliz aquí.
—Oh, no sé lo que le pasa —exclamó la joven—. Siempre está triste. Apenas habla. Yo... Yo no sé qué hacer. ¿Por qué no puede pasarlo bien aquí? Nos habíamos divertido tanto juntos..., todo era divertido... y ahora parece otro. ¿Por qué tienen que cambiar tanto las personas?
— ¿Yo he cambiado?
—No, querido Esteban. Tú siempre eres Esteban. ¿Recuerdas cómo te iba detrás durante las vacaciones?
—Y qué pesada me parecías... pensaba... esa chiquilla despreciable. Bien, ahora se han invertido los papeles. Y me tienes donde tú querías, ¿no es cierto, Gina?
—Estúpido —repuso Gina sin vacilar, y agregó apresuradamente—. ¿Tú crees que Ernie ha mentido? Pretende haber estado paseando entre la niebla ayer noche, y asegura que puede decir muchas cosas del asesino. ¿Tú crees que puede ser cierto?
— ¿Cierto? Claro que no. Ya sabes cómo le gusta inventar. Lo hace para darse importancia.
—Oh, lo sé. Sólo que quisiera saber...
Continuaron andando uno junto al otro, sin cruzar palabra.
El sol poniente iluminaba la fachada oeste de la casa. El inspector Curry miró en aquella dirección.
— ¿Es éste el sitio donde detuvo su automóvil ayer noche? —preguntó.
Alex Rasterick echóse un tanto hacia atrás, como si reflexionase.
—Más o menos —repuso—. Es difícil precisarlo con exactitud. Había mucha niebla. Sí, yo diría que fue aquí.
El inspector Curry miró a su alrededor apreciativamente.
El camino enarenado formaba una curva suave en línea recta hacia la casa. Atravesando el espacio cubierto de césped, llegó a la terraza y entró por la puerta lateral. Momentos después se agitaron violentamente las cortinas de una de las ventanas. Luego Dodgett volvió a aparecer por la puerta que daba al jardín y regresó, jadeando como una máquina de vapor.
—Dos minutos y cuarenta y dos segundos —dijo el inspector Curry parando el cronómetro—. No se necesita más tiempo para estas cosas, ¿verdad?
Su tono era tranquilo.
—Yo no corro tanto como su ayudante —dijo Alex—. Me figuro que son mis supuestos movimientos los que está usted controlando.
—Sólo hago constar que usted tuvo oportunidad de cometer el crimen. Eso es todo, señor Restarick. No estay acusando a nadie... todavía.
Alex dirigióse al ayudante, que aún jadeaba:
—No puedo correr tanto como usted, pero creo que estoy más entrenado.
—Esto me pasa desde el año pasado que tuve bronquitis —dijo Dodgett.
—Ahora, en serio —Alex dirigióse al inspector—, a pesar de querer ponerme nervioso y observar mis reacciones... debe recordar que los artistas somos, oh, tan sensibles... ¡tan tiernos! —su voz adquirió un tono burlón—. ¿Cree de verdad que yo tengo algo que ver con todo esto? No iba a enviar una caja de bombones envenenados a la señora Serrocold con mi tarjeta dentro, ¿no le parece?
—Tal vez sea esto lo que se quiere hacernos pensar. Existe el doble engaño, señor Restarick.
—Ah, ya. Muy ingenioso. A propósito: ¿estaban envenenados esos bombones?
—Los seis rellenos de licor que había en el centro, sí. Contenían aconitina.
—No es ninguno de mis venenos favoritos, inspector. Personalmente siento debilidad por el curare.
—El curare tiene que ser introducido en la sangre, señor Restarick, y no en el estómago.
—Qué maravillosos conocimientos posee la policía —dijo Alex, admirado.
El inspector Curry dirigió una mirada de reojo al joven, observando sus puntiagudas orejas y sus faccio-nes, más propias de un mongol que de un inglés. En sus ojos brillaba una chispita de burla maliciosa. Era difícil de saber en cualquier ocasión lo que Alex Restarick estaba pensando. ¿Era un sátiro... o tal vez un fauno? Un fauno sobrealimentado, pensó el inspector Curry de repente, y esta idea le llenó de inquietud.
Una serpiente con cerebro... así podía definirse a Alex Restarick. Más listo que su hermano. Su madre fue una rusa o algo así, según había oído decir. Todo lo que tenía algo que ver con Rusia era malo, según opinión del inspector Curry, y si Alex Restarick había asesinado a Gulbrandsen resultaría un asesino muy satisfactorio. Pero, por desgracia, Curry no estaba convencido en absoluto de que lo fuera.
El ayudante Dogett, que había recobrado el aliento, dijo:
—Moví las cortinas como usted me dijo, señor. Y con¬té hasta treinta. He notado que esas cortinas tienen un roto en la parte superior. Eso quiere decir que queda una abertura que permite ver desde fuera si hay luz en la habitación.
— ¿Notó usted si había luz en esa ventana la noche pasada? —preguntó el inspector Curry a Alex.
—No podía distinguir la casa a causa de la niebla. Ya se lo dije.
—Pero la niebla se aclara a veces durante uno o dos minutos en algunos puntos.
—No se aclaró lo suficiente para que pudiera ver la casa, es decir, la parte principal. El edificio del gimnasio más cercano surgía ante la niebla de un modo delicioso e irreal. Daba la impresión de los almacenes en los puertos. Como le dije, estoy montando un ballet y...
—Ya me lo explicó —se apresuró a recordarle el inspector Curry.
—Uno se acostumbra a mirar las cosas desde el punto de vista de una decoración escénica, más que desde la realidad.
—Me lo figuro. Y no obstante, un escenario es bastante real, ¿no es cierto, señor Restarick?
—No veo lo que quiere usted decir, inspector.
—Pues que está hecho de materias reales... lona, madera, pintura y cartón. La ilusión está en los ojos del espectador, no en la escena. Así, como le digo, es todo totalmente real, tanto entre bastidores como visto de frente.
— ¿Sabe, inspector, que eso demuestra mucha penetración? Me ha dado una idea.
— ¿Para otro ballet?
—No, no es para ballet... Válgame Dios. ¿No habremos sido demasiado estúpidos?
El inspector y Dodgett regresaron a la casa atravesando el césped. (En busca de huellas, pensó Alex, pero se equivocaba. Las estuvieron buscando a primera hora de la mañana, sin éxito, pues había llovido copiosamente a las dos de la madrugada.) Alex volvía por el camino, dando vueltas en su mente a las posibilidades de su nueva idea.
Sin embargo, se distrajo de estos pensamientos al ver a Gina paseando junto al lago. La casa estaba sobre una ligera prominencia, y el terreno declinaba suavemente desde la explanada cubierta de grava hasta el lago, rodeado de rododendros y otros arbustos. Alex corrió a su encuentro.
—Si uno pudiera olvidarse de esa absurda monstruosidad victoriana —dijo poniendo los ojos en blanco—, éste podría ser el Lago de los Cisnes, y tú, Gina, su Reina. Aunque te pareces más a la reina de las Nie¬ves. Eres cruel, siempre quieres salirte con la tuya, sin la menor piedad, amabilidad, o ni siquiera compasión. Eras muy, pero muy femenina, querida Gina.
— ¡Qué malicioso eres, querido Alex!
— ¿Porque no quiero dejarme engañar por ti? Estás muy satisfecha de ti misma, ¿no es así, Gina? Nos tie¬nes a todos como a ti te gusta. A mí, a Esteban y al infeliz de tu marido,
—No digas tonterías.
—Oh, no. No son tonterías. Esteban está enamorado de ti, y yo también y Wally desesperado. ¿Qué más puede desear una mujer?
Gina le miró, echándose a reír,
—Celebro ver que al menos eres sincera. No te molestas en simular que no eres atractiva... o que te molesta terriblemente que los hombres se sientan atraídos por ti. ¿Te gusta que se enamoren de ti, verdad, cruel y despiadada Gina? ¡Incluso el pobre Edgar Lawson!
Gina le miró de hito en hito y repuso con seriedad:
—Ya sabes que eso no dura mucho tiempo. Las mujeres tienen la juventud más corta que los hombres. Tienen hijos... y se preocupan terriblemente por ellos. En cuanto pierden su atractivo, los hombres ya no las quieren y las dejan de lado. No se lo reprocho. Yo ha¬ría lo mismo. No me agradan las personas viejas, feas o enfermas, que se quejen de sus problemas o que son tan ridículas como Edgar, pavoneándose e inventando cosas para darse importancia. ¿Dices que soy cruel? ¡Es el mundo el cruel! ¡Y más pronto o más tarde lo será conmigo! Pero ahora soy joven, bonita, y la gente me encuentra atractiva. —Sus dientes brillaron al mostrarlos con su peculiar sonrisa—. Sí, Alex, me divierte. ¿Por qué no puedo divertirme?
— ¿Por qué no, desde luego? — replicó Alex—. Lo que quiero saber es lo que vas a hacer, ¿vas a casarte con Esteban o conmigo?
—Estoy casada con Wally.
—Temporalmente. Cualquier mujer puede cometer un error al casarse..., pero no hay necesidad de per¬sistir en el error. Una vez se ha representado la comedia en provincias, ha llegado la hora de representarla en Londres.
— ¿Y ese Londres eres tú?
—Sin duda alguna.
— ¿De veras quieres casarte conmigo? No te puedo imaginar casado.
—Pues insisto en ello. Las aventuras siempre me han parecido muy anticuadas. Luego surgen infinidad de difi¬cultades para los pasaportes, hoteles y demás. ¡No tendré nunca una amante, a menos que no haya otro remedio!
La risa de Gina sonó clara y fresca.
—Eres muy divertido, Alex.
—Es todo mi haber. Esteban es más atractivo que yo. Es muy guapo y vehemente, cosa que entusiasma a las mujeres. Pero la vehemencia resulta aburrida en el hogar. Conmigo, Gina, la vida te divertirá más.
— ¿Es que no vas a decirme que me amas con locura?
—Por verdad que eso fuera, no te lo diría. Tú ganarías un punto y yo lo perdería. No; estoy dispuesto a pedirte en matrimonio de un modo comercial.
—Tendré que pensarlo —repuso Gina, sonriendo.
—Naturalmente. Además, primero tienes que sacar a Wally de su desesperación. Le tengo mucha simpatía. Debe de ser un infierno para él estar casado contigo y que le hayas arrastrado hasta esta pesada y filantró¬pica atmósfera familiar.
— ¡Qué animal eres, Alex!
—Un animal muy perspicaz.
—Algunas veces —dijo Gina—. No creo que Wally me quiera ni tanto así. Ya no me hace ningún caso.
— ¿Le has estado molestando con un palo y no te ha respondido? Que contrariedad.
Como un relámpago, la mano de Gina propinó una bofetada en la suave mejilla de Alex.
— ¡Tocado! —exclamó Alex.
Con un rápido movimiento, la tomó en sus brazos y antes de que ella pudiese resistirse la besó con ardor. La joven se debatió unos momentos... luego fue cediendo...
— ¡Gina!
Se separaron. Mildred Strete, con el rostro arrebolado y los labios temblorosos, les miraba acusadoramente. Por unos momentos su vehemencia apenas le permitió pronunciar las palabras.
—Qué lamentable... qué lamentable... tú eres igual que tu madre... siempre supe que eras mala... de mala raza... depravada. . y no sólo una esposa infiel... sino además una asesina. ¡Sé lo que digo!
— ¿Y qué es lo que sabes? No seas ridícula, tía Mildred.
—No soy tía tuya, a Dios gracias. No tenemos ningún parentesco de sangre. ¡Tú, ni siquiera sabes quién fue tu madre, ni de dónde vino! Pero yo sé muy bien quiénes han sido mis padres. ¿Qué clase de criatura crees que adoptarían ellos? ¡La hija de un criminal o de una mujer desgraciada, con toda seguridad! Eso de¬bieron de ser tus padres. Debieron pensar que la mala sangre sale a relucir algún día. Aunque me atrevería a asegurar qué es la parte italiana que hay en ti la que te hizo emplear veneno.
— ¿Cómo te atreves a hablarme así?
—Diré lo que me parezca. Ahora no puedes negarlo. ¡Atrévete a negar que alguien intentó envenenar a mi madre! ¿Y quién es la persona más adecuada? ¿Quién entrará en posesión de una gran fortuna a su muerte? Tú, Gina, y puedes estar segura de que la policía no ha pasado por alto ese detalle.
Mildred se alejó de la habitación a toda prisa, temblando todavía.
—Un caso patológico —dijo Alex—. Definitivamente patológico. Muy interesante.
—No seas ofensivo, Alex. Oh, la odio, la odio, la odio.
Gina se retorcía las manos con furia.
—Afortunadamente no tenías un arma a mano —dijo Alex—. De otro modo, la querida señora Strete hubiera sabido algo más sobre el crimen, desde el punto de vista de la víctima. Cálmate, Gina. No te pongas melodramática, como si estuvieras representando una ópera italiana.
— ¿Cómo se atreve a decir que yo intento envenenar a abuelita?
—Bueno, querida; alguien ha tratado de hacerlo. Y, contando con los motivos, tú eres la más indicada, ¿no te parece?
— ¡Alex! —Gina le miró con desmayo—. ¿Es que lo cree la policía?
—Es en extremo difícil saber lo que piensa la policía... Oculta perfectamente bien sus opiniones. No es tonta, ya lo sabes. Eso me recuerda...
— ¿Adonde vas?
—A poner en práctica una idea.



CAPÍTULO XVII

—Dices que alguien ha intentado envenenarme?
La voz de Carrie Louise denotaba asombro e incredulidad.
—Sabes —dijo—, no puedo creerlo.
Aguardó unos momentos con los ojos semicerrados.
—Quisiera haber podido evitarte esto, querida —le dijo Lewis con toda amabilidad.
Casi de un modo automático le tendió una mano que él tomó entre las suyas.
La señora Marple, que se hallaba sentada a su lado meneó la cabeza expresando su simpatía.
Carrie Louise abrió los ojos.
— ¿Es verdad, Juana? —le preguntó.
—Me temo que sí, querida.
—Entonces todo... —Carrie Louise se interrumpió—. Siempre creí saber lo que era real y lo que no lo era. —Prosiguió—. Esto no lo parece... y lo es... Así que debo haberme equivocado siempre... Pero ¿quién iba a querer hacerme una cosa así? No es posible que nadie en esta casa quiera... asesinarme.
Su voz seguía denotando incredulidad.
—Eso es lo que yo pensaba —dijo Lewis—. Estaba equivocado.
— ¿Y Christian lo sabía? Eso lo explica todo.
— ¿Qué es lo que explicar —quiso saber Lewis.
—Su comportamiento —repuso Carrie Louise—. Estaba muy raro, ¿sabes? No era el de siempre. Parecía... preocupado por mí y como si quisiera decirme algo... que no me dijo. Y me preguntó si tenía el corazón fuerte... si había estado bien últimamente. Tal vez quiso sonsacarme. Pero, ¿por qué no me lo decía con toda franqueza? Es mucho más sencillo decir las cosas abiertamente.
—No quiso causarte pena, Carolina.
— ¿Pena? Pero ¿por qué...? Oh, ya comprendo —sus ojos se abrieron como naranjas—. Eso es lo que tú crees. Pero estás equivocado, Lewis, completamente equivocado. Puedo asegurártelo.
Su esposo esquivó la mirada.
—Lo siento —dijo Carrie Louise al cabo de unos momentos—. Pero no puedo creer que sea verdad nada de lo que ha ocurrido últimamente. Edgar disparando contra ti. Gina y Esteban. Esa ridícula caja de bombones. No puede ser cierto.
Nadie habló. Carolina Louise Serrocold, luego de suspirar, dijo:
—Me figuro que he vivido durante mucho tiempo lejos de la realidad... por favor... quisiera estar sola... Tengo que procurar comprender...
Cuando la señorita Marple bajaba la escalera para dirigirse al Gran Vestíbulo, encontró a Alex Restarick de pie junto al arco de la puerta de entrada con el brazo extendido en un ademán extravagante.
—Pase, pase —dijo Alex alegremente como si fuera dueño del vestíbulo—. Pensaba en lo de ayer noche.
Lewis Serrocold, que había seguido a la señorita Marple desde la habitación de Carrie Louise, atravesó el Gran Vestíbulo refugiándose en su despacho y cerrando la puerta tras sí.
— ¿Es que intenta reconstruir el crimen? —preguntó la señorita Marple con disimulado interés.
— ¿Eh? —Alex la miraba con el ceño fruncido, que luego desarrugó.
—Oh, eso —repuso—. No, no es exactamente eso. Estaba mirándolo desde un punto de vista completamente distinto. Pensaba en ello en términos teatrales. No real, sino artificialmente. Venga aquí. Piense en los términos de un escenario. Luces, entradas, salidas. Personajes. Ruidos. Todo muy interesante. Creo que es un hombre bastante cruel. Esta mañana hizo todo lo que pudo para asustarme.
— ¿Y lo consiguió?
—No estoy seguro.
Alex le describió el experimento del inspector de cronometrar el tiempo mientras su ayudante Dodgett realizaba la acción falto de aliento.
—El tiempo engaña mucho —le dijo—. Uno cree que estas cosas necesitan mucho, pero, claro, no es así.
—No —dijo la señorita Marple.
Representando al público, se cambió de sitio. El escenario consistía en un amplio tapiz que cubría toda la pared hasta perderse en la oscuridad, un piano de cola, una ventana y el asiento junto a ésta. Muy cerca de la ventana estaba la puerta que daba a la biblioteca. El taburete del piano sólo quedaba a unos ocho pies de la puerta que daba al pie de la escalera y al pasillo. Dos salidas muy convincentes. El público, naturalmente, te¬nía una bella vista de ambas.
Pero la noche anterior no hubo público. Nadie, por así decir, había estado contemplando el escenario que ahora tenía ante sus ojos la señorita Marple. La noche anterior el público daba la espalda a la escena.
« ¿Cuánto debió tardar —pensaba la señorita Marple— en escurrirse de la estancia, recorrer el pasillo, disparar contra Gulbrandsen y regresar? Contando los minutos y segundos... muy poco en realidad... Pudo ser así.» ¿Qué quiso dar a entender Carrie Louise cuando dijo a su esposo: "Esto es lo que tú crees..., pero estás equivocado, Lewis"?»
—Debo confesar que fue una observación muy acertada por parte del inspector —la voz de Alex la sacó de sus meditaciones—. Al decir que un escenario es algo real... hecho de madera y cartón, pegados con cola y tan real por el lado pintado como por el otro. «La ilusión está en los ojos de los espectadores», fue lo que dijo.
—Como los ilusionistas —murmuró la señorita Marple—. El truco de los espejos, creo que es la frase que emplean en el lenguaje teatral.
Esteban Restarick entraba en aquellos momentos respirando con cierta dificultad.
—Hola, Alex —le dijo—. Ese chicuelo, Ernie Greg... no sé si lo recuerdas...
— ¿El que hizo el papel de Peste cuando representaste «La Doceava Noche»? Me pareció que tenía talento.
—Sí, lo tiene. También sus manos son muy hábiles. Hace muchos trabajos de carpintería. Sin embargo ahora eso no viene al caso. Ha estado diciéndole a Gina que sale por las noches y se pasea por los alrededores... que anoche estaba por aquí y se jacta de haber visto algo.
Alex giró en redondo.
— ¿Qué es lo que ha visto?
— ¡No quiere decirlo! Me parece que sólo trata de intervenir en esta representación. Es un mentiroso, pensé que tal vez debiera ser interrogado.
—Yo, de momento lo dejaría —repuso Alex con aspereza—. No vaya a creer que estamos muy interesados.
—Tal vez tengas razón. Esta noche, quizás.
Esteban dirigióse a la biblioteca.
La señorita Marple fue dando lentamente la vuelta al vestíbulo en su papel de auditorio movible, tropezando con Alex, que de pronto había echado a andar hacia atrás.
—Lo siento —dijo la señorita Marple.
Alex, con el ceño fruncido, repuso distraído:
—Perdone —y agregó sorprendido— Oh, es usted.
A la solterona le pareció aquélla una observación extraña viniendo de una persona con la que llevaba un rato charlando.
—Estaba pensando en otras cosas —le dijo—. Ese chico, Ernie... —hizo un gesto vago con ambas manos.
Luego, con un repentino cambio de acción, cruzó el vestíbulo, fue a la biblioteca, cerrando la puerta tras sí.
A través de la puerta cerrada se oía el rumor de las voces, pero la señorita Marple apenas prestó atención. Le interesaba lo que el versátil Ernie pudo haber visto, o inventado. No creyó ni por un momento que Ernie hubiera escogido una noche tan oscura como la anterior para poner en práctica sus habilidades como cerrajero y pasear por el parque. Lo más probable era que no hubiera salido aquella noche. Lo dicho, eran sólo baladronadas.
«Como Juan Backhouse», pensó la señorita Marple, que siempre tenía un buen surtido de comparaciones entre los habitantes de St. Mary Mead.
«Ayer noche le vi», decía siempre Juan Backhouse a todo el que pensaba iba a causar efecto.
Y era sorprendente ver los éxitos obtenidos. Pues muchas personas, según reflexión de la solterona, habían estado en sitios donde no deseaban ser vistas.
Alejó a Juan de su mente y concretó su pensamiento en algo vago que había despertado el relato de Alex sobre las observaciones del inspector Curry, y que le dieron una idea. A lo mejor la misma que se le había ocurrido a ella. ¿Sería igual? ¿Otra distinta?
Permaneció de pie donde tropezó con Alex, pensando entretanto:
«Esto no es un verdadero vestíbulo, sino un montón de cartones, lonas y maderas. Esto es un escenario...»
Algunas frases sueltas cruzaron, por su mente: «Ilusión... en los ojos de los espectadores.» «El truco de los espejos...» Peceras llenas de pececillos dorados... metros de cintas de colores... mujeres que desaparecen... Toda la falsedad del arte de los ilusionistas... Toda una gama de trucos bien dispuestos...
Algo acudió a su subconsciente... una imagen, algo que Alex había dicho... que le había descrito... El ayudante Dodgett jadeando... jadeando... Algo que flotaba en su mente... tomó forma de pronto...
— ¡Pues, claro! —exclamó—. Eso debe de ser...

CAPÍTULO XVIII

— ¡Oh, Wally, qué susto me has dado!
Gina, que salía de la penumbra junto al teatro, se sobresaltó al ver la figura de Wally Hudd recortándose en la oscuridad. Todavía no era noche ce¬rrada, pero la media luz hace que los objetos pierdan realidad y tomen formas fantásticas, de pesadilla.
— ¿Qué estás haciendo aquí? Por lo general nunca te acercas al teatro.
—Puede que te anduviese buscando, Gina. Es el mejor sitio para encontrarte, ¿no es cierto?
La voz pastosa de Wally no dejó entrever ninguna insinuación especial y, no obstante, Gina acobardóse un tanto.
—Es un trabajo que me gusta. Me encanta el olor de la pintura y la lona fuerte y tensa de los decorados.
—Sí. Significa mucho para ti. Ya lo he visto. Dime, Gina, ¿cuánto tiempo crees tú que tardará en aclararse este asunto?
—La vista de la causa será mañana. Sólo podrá aplazarse quince días o cosa así. Por lo menos, eso es lo que me ha dado a entender el inspector Curry.
—Quince días —repitió Wally pensativo—. Ya. Digamos quizá tres semanas. Y después... seremos libres. Entonces volveré a los Estados Unidos.
— ¡Oh! ¡Pero yo no puedo marcharme así! — exclamó Gina—. No puedo dejar a abuelita. Y ahora tenemos dos nuevas producciones en las que estamos trabajando...
—No he dicho nos iremos... sino que me iré yo.
Gina se detuvo para mirar a su esposo. El efecto de las sombras le hizo parecer muy alto. Una figura grande, tranquila..., pero en cierto modo ligeramente amenazadora.
— ¿Quieres decir... — vacilaba — que no quieres que vaya contigo?
—Pues no... Yo no he dicho eso.
—Entonces te da lo mismo que vaya o no. ¿No es eso?
—Escucha, Gina. De eso es de lo que tenemos que hablar. No sabíamos gran cosa el uno del otro cuando nos casamos... ni de nuestro pasado, ni de nuestras familias. Pensamos que no importaba... Lo único importante era pasarlo bien juntos. Fin del primer acto. Tus parientes no pensaron ni... piensan... bien de mí. Tal vez tengan razón. No soy de su clase. Pero si crees que voy a quedarme aquí, haciendo cosas que yo considero locuras... en ese caso... piénsalo bien. Yo quiero vivir en mi país, y dedicarme a una clase de trabajo que me gus¬te y pueda hacer. La idea que yo tengo de lo que debe ser una esposa es la de una mujer como las que acompañaban a los antiguos buscadores de oro, dispuesta a todo: penalidades, países desconocidos, peligros... Tal vez sea pedirte demasiado, pero tienes que ser todo eso, o nada. Puede que yo te indujera a casarte. De ser así, será mejor que te dé la libertad para que puedas comenzar de nuevo. Tú decidirás. Si prefieres a uno de esos muchachos artistas... es tu vida y tienes derecho a escoger, pero yo me vuelvo a casa.
—Creo que eres un completo cerdo —dijo Gina—. Yo me divierto aquí.
— ¿Sí? Pues yo, no. Me figuro que incluso un crimen te divierte.
—Eso que has dicho es una crueldad —dijo Gina aspirando con fuerza—. ¿No te das cuenta de que alguien ha estado envenenando a abuelita durante meses? ¡Es horrible!
—Ya te he dicho que no me gusta este sitio, ni las cosas que aquí ocurren. Me marcho.
— ¡Si te dejan! ¿No te das cuenta de que es probable que te arresten por el asesinato de tío Christian? No me gusta como te mira el inspector Curry. Parece un gato a punto de saltar sobre el ratón. Y porque estabas arreglando las luces y no eres inglés, estoy segura de que te echarán la culpa.
—Necesitan tener pruebas.
—Tengo miedo por ti, Wally. Lo tengo desde el principio.
—Eso no sirve de nada. ¡Te digo que no tienen nada contra mí!
Caminaron en silencio, en dirección a la casa.
— No creo que desees realmente que regrese a América contigo —dijo Gina al cabo de un rato.
Walter Hudd no contestó.
Gina se volvió hacia él y golpeó el suelo con el pie.
— Te odio. Te odio. Eres horrible... despreciable... un ser cruel y sin sentimientos. ¡Después de todo lo que he intentado hacer por ti! Quieres librarte de mí. No te importa no volverme a ver. Bueno, ¡pues a mí tampoco me importa no verte más! Fui una tonta cuando me casé contigo. Conseguiré el divorcio lo más pronto posible, y me casaré con Esteban o Alex, y seré mucho más feliz que lo hubiera sido contigo. Y espero que tú vuelvas a los Estados Unidos y te cases con alguna mujer horrible que te haga muy desgraciado.
— ¡Espléndido! —replicó Wally—. ¡Ahora ya sabemos a qué atenernos!
La señorita Marple vio a Gina y a Wally entrar juntos en la casa.
Se hallaba en el lugar donde el inspector Curry llevó a cabo su experimento con ayuda de Dodgett.
La voz de la señorita Bellever le hizo dar un respingo.
— Si se está ahí quieta, se enfriará, señorita Marple. Ya se ha ido el sol.
La señorita Marple, sumisa, echó a andar a su lado y juntas se dirigieron hacia la casa.
— Estaba pensando en los trucos de los ilusionistas — dijo la señorita Marple —. Tan difíciles que parecen cuando se quiere ver lo que hacen, y no obstante, tan sencillos que resultan una vez explicados. (Sin embargo, sigo sin entender cómo se las arreglan para sacar una pecera llena de peces.) ¿Ha visto alguna vez aserrar a una mujer por la mitad...? Es un truco emocionante. Recuerdo que me fascinaba cuando tenía once años. Y nunca pude imaginar cómo lo hacían. Pero el otro día vino un artículo en un periódico explicándolo todo. No creí que eso lo publicaran en los periódicos, ¿verdad? Parece que sólo hay una mujer... y son dos. La cabeza de una y los pies de otra. Uno cree que es una sola y son dos... y el efecto es magnífico, ¿no le parece?
La señorita Bellever la contemplaba ligeramente sorprendida.
Juana Marple no había estado nunca tan incoherente como entonces.
«Debe haber sido demasiado para la pobre señora», pensó.
—Cuando sólo se mira el lado de una cosa, sólo se ve ese lado —continuaba la solterona—. Pero todo encaja maravillosamente si uno puede decidir lo que es realidad y lo que es ilusión —agregó con brusquedad—. ¿Y Carrie Louise... se encuentra bien?
—Sí —repuso la señorita Bellever—. Está perfectamente. Pero debe haber sido un gran golpe para ella... descubrir que alguien quiere asesinarla. Quiero decir que para ella tiene que ser peor, porque no comprende esas violencias.
—Carrie Louise comprende muchas más cosas que usted y yo —contestó miss Marple pensativa—. Siempre fue así.
—Sé a lo que se refiere... Pero no vive en un mundo real.
— ¿No?
—Nunca hubo una persona que viviera menos en este mundo que Caro... —dijo la señorita Bellever mirándola sorprendida.
— ¿No cree usted que tal vez...? — se interrumpió al ver pasar a Edgar Lawson dando grandes zancadas. Éste hizo una inclinación de cabeza, pero volvió la cara al pasar ante ellas—. Ahora recuerdo a quién se parece —dijo la señorita Marple—. Se me acaba de ocurrir hace unos momentos. Me recuerda a un joven llamado Leonardo Wylie. Su padre era distinto, pero se volvió viejo y ciego y le temblaba el pulso, y la gente prefería que les visitara el hijo; pero el anciano se portó como un miserable, quedó muy abatido, dijo que ya no servía para nada, y Leonardo, que tenía un corazón muy tierno y era bastante tonto, comenzó a beber más de lo que debiera. Siempre olía a whisky y hacía el borracho cuando atendía a sus clientes. Su intención era que volvieran con su padre al ver que el más joven no era bueno.
— ¿Y lo hicieron así?
—Claro que no —repuso la señorita Marple—. Cualquiera con algo de sentido pudo decirle lo que iba a ocurrir. Los pacientes se fueron con un dentista rival, el señor Reilly. Muchas personas de buen corazón no tienen sentido común. Además, Leonardo era tan poco convincente... La idea que tenía de un borracho era muy distinta de la realidad... y desparramaba el whisky por encima de sus ropas, ¿sabe...? hasta un extremo inconcebible.

CAPÍTULO XIX

Encontraron a la familia reunida en la biblioteca. Lewis paseaba de un lado a otro y se respiraba cierta tensión en el ambiente.
— ¿Ocurre algo? —preguntó la señorita Bellever.
—Ernie Grey no estaba esta noche al pasar lista —replicó Lewis.
— ¿Se ha escapado?
—No lo sabemos… Maverick y algunos profesores andan buscándole por los alrededores. Si no damos con él, habrá que avisar a la policía.
— ¡Abuelita! —Gina corrió al lado de Carrie Louise, asustada por la palidez de su rostro—. Pareces enferma.
—Estoy muy disgustada. Este pobre chico...
—Esta noche iba a interrogarle por si ayer noche había visto algo de interés —dijo Lewis—. Me han ofrecido un buen empleo para él y pensé hablarle de ello, después de discutir lo de anoche. Ahora... —interrumpióse.
La señorita Marple murmuró por lo bajo:
—Pobrecillo... el muy tonto...
Meneó la cabeza, compasivamente y la señora Serrocold le dijo:
— ¿Así que tú también piensas lo mismo, Juana?
Esteban Restarick entró en la estancia, diciendo:
—Te he echado de menos en el teatro, Gina. Creí que habías dicho que querías... Hola, ¿qué pasa?
Lewis volvió a repetir la información y, cuando terminó de hablar, apareció el doctor Maverick acompañado de un muchacho rubio de mejillas sonrosadas y expresión angelical. La señorita Marple lo recordaba por haber cenado con ellos la noche que llegó a Stonygates.
—Me he traído a Arturo Jenkins —dijo el doctor Maverick—. Al parecer, ha sido el último que habló con Ernie.
—Vamos, Arturo —apremió el señor Serrocold—. Ayúdanos, si es posible, por favor. ¿Dónde ha ido Ernie? ¿Es sólo una travesura?
—No lo sé, señor. De verdad que no lo sé. No me dijo nada. Estaba entusiasmado con la obra que pre-paran. Dijo que tenía una idea estupenda para el es¬cenario, de esas que la señora Hudd y el señor Esteban consideran de primera clase.
—Hay otra cosa, Arturo. Ernie declaró haber estado vagando por el parque ayer noche después del toque de silencio. ¿Es cierto?
—Claro que no. Sólo quiso darse importancia, eso es todo. Ernie es muy mentiroso. Nunca salió por la noche. Solía decir que era capaz de hacerlo, pero no era tan hábil como para abrir los cerrojos. No podía hacer nada ante un cerrojo que fuese un cerrojo. De todas formas, anoche estuvo dentro, me consta.
— ¿No dirás eso para complacernos, Arturo?
—Lo juro —repuso con seriedad.
Lewis no pareció muy satisfecho.
—Escuchen —dijo el doctor Maverick—. ¿Qué es eso?
Se fue aproximando un rumor de voces. La puerta abrióse de par en par, dando paso al señor Baumgarten, pálido y descompuesto tras sus eternos lentes.
Balbuceó:
—Les... les hemos encontrado. Es horrible...
Se dejó caer sobre una silla, secándose la frente. Mildred Strete le preguntó con aspereza:
— ¿Qué quiere decir..., les hemos encontrado?
Baumgarten temblaba como una hoja.
—En el teatro. Tienen las cabezas destrozadas..., el contrapeso debe de haber caído sobre ellos. Los dos han muerto... Alexis Restarick y ese muchacho, Ernie Greg...

CAPÍTULO XX

—Te he traído una taza de caldo muy concentrado, Carrie Louise —le dijo la señorita Marple—. Bébelo, por favor.
La señora Serrocold se incorporó en la gran cama de roble tallado. Se la veía menuda e infantil. Sus me-jillas habían perdido su tinte sonrosado y sus ojos tenían una expresión extraña y lejana.
Obediente, tomó la sopa que le ofrecía la señorita Marple, que había tomado asiento en una silla junto a la cama.
—Primero Christian —decía Carrie Louise—, y ahora Alex y ese pobre tonto de Ernie. ¿Sabría algo en realidad...?
—No lo creo —repuso la señorita Marple—. Siempre estaba diciendo mentiras..., dándose importancia y haciendo ver que había visto o sabía algo. La tragedia es que alguien creyó sus mentiras.
Carrie Louise se estremeció y sus ojos volvieron a adquirir su expresión ausente.
—Queríamos hacer mucho por esos muchachos... Hicimos algo. Algunos han respondido maravillosamente. Varios tienen cargos de mucha responsabilidad. Otros resbalaron..., eso no puede evitarse. Las condiciones de la civilización moderna son tan complejas..., demasiado complejas para algunas naturalezas sencillas y rudimentarias. ¿Conoces el gran proyecto de Lewis? Siempre ha creído que un gran cambio es algo que ha salvado a muchos criminales en potencia. Son enviados a ultramar... y comienzan una nueva vida en un ambiente sencillo. Quiere comenzar un nuevo plan sobre esta base. Comprar un buen territorio o un grupo de islas, financiarlo durante unos años, crear una comunidad cooperativa que pueda mantenerse por sí misma... y en la que todos tengan su parte. Que esté apartada para que pueda neutralizarse la tentación de volver a las ciudades y a los malos tiempos. Claro que costará mucho dinero, y ahora no hay muchas personas filantrópicas. Queremos encontrar otro Eric. A Eric le hubiera entusiasmado.
La señorita Marple cogió una tijera y la miró con curiosidad.
—Qué tijera más rara —dijo—. Tiene dos agujeros para pasar dos dedos de un lado y uno en el otro.
Carrie Louise pareció regresar de muy lejos.
—Alex me la dio esta mañana. Dicen que va mejor para cortarse las uñas de la mano derecha. El pobre chico estaba entusiasmado. Me la hizo probar una y otra vez.
—Me figuro que recogería los pedacitos de las uñas para tirarlos cuidadosamente luego —dijo la señorita Marple.
—Sí —repuso Carrie Louise—. Pues... —Se interrumpió—. ¿Por qué dices eso?
—Pensaba en Alex. Era inteligente. Sí, vaya si lo era.
— ¿Quieres decir... que por eso murió?
—Sí, creo que sí.
—Él y Ernie..., no puedo soportar el recordarlo. ¿Cuándo creen que ocurrió?
—A última hora de la tarde. Entre las seis y las siete, probablemente.
— ¿Después de terminar el trabajo del día?
—Sí.
—Gina había estado allí aquella tarde... y Wally Hudd. También Esteban dijo que fue al teatro para buscar a Gina...
—Cualquiera pudo haber...
La señorita Marple tuvo que interrumpir el curso de sus pensamientos. Carrie Louise decía tranquila e inesperadamente:
— ¿Qué es lo que sabes, Juana?
La señorita Marple alzó los ojos intrigada y sus miradas se encontraron como extrañadas.
—Si estuviera completamente segura... —repuso despacio.
—Creo que lo estás, Juana.
— ¿Qué quieres que haga?
Carrie Louise se recostó contra las almohadas.
—En tus manos está, Juana... Haz lo que creas oportuno.
—Mañana... —la señorita Marple vacilaba—, tendré que intentarlo..., hablaré con el inspector Curry... Si me escucha...

CAPÍTULO XXI

EL inspector Curry dijo con bastante impaciencia y malhumor:
— ¿Y bien, señorita Marple?
— ¿No podríamos, si quiere, ir al Gran Vestíbulo?
El inspector Curry pareció ligeramente sorprendido.
— ¿Es ésa la idea que usted tiene de un sitio reservado? Seguramente aquí,.. —Y miró hacia el despacho.
—No es eso lo que estaba pensando. Es que quiero enseñarle algo. Algo que me hizo ver Alex Restarick.
El inspector Curry, ahogando un suspiro, se puso en pie para seguir a la señorita Marple.
— ¿Es que alguien ha estado hablando con usted?
—No —repuso la solterona—. No se trata de lo que se ha dicho. En realidad es cuestión de los trucos que emplean los ilusionistas. Lo hacen con unos espejos, sabe... esas cosas... no sé si me comprende.
El inspector Curry no entendía nada, y la miró preguntándose si no se habría vuelto loca.
La señorita Marple ocupó su sitio y le pidió que se pusiera a su lado.
—Quiero que imagine que esto es un escenario, inspector, tal como estaba la noche que Christian Gulbrandsen fue asesinado. Usted está aquí entre los espectadores mirando los personajes que aparecen en la escena. La señora Serrocold, yo, la señorita Strete, Gina y Esteban... y lo mismo que en un escenario, hay entradas y salidas y los actores van a sitios distintos. Sólo que cuando uno está entre el público no se sabe a dónde van en realidad. Salen en dirección a la «puerta principal» o «la cocina» y, cuando se abren las puertas, sólo se ve un trozo de tela pintada. Pero en realidad salen a las puertas laterales de la escena... o a la parte posterior donde están los carpinteros y electricistas, y otros actores aguardando su turno... salen... a un mundo distinto.
—Todavía no comprendo.
—Oh, ya sé..., parece una tontería..., pero si usted lo imagina como una representación cuyo escenario es «el Gran Vestíbulo de Stonygates...», ¿qué hay exactamente detrás de la escena...? La terraza..., ¿no es cierto...? La terraza y todas las ventanas que dan a ella. Y así fue como llevaron a cabo el engaño. Fue el truco de la «mujer cortada en dos» lo que me hizo caer en ello.
— ¿La mujer cortada en dos? — Ahora estaba convencido de que la señorita Marple era un caso mental.
—Un truco muy emocionante. Debe haberlo visto alguna vez... No es sólo una muchacha..., sino dos. La cabeza de una y los pies de la otra. Y así pensé que también pudo haber sido al revés. Dos personas que en realidad sólo fueron una.
— ¿Dos personas y en realidad sólo una? —El inspector Curry estaba desesperado.
—Sí. No por mucho tiempo. ¿Cuánto tardó su ayudante en cruzar el parque, entrar en la casa y regresar? Dos minutos y cuarenta y cinco segundos, ¿no fue eso? Para esto necesitaría menos. Unos dos minutos.
— ¿En qué se tarda menos de dos minutos?
— En el truco del ilusionismo. El truco consistió en que sólo era una persona cuando todos creíamos que eran... dos. Aquí... en el despacho. Estamos contemplando sólo la parte del escenario. Detrás está la terraza y una serie de ventanas. Es muy fácil saltar por la ventana del despacho, habiendo dos personas en él, y correr por la terraza (los pasos que oyó Alex), entrar por la puerta lateral, matar a Gulbrandsen y volver, y durante ese tiempo la otra persona que permanece en el despacho hace las dos voces para que todos crean que allí hay dos personas. Y allí estuvieron todo el tiempo, menos durante esos minutos escasos.
El inspector Curry recobró el aliento y le habló.
— ¿Quiere usted decir que fue Edgar Lawson quien corrió por la terraza para matar a Gulbrandsen y quien envenenó a la señora Serrocold?
— Pero, comprende, inspector. Nadie estuvo envenenando a la señora Serrocold. Ahí es donde empieza el engaño. Alguien lo bastante inteligente quiso aprovecharse del hecho de que los achaques de la señora Serrocold, debido a su artritismo, eran los mismos síntomas del envenenamiento por arsénico. Era el viejo truco de los ilusionistas de forzar una carta. Es muy sencillo agregar arsénico a un frasco de medicina y unas palabras a una carta escrita a máquina. Pero el verdadero motivo de la venida del señor Gulbrandsen era el más lógico... algo que hacía referencia al Trust Gulbrandsen. Dinero, en resumen. Suponga que hubiera habido un desfalco..., un desfalco en gran escala..., ¿ve usted a quién señala? A una sola persona.
— ¿Lewis Serrocold? —murmuró, atónito.
— Lewis Serrocold —dijo la señorita Marple.

CAPÍTULO XXII

Parte de la carta que Gina escribió a su tía la se¬ñora Van Rydock:

«... ya ves, querida tía Ruth, que ha sido como una pesadilla... sobre todo el final. Ya te he contado lo referente a ese extraño muchacho, Edgar Lawson. Siempre fue un cobarde... y cuando el inspector comenzó a interrogarle, perdió el control de sus nervios y salió corriendo. Saltó por la ventana y dando vuelta a la casa, bajó por la avenida, donde había un policía que le cortó el camino. Desviándose, siguió corriendo en dirección al repecho donde está el lago, saltando a una vieja y carcomida embarcación que hace años que está allí haciéndose polvo, que empujó hacia dentro. Na¬turalmente, fue una locura, pero ya te dije que estaba más asustado que un conejo. Entonces Lewis dio una gran voz diciendo: "Esa barca está podrida", y también corrió hacia el lago. La barquichuela se hundió y ya tenemos a Edgar chapoteando en el agua. No sabía nadar. Lewis echóse al agua y nadó hacia él. Pudo cogerle, pero los dos corrían peligro, pues estaban entre los juncos. Uno de los ayudantes del inspector quiso auxiliarlos, y fue hasta ellos con una cuerda atada a la cintura, pero también se enredó y tuvieron que sacarle tirando de la cuerda. Tía Mildred dijo: "Se ahogarán..., se ahogarán los dos..." de una manera tan tonta, y abuelita repuso: "Sí." No puedo describir la entonación que dio a esas palabras. Sólo "sí" y pareció que nos atravesaba una espada…
«— ¿Te parezco tonta y exagerada? Me figuro que debo serlo. Pero nos dio esa sensación...
«Y desde luego... cuando todo terminó, los sacaron e intentaron hacerles la respiración artificial (ya no había remedio). El inspector acercóse a nosotros y le dijo a abuelita:
«—Señora, me temo que no hay esperanza.
«Y abuelita, repuso tranquilamente:
«—Gracias, inspector.
«Y luego nos miró a todos. Yo quería ayudar y no supe cómo; Jolly parecía triste y dispuesta a dirigir, como siempre; Esteban se retorcía las manos, y la señorita Marple daba la impresión de estar muy cansada, y apesadumbrada, e incluso Wally pareció trastornado. Todos la queremos y deseábamos hacer algo.
«Pero abuelita se limitó a decir: "Mildred", y tía Mildred repuso: "Madre." Y juntas caminaron hacia la casa; abuelita tan frágil, menuda, apoyándose en tía Mildred. Nunca comprendí, hasta entonces, lo mucho que se quieren. No lo demostraban, ¿sabes?, pero era así. »

Gina hizo una pausa, durante la cual chupó el extremo de su pluma. Y resumió:

«En cuanto a mí y Wally... regresaremos a los Estados Unidos en cuanto podamos...»

CAPÍTULO XXII

— ¿Cómo lo adivinaste, Juana?
La señorita Marple se tomó unos momentos antes de contestar, mientras miraba pensativa a sus interlocutores... Carrie Louise, más delgada y frágil y, no obstante, tan entera... y el anciano, de suave sonrisa y cabellos blancos: el doctor Galbraith, obispo de Cromer.
El obispo tomó la mano de Carrie Louise.
—Ha sido un gran golpe para ti, mi pobre pequeña, y una gran pena.
—Una pena, sí, pero no un gran golpe.
—No —dijo la señorita Marple—. Eso es lo que he descubierto. Todo el mundo decía que Carrie Louise vivía en otro mundo, muy lejos de la realidad. Pero lo cierto, mi querida amiga, es que vivías en la realidad y no de ilusiones. Tú no te dejaste engañar como la mayoría de nosotros. Cuando me di cuenta de ello, comprendí que debía guiarme por lo que tú pensabas y sentías. Estabas tan segura de que nadie habría de querer envenenarte, no pudiste creerlo... y estuviste muy acertada, porque así era. Nunca pensaste que Edgar pudiera disparar contra Lewis... y también estabas en lo cierto. Él nunca hubiera causado daño a Lewis. Estabas segura de que Gina no quería a nadie más que a su esposo... y otra vez acertaste.»
Así que debía guiarme por tí, todas las cosas que parecían verdad, eran sólo ilusiones... Ilusiones crea-das con un propósito definido... del mismo modo que los ilusionistas las crean para engañar al público. Nosotros éramos ese público.
»Alex Restarick comenzó a vislumbrar la verdad el primero, porque tuvo oportunidad de ver las cosas desde un ángulo distinto... desde el exterior. Estaba en la carretera con el inspector, mirando la casa, y comprendió las posibilidades que ofrecían las ventanas..., recordó el rumor de pasos apresurados que oyera aquella noche, y el cronómetro demostró el poquísimo tiempo que se necesitaba para estas cosas. El ayudante jadeaba mucho, y más tarde recordé que Lewis Serrocold también estaba sin aliento aquella noche, cuando abrió la puerta del despacho. Había estado corriendo mucho.
»Pero fue Edgar Lawson quien me dio la solución. Siempre le encontré algo extraño. Todo lo que decía y hacía era exactamente lo que se esperaba de él, y no obstante, resultaba raro. Porque en realidad era un hombre normal representando el papel de un esquizofrénico, y, claro..., siempre parecía algo teatral.
»Debió estar todo cuidadosamente pensado y planeado. Lewis comprendió, con ocasión de la última visita de Christian, que algo había despertado sus sospechas. Y le conocía lo bastante para saber que no descansaría hasta descubrir si tales sospechas eran ciertas o infundadas.
Carrie Louise se estremeció.
—Sí —dijo—. Christian siempre fue así. Lento y concienzudo, pero muy listo. Ignoro lo que le hizo entrar en sospechas, pero comenzó a investigar... y después descubrió la verdad.
El obispo comentó:
—Me culpo de no haber sido un socio más consciente.
—No era de esperar que usted entendiera gran cosa de negocios —repuso Carrie Louise—. Eso corresponde al señor Gilroy. Luego, cuando murió, la gran experiencia de Lewis hizo que le entregaran la dirección. Y eso, naturalmente, se le subió a la cabeza.
Un tinte sonrosado coloreó sus mejillas.
—Lewis era un gran hombre —dijo—. Un hombre de gran visión, y un creyente apasionado de lo que podía hacerse... con dinero. No lo quería para él... o por lo menos por avaricia... sino por el poder que pro¬porciona... y quería tener ese poder para hacer mucho bien con él...
—Quería —dijo el obispo— ser Dios.
— Su voz se hizo áspera—. Olvidó que el hombre es sólo un humilde instrumento de la voluntad divina.
— ¿Y por eso desfalcó los fondos de la sociedad? —preguntó lo señorita Marple.
—No fue sólo eso... —El doctor Galbraith vacilaba.
—Dígaselo —le animó Carrie Louise—. Es mi mejor amiga.
—Lewis Serrocold era lo que pudiéramos llamar un mago de las finanzas. Durante sus muchos años de llevar la contabilidad, se divirtió inventando varios métodos que eran prácticamente estafas. Eso fue sólo un estudio académico, pero cuando comenzó a entrever las posibilidades que ofrecían empleando una fuerte suma de dinero, los puso en práctica. Ya sabe, tenía a su disposición material de primera clase. Entre los muchachos que pasaron por aquí, escogió unos cuantos con los que formó una banda reducida. Eran jóvenes con un fondo criminal por naturaleza, que adoraban las emociones, y con una inteligencia despierta. Todavía no hemos llegado al fondo de todo ello, pero parece ser que este círculo era adiestrado especialmente, luego colocado en posiciones estratégicas, donde bajo la dirección de Lewis falsificaban los libros de tal modo que desaparecían grandes sumas de dinero sin levantar la menor sospecha. Me figuro que las operaciones y ramificaciones de esta trama son tan complicadas que se tardará meses antes de que salgan a la luz. Pero el resultado neto es que bajo varios nombres, cuentas corrientes y compañías, Lewis Serrocold hubiera sido capaz de disponer de una suma colosal para un experimento colectivo, en el cual, los jóvenes delincuentes llegarían a poseer y administrar su propio territorio. Era su sueño fantástico.
—Que pudo haber sido realidad —repuso Carrie Louise.
—Sí, pudo convertirse en realidad. Pero los medios empleados por Lewis no eran honrados, y Christian Gulbrandsen los descubrió. Estaba muy preocupado, sobre todo al darse cuenta de lo que representaría para ti la probable persecución de Lewis, Carrie Louise.
—Por eso me preguntó por el estado de mi corazón, y estaba tan preocupado por mí. No supe comprenderlo.
—Entonces Lewis Serrocold regresó de su corto viaje y Christian salió a esperarle a la terraza, donde le dijo lo que ocurría. Lewis lo tomó con calma, según creo, y ambos convinieron en hacer lo posible para evitarte el disgusto. Christian dijo que me escribiría para que viniese a considerar la posición, como socio del Trust.
—Pero, naturalmente —prosiguió la señorita Marple—, Lewis Serrocold estaba preparado para esta contingencia. Lo tenía todo planeado. Había traído a la casa un joven que iba a representar el papel de Edgar Lawson. Claro que existía el verdadero Edgar Lawson en caso de que la policía pidiera su ficha. El falso Edgar sabía muy bien lo que debía hacer... representar el papel de un esquizofrénico víctima de manía persecutoria... y proporcionar a Lewis Serrocold una coartada durante unos minutos de vital importancia.
»También había pensado, cuál era el segundo paso a dar. La historia de que tú, Carrie Louise, estabas siendo envenenada lentamente... fue sólo la versión de Lewis de su conversación con Christian... eso, y unas pocas líneas que agregó a la carta mientras aguardaba a la policía. No fue difícil poner arsénico en la medicina. No hubo peligro para ti... puesto que él iba a impedir que la tomases. Lo de la caja de bombones fue otro detalle... y no estaban envenenados... sino los que él sustituyó astutamente antes de entregarlos al inspector Curry.
—Y Alex lo adivinó —dijo Carrie Louise.
—Sí..., por eso recogió los pedacitos de tus uñas. Hubieran demostrado si te habían administrado arsénico durante un largo período.
—Pobre Alex... y pobre Ernie.
Hubo unos momentos de silencio mientras pensaban en Christian Gulbrandsen, Alex Restarick y en Ernie... aquel muchachito... y en lo de prisa que un asesinato puede tergiversar las cosas.
—Pero, desde luego —dijo el obispo—, Lewis corrió un gran riesgo al persuadir a Edgar de que actuase como cómplice... aunque tuviera algo con que amenazarle...
Carrie Louise meneó la cabeza.
—No es precisamente por eso. Edgar sentía un gran afecto por Lewis.
—Sí —repuso la señorita Marple—. Como Leonardo Wylie y su padre. Me pregunto si tal vez...
Se detuvo con reparo.
—Me figuro que ves la similitud, ¿no? —le dijo Carrie Louise.
— ¿Así es que lo supiste siempre?
—Me lo figuraba. Sabía que Lewis estaba loco por una actriz antes de conocerme a mí. Me lo contó. No fue nada serio, era de esas mujeres que andan tras el dinero y Lewis no le importaba, pero no tengo la menor duda de que ese muchacho, Edgar, es hijo de Lewis.
—Sí —replicó la señorita Marple—. Eso lo explica todo...
—Y al fin dio su vida por él —dijo Carrie Louise mirando suplicante al obispo—. Usted lo sabe.
—Celebro que haya terminado así —continuó—: dando su vida por salvar al muchacho... Las personas que pueden ser buenas, pueden a la vez ser muy malas. Siempre supe la verdad con respecto a Lewis..., pero... me quería mucho... y yo a él.
— ¿Sospechaste alguna vez de él? —quiso saber la solterona.
—No —contestó Carrie Louise—. Porque estaba intrigada por lo del envenenamiento. Sabía que Lewis no me hubiera envenenado nunca y no obstante la carta de Christian decía claramente que alguien me estaba envenenando... por eso pensé que todo lo que creí saber de las personas debía ser un error...
—Pero cuando Alex y Ernie fueron encontrados muertos, ¿sospechaste? —insinuó la señorita Marple.
—Sí. Porque nadie más que Lewis podía haberse atrevido a tanto. Y comencé a pensar en quién pudie-ra ser el siguiente...
Se estremeció.
—Yo admiraba a Lewls. Admiraba su..., ¿cómo diría yo...?, su bondad. Pero comprendo que cuando se es... bueno, hay que ser humilde también.
—Eso, Carrie Louise, es lo que siempre he admirado en ti... tu humildad — le dijo el doctor Galbraith.
Sus encantadores ojos azules se alzaron sorprendidos.
—Pero no soy lista... ni demasiado buena. Sólo sé admirar la bondad de los demás.
—Mi querida Carrie Louise —dijo la señorita Marple.

EPILOGO

—Yo creo que abuelita estará perfectamente bien con tía Mildred —dijo Gina—. Ahora tía Mildred es mucho más agradable... menos retraída..., ¿sabe lo que quiero decir?
—Sí —repuso la señorita Marple.
—Por eso, Wally y yo regresaremos a los Estados Unidos dentro de quince días.
Gina miró a su esposo y agregó:
—Me olvidaré de Stonygates, de Italia, de toda mi infancia y me volveré cien por cien americana. A nuestro hijo le llamaremos Junior, como se suele hacer en América. No puede ser más razonable, ¿verdad, Wally?
—Desde luego que no, Catalina —dijo la señorita Marple.
Wally sonrió indulgentemente ante aquella anciana que equivocaba los nombres, y quiso corregirla con amabilidad.
—Gina, no Catalina.
Pero Gina echóse a reír.
— ¡Sabe muy bien lo que dice! Y a ti te llamará Petruchio en cualquier momento.
—Sólo pensaba —dijo la señorita Marple dirigiéndose a Walter— en que se ha comportado usted muy sabiamente, muchacho.
—Cree que eres el marido más adecuado para mí —dijo Gina.
La señorita Marple contempló a la pareja. Era muy agradable ver a dos jóvenes tan enamorados... Y Walter Hudd estaba completamente transformado. Ya no era aquel joven malhumorado de su primer encuentro... sino un gigante alegre y sonriente.
—Ustedes dos me recuerdan... —comenzó a decir.
Gina corrió a poner su mano sobre los labios de la señorita Marple.
—No —exclamó—. No lo diga. No me gustan esas comparaciones con personas de su pueblo. En el fondo, encierran mala intención. ¿Sabe que, en realidad, es usted una mujer muy mala?
Sus ojos se empañaron.
—Cuando pienso en usted, tía Ruth y abuelita cuando las tres eran jóvenes... ¡No sé qué daría por saber cómo eran! No puedo imaginármelas de ninguna manera...
—Y no creo que lo consiga —repuso la señorita Marple—. Fue hace tanto tiempo.


FIN
YAROSLAV
 
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